Hay un dato que casi nadie está conectando, y que puede explicar los próximos comicios argentinos mejor que cualquier encuesta. Los que están llegando al país no vienen solo por negocios. Vienen a jugar el 2027.
La lista de recién llegados habla por sí sola. Peter Thiel y su círculo, el capital cripto que huye de la regulación norteamericana, los fondos que se cansaron de pedir permiso. No buscan un Estado sin normas. Buscan un Estado que los comprenda, un aliado anarcolibertario y posthumanista. Y lo encontraron en la Argentina de Milei. Traen mucho más que inversión.
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La elección del destino no es caprichosa. Goldman Sachs proyecta en The Path to 2075 que solo Brasil y México estarán entre las mayores economías del mundo en cincuenta años; Argentina queda lejos, con 2,4 billones de dólares de PIB. Y sin embargo el capital tecnológico no desembarca en San Pablo ni en Ciudad de México, con sus estados robustos y sus marcos regulatorios densos. Desembarca acá. Porque no busca el mercado más grande. Busca un amigo.
Y cuando hablamos de amigos hay que entender que Milei se plantó en la escena mundial como un posthumanista. Conviene detenerse en esa palabra, porque explica a los recién llegados mejor que ninguna otra. El humanismo —el que fundó las democracias modernas— pone al ser humano en el centro. Su dignidad, su razón, su límite. La técnica es herramienta a su servicio. El posthumanismo invierte la ecuación. El humano es una etapa a superar mediante la máquina, la fusión con la inteligencia artificial, el reemplazo de lo biológico por lo optimizable. Para el humanista, la tecnología sirve al hombre. Para el posthumanista, el hombre es el borrador de algo mejor. Y cuando el que piensa así se acerca al poder, la política deja de ser el arte de gobernar personas para volverse el laboratorio donde se ensaya lo que viene después de ellas.
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El desembarco ya tiene hechos concretos. En diciembre de 2025, Tether, el gigante detrás de USDT, se quedó, a través de Adecoagro, con el 100% de Profertil, la mayor productora de urea del país, con planta en Bahía Blanca. Pagó unos 1.235 millones de dólares por las partes de YPF y Nutrien. ¿Por qué un emisor de stablecoins compra una fábrica de fertilizante? Porque el establishment lo aprieta. JPMorgan fue categórico al señalar que “Tether es el más expuesto al riesgo, dada su falta de cumplimiento normativo y de transparencia”. Acorralados, los conquistadores tecnológicos buscan activos reales, tierra firme, refugios lejos de Wall Street.
Ese mapa también tiene un jugador local. Marcos Galperin construyó desde Mercado Libre el ecosistema digital más exitoso de la región y desde enero es Executive Chairman, enfocado en la estrategia de inteligencia artificial de la empresa. Su joya es Mercado Pago, que hace rato dejó de ser una billetera. Otorga créditos, administra inversiones, cobra planes sociales y aspira a pagar sueldos y jubilaciones. Hace más de un año pidió al Banco Central la licencia para convertirse en el mayor banco digital del país. Mucho más que una herramienta digital que facilita la diaria.
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Y estos mundos se encuentran. Una filtración revelada por Wired mostró la trama. Dialog, el club privado que Thiel fundó en 2006, celebrará su retiro de agosto cerca de Dublín; allí se cruzarán el secretario del Tesoro norteamericano, un senador, Elon Musk, el cofundador de OpenAI. Y, según las nóminas filtradas, también Galperin. ¿La agenda? Dos títulos que erizan. “Cómo crear tu propia secta” y “Cómo crear tu partido político”.
En el Gobierno toman nota. Diego Santilli, flamante jefe de Gabinete, absorbió las funciones del disuelto Ministerio del Interior bajo su propia estructura. Quien maneja la relación con los gobernadores y el régimen electoral queda parado en la puerta de entrada de la inversión que llega. La política profesional, la tradicional, la casta. Es la confirmación de que el Gobierno olfatea dónde se juega la próxima década.
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Mirar lo que sucedió en otros países siempre suma. Y USA es un ejemplo. Para lo bueno y lo malo.
Vayamos a 2012, al cuartel de Obama en Chicago, donde un grupo de científicos de datos construía “nuestros códigos nucleares”. El proyecto se llamaba Narwhal. Cada rasgo de cada votante, disponible para toda la campaña. A cada quien, su anzuelo. Lo lanzó Michael Slaby y lo construyó el equipo de Harper Reed, un hacker que reclutó ingenieros de Twitter, Google y Facebook. Detrás, un padrino de Silicon Valley. Eric Schmidt, entonces CEO de Google, asesoró a la campaña —no contrates gente de política— y, terminada la elección, financió la startup de Reed. Así se ganó sin que el electorado advirtiera nada.
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Catorce años después, aquella artesanía se multiplica por la inteligencia artificial. Giuliano da Empoli lo resume en una fórmula que hiela. Si para Lenin el comunismo era “los soviets más la electricidad”, la nueva política es “la ira más el algoritmo”. Los estrategas hacen fracking emocional. Perforan cada bolsón de bronca y arman mayorías con odios que no se tocan entre sí pero votan igual.
Y el yacimiento está identificado. Los jóvenes de 18 a 30 años son 1 de cada 4 electores; con los de 16 y 17, rozan el 30% del padrón. Pero según la Cámara Nacional Electoral, el 34,5% no fue a votar en 2025, récord desde 1983. Casi un tercio del electorado vive en las plataformas y no está yendo a las urnas. Ese es el territorio en disputa de 2027. Quien lo active con el algoritmo correcto, gana.
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Hasta el hombre que construye la máquina prende una red flag. Dario Amodei, CEO de Anthropic, escribió en The Adolescence of Technology que hacia 2027 conviviremos con “un país de genios en un datacenter”, y que el mayor peligro no es el robot rebelde sino el humano con poder. Cuando el que vende el auto avisa que los frenos no están probados, no es marketing. Es confesión.
El problema no es la innovación. Es que la recibimos sin una sola defensa para el ciudadano. Y la realidad lo grita. La información está a la mano, servida para accionar. Prevenir es curar.
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Una sociedad que entrega sus datos, su bronca y su voto sin hacer preguntas no está siendo conquistada. Está aprendiendo a habitar el suicidio. La incógnita para 2027 no es quién tiene mejor candidato. Es quién tiene los códigos nucleares.
Porque al final, como se lee en El mago del Kremlin, la fórmula es sencilla. “Solo necesitamos algo que los vuelva locos y algo que los encolerice”. No hay nada que pensar. Solo un código que nos haga sentir.
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