
Hace unos días uno de mis divulgadores favoritos, Tim Urban, posteó una pregunta en X que causó un terremoto en las redes y despertó discusiones apasionadas. Hasta la compartió MrBeast, el youtuber más visto del planeta.
Las votaciones acumularon más de 400 mil votos en un par de días. Decenas de miles de comentarios. Gente bloqueándose entre sí.
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¿Te acordás del dilema del vestido? ¿Ese que la mitad lo veía blanco y dorado y la otra mitad negro y azul? Y lo loco no era la diferencia. Era que cada bando no podía concebir cómo el otro lo veía distinto. Acá pasa lo mismo. Hay personas para las que la respuesta es obvia: rojo. Y hay personas para las que la respuesta es igual de obvia: azul. Y cada bando piensa que el otro está delirando.
El resultado de las dos votaciones te lo cuento más adelante, para que puedas pensar tu propia postura sin que eso te influencie.
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Acá va la pregunta:
“Imaginá que toda la humanidad tiene que votar al mismo tiempo, en secreto, apretando un botón rojo o uno azul.
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Si más de la mitad apretó azul, sobreviven todos: los rojos y los azules por igual. Pero si más de la mitad apretó rojo, sobreviven solo los rojos. Los azules se mueren.
Vos no sabés qué van a votar los demás. Tampoco podés ponerte de acuerdo con nadie. ¿Qué botón apretás?”
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Pensalo un minuto, pero seguí leyendo. Porque en el próximo ratito te voy a presentar los principales argumentos. Y si los escribo bien, ¡vas a cambiar de voto varias veces!
Por qué esta pregunta importa más de lo que parece
Antes de empezar, quizás la pregunta te suene extraña y forzada y pienses que nunca podría pasar algo así. Pero detrás de esta disyuntiva que parece abstracta se esconden muchas de las decisiones que tomamos todos los días.
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¿Pago impuestos si otros evaden? ¿Cuido el ambiente si otros contaminan? ¿Digo la verdad si otros mienten? ¿