“Te sigo desde que me escapé para ir a Cemento”

La muerte del Indio Solari, a los 77 años, generó una multitudinaria despedida: el pogo más triste del mundo. Los Redondos son para muchas mujeres, una banda sonora, en la que pasamos de adolescentes con la remera de la banda nueva a escribir nuestra propia historia. Por eso, esta despedida al Indio, con amor

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cronica velatorio indio solari villa dominico
El velatorio del Indio Solari en Villa Dominico convocó a una multitud que lo despidió en una última misa ricotera

Tenía 13 años y estaba en primer año de un colegio secundario -el Manuel Belgrano, que, por ese entonces, se nombraba Nacional y por el que pasaron Jorge Luis Borges y Marcelo Tinelli- en el que fui de la segunda generación de mujeres. No fue fácil.

La rectora nos decía que le habíamos arruinado el colegio. La manzana de Eva se representaba en las chicas, tratadas como insectos que habíamos llegado a infectar una cofradía masculina. Ser feminista fue una reacción defensiva imprescindible para sobrevivir.

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La señora nunca nos dio la bienvenida, sino los sermones más oscurantistas que recuerdo como magia oscura. Me sentó en su escritorio con banderines de la ESMA (la de las desapariciones y torturas, no la de la ex ESMA para condenar las desapariciones y torturas) y me dijo que era una depravada.

¿La razón? Nunca la hay. ¿La excusa? Ir a dar el examen de las diez vueltas al patio para aprobar educación física (mi talón de Aquiles por una anemia genética) en short era un pecado capital y que me iban a entrar enfermedades por abajo y maldiciones por arriba.

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Murio Indio Solari
El Indio Solari fue músico, poeta, ídolo y emblema de una cultura que excedía estadios y que empezó en sótanos del rock porteño/ FOTO NA Diario ECO DE TANDIL

Las chicas teníamos que usar guardapolvo, una prenda que tuvo una finalidad igualitaria y que mostró la hilacha de la desigualdad, porque las invasoras de la educación como privilegio masculino teníamos que taparnos.

Los varones, en cambio, desde la llegada de la democracia, se sacaron la corbata. Pero nosotras no nos podíamos sacar nada. Hicimos huelga para pedir vestirnos de la misma manera que nuestros compañeros. Nos suspendieron. Nos sacaron, una vez más, el derecho a la clase común y al cuerpo propio.

Cada vez que me preguntan cuándo empecé a ser feminista me pienso en el patio del colegio y con la nota en el cuaderno de comunicaciones que mostraba la sanción por pedir ser iguales, vestir iguales, dejar que la desigualdad nos enseñe a tener culpa o miedo por ser y mostrarnos.

Hombre de mediana edad con barba, sudadera negra, gafas de sol y bolso cruzado, sonríe sutilmente en una calle, con personas y árboles al fondo
En el velorio bonaerense del Indio Solari, muchas fanáticas, se abrazaron, lloraron, poguearon y sintieron la perdida como propia (Jaime olivos)

No es una historia que leímos en los libros. Es la realidad de nuestra enseñanza, de la educación sexual de la culpa por llegar a lugares que nos estaban vedados y de tener el cuerpo en desarrollo que debía ser ocultado y castigado y, si no queríamos, el castigo era peor.

En esa represión explícita sonaban Los Redondos en el recreo. Cuando salíamos nos sentábamos en una plazoleta de la calle Ecuador y Mansilla y nosotras, que nos bautizamos Las Potras, como si entendiéramos que ser yeguas era un castigo y que la manera de relinchar era renombrarnos, nos sentábamos a ver pasar la vida.

Si extraño algo de la adolescencia es que el dolor estaba, pero que el remedio era estar juntas, entre amigas y que el futuro era una incógnita que todavía prometía. Por ese mirador pasaba (no siempre, con el tiempo los mitos crecen) pero sí ha pasado Luca Prodan. Se ponía a conversar e incitaba a varones y mujeres a juntarse.

Luca Prodan Indio Solari
Luca Prodan y el Indio Solari, dos duelos que están latentes y dos músicos que marcaron la vida de generaciones

“¿Qué hacen que están los nenes con los nenes y las nenas con las nenas?”, preguntaba para juntar las ranchadas, mientras en vez de pasar sin ver, paseaba mirando. Su rock es argentino (a pesar de venir de Europa huyendo de la heroína) porque las calles no eran un piso, sino una posibilidad. Él las habitó desde el diálogo con los que hizo suyos.

El día que murió fue un duelo que no podíamos soportar con Yamila Bavio, que creció y se hizo música. La muerte del Indio nos llevo a ese duelo precoz y a este velorio multitudinario que nos vuelve a dejar desamparados cuando el futuro ya llegó. Hace rato. Y ya deja más desolaciones cerradas que preguntas abiertas.

