
En el derecho romano había un detalle que la modernidad financiera olvidó. Cuando un legionario recibía su salarium —origen popular, dos mil años después, de la palabra salario—, el contrato era literal: tantas medidas de sal, entregables a la vista. Si alguien se obligaba por treinta, tenía que tener treinta. No podía prestar veintisiete y declarar que el granero seguía lleno. La sal no se multiplicaba. El crédito, cuando aparecía, vivía en otro lado: en pagarés, en garantías; nunca dentro del granero. La distinción entre el medio de pago y el vehículo financiero, esa que hoy reaparece en los papeles regulatorios, cuando en realidad ya estaba ahí, escrita en latín hace 20 siglos.
Mientras se escriben estas líneas, en el Miami Beach Convention Center se acaba de cerrar la última jornada de Consensus 2026. Los CEOs de Tether USA, Paxos y Fireblocks describieron una transición que ya nadie discute: “las stablecoins de pago dejaron de ser puente entre dos mundos y se volvieron infraestructura”. Los flujos tokenizados rondaron los USD 12,5 billones en Asia en 2025; América Latina liquidó USD 5,6 billones —volúmenes que, según los organizadores, se parecen ya a un sistema monetario paralelo". Tras la firma del Genius Act en julio del 25, la conversación regulatoria global pasó del si al cómo. Y termina hoy, sin que la Argentina haya puesto la voz.
La Argentina puede mirar para otro lado, como hizo con el cheque y con el home banking. O puede llegar a tiempo, esta vez
En la Argentina, el sistema financiero tradicional —bancos, depósitos, créditos, encajes— funciona con reglas conocidas, escritas y supervisadas desde hace décadas. La pregunta que el debate global obliga a hacer es otra: qué pasa cuando esas mismas funciones empiezan a cursarse en rieles digitales. Stablecoins en billeteras virtuales, ahorros en USDC, pagos por contratos inteligentes, plataformas locales que ya operan a escala financiera relevante. Esto no es un problema: es la realidad de un país que innovó por necesidad, con una industria fintech entre las más sofisticadas de la región y una sociedad que adoptó dinero digital antes que casi cualquier otra. Lo que falta no es disciplinar al ecosistema; es darle la cornisa regulatoria que sus propios actores vienen pidiendo: certeza para quien innova, protección para quien usa. Esa cornisa ya está escrita en otras jurisdicciones; en la Argentina, todavía no.
La buena noticia es que esa regla ya está escrita en el resto del mundo. Europa la tiene en MiCA, Estados Unidos en el Genuis Act sancionado el año pasado, y marcos equivalentes ya rigen en Singapur, Hong Kong y Reino Unido. Todos convergen en una idea de sentido común: que en el dinero digital se respete la misma diferencia que en el sistema bancario de toda la vida. De un lado, una moneda pensada para pagar: respaldada uno a uno por reservas auditables del Central, en otras palabras dentro de su perímetro. Del otro, los productos que sí ofrecen rendimiento, con sus propias reglas: depósitos tokenizados, fondos del mercado monetario digitales, staking supervisado. La primera categoría es la sal. La segunda, el pagaré. Cuando se mezclan, la infraestructura se convierte en un acertijo sobre quién paga la cuenta el día que algo se rompe.
Habrá quien diga que admitir colateral en USDC equivale a dolarizar de hecho. Y habrá quien responda lo opuesto
Hay una consecuencia menos obvia de mover esa arquitectura al perímetro prudencial del BCRA. Cuando un dólar crypto por ejemplo se inmoviliza en una bóveda on-chain auditable, deja de ser un dólar en el colchón y pasa a ser un activo supervisado. No entra al balance del Central, pero sí a su campo de visión. Reservas descentralizadas con información centralizada. Lo que durante medio siglo fue dolarización informal puede transformarse, en una reserva privada extendida: privada en su titularidad, pública en su visibilidad, soberana en su supervisión. Para un país en el que, según el Indec, los argentinos mantienen casi USD 280.000 millones fuera del sistema, esa sola distinción ya es política monetaria.
Conviene anticipar el debate político que esto abre. Habrá quien diga que admitir colateral en USDC equivale a dolarizar de hecho. Y habrá quien responda lo opuesto: que esos dólares ya están —fuera del sistema, fuera de toda regla—, y que traerlos al perímetro prudencial no es dolarizar más sino domesticar la dolarización que ya ocurrió. Esa es la gran discusión: si el Estado pierde soberanía al admitirla o la recupera al supervisarla. La respuesta está en el diseño. No es una CBDC pública —el BCRA no emite, no custodia, no abre cuentas a nadie—. Tampoco es una cripto sin reglas. Es una tercera vía: same risk, same rules, bancos reposicionados como custodios y emisores de tokens de depósito, una transición por etapas. “Un camino exigente, no un atajo”.
La ventana es estrecha. Los grandes proveedores de infraestructura tokenizada eligen, ahora, en qué jurisdicciones operar; los países que llegan tarde no eligen, heredan estándares escritos para otros. La Argentina puede mirar para otro lado, como hizo con el cheque y con el home banking. O puede llegar a tiempo, esta vez. “La diferencia entre un riel y otro, decían los romanos sin decirlo, no está en la velocidad del transporte: está en la honestidad del granero de sal”.
La autora es cofundadora de PALA Blockchain
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