“Te sigo desde Cemento”, es una frase que ya es leyenda. La canta el himno a Tim Payne, en una joda que le arrojó al jugador de Nueva Zelanda más seguidores en Instagram (5,7 millones) que toda la población de su país (5,3 millones). “Yo lo banco, yo lo aliento, lo sigo desde Cemento, con Tim Payne desde la cuna hasta el cajón”, demuestra la canción, compuesta y difundida por la cuenta @che_soyjuan, que implica conocer a alguien desde antes que fuera famoso.

El futbolista neozelandés Tim Payne se viralizó por una propuesta de un influencer argentino. Su esposa cantó en su homenaje "Te sigo desde Cemento" / (Foto Instagram Tim Payne)
El futbolista neozelandés Tim Payne se viralizó por una propuesta de un influencer argentino. Su esposa cantó en su homenaje "Te sigo desde Cemento" / (Foto Instagram Tim Payne)

Yo lo sigo al Indio desde Cemento, más que eso, desde que me escapé para ir a Cemento. Los Redondos tocaban en ese templo en donde entraban nuestros gritos y nuestro rock, los cuerpos que se juntaban para elevarse, la furia concentrada en una masa que nos hacía sentir menos solas, comprendidas en una voz forzada y elegante, invitadas a un show que parecía susurrarnos y, a la vez, arengarnos a ser multitud.

En Cemento, en la época que se convirtió en leyenda, éramos pocas las chicas que nos atrevíamos a ver a la enigmática figura de Patricio Rey y Los Redondos todavía eran Los Redonditos de Ricota. La música parecía hacernos olvidar de los retos de la rectora y de las razzias de la policía.

Ni ir al colegio que había sido de varones, ni ponerse un short para correr, ni ir a ver a un recital eran lugares con permiso. Todo era un sitio al que abrir la puerta que nos cerraban, ser reprendida por entrar y escaparse para poder disfrutar. Así fue y así lo hice. Fui a Cemento.

Indio Solari - Plaza de Mayo - drone
Una multitud se congregó espontáneamente en Plaza de Mayo para homenajear al Indio Solari / Fotografía: Gastón Taylor

Dije que me iba a dormir a lo de mi amiga Eugenia Guerty (la actriz de la que soy presidenta del club de fans) y me fui a ver a Los Redondos al lugar en el que el rock era rock. El show se suspendió y no tocaron. Pero mi papá sí tocó el timbre y Marta, la mamá de Eugenia, le dijo que nos habíamos ido a lo de una tía. Ponele.

La reprimenda fue más que una suspensión y tuve años de castigo. La rebeldía tenía lado A y lado B, como los cassettes con sus canciones que coleccionábamos. No vi a Los Redondos esa vez. Pero sí otras, en Cemento, en Obras, en recitales donde caminábamos horas y bailábamos con una valentía que no sabía que teníamos.

Gritábamos que a Walter Bulacio lo mató la policía, contra el gatillo fácil, las torturas en comisarías y la violencia institucional y coreábamos las canciones que ahora escucho en loop como himnos que sonaban en todas las fiestas, en todas las noches, en todas las casas, en todas las huidas de las casas.

 Una fan del Indio Solari con un rostro que expresa consternación y la bandera argentina, una despedida sentida y masiva. REUTERS/Alessia Maccioni
Una fan del Indio Solari con un rostro que expresa consternación y la bandera argentina, una despedida sentida y masiva. REUTERS/Alessia Maccioni

El silencio de esa noche fue, como el de estas noches de despedida, una forma de mostrar fidelidad a una música que es misa. El Indio fue esa invitación a brillar, mi amor. Siento que su despedida es también el final definitivo de la adolescencia. Y a la vez el honor de contarle que las pibas que lo seguimos desde Cemento nos escapamos para verlo y lo vamos a seguir a todas partes.

Nos escapamos de las reglas que no nos dejaban salir, de las escuelas que no nos dejaban entrar y también del rock que solo nos quería abajo del escenario, como coristas de un show en el que no podíamos participar. Si lo lloramos hoy es porque lo cantamos ayer. Y porque entre la adolescencia y la madurez también dejamos el lugar de musas en la misa y nos convertimos en protagonistas de nuestras historias.

Las jóvenes que lo lloran saben que no son -o no solo pueden ser- solo público, solo fans, solo dedicatorias de canciones. Por eso, las que dimos vuelta el escenario y tomamos el micrófono para hablar por nuestra cuenta sabemos que hicimos del infierno encantador nuestra propia obra.

Crecer fue rebelarse, también, al machismo del rock. Por eso, nos despedimos tan bien y tan dolidas, porque crecimos gracias a él y crecer también fue crear. Por eso, el cielo está encantador. Esta noche. Y todas las noches en las que nos sigamos escapando para cantar en libertad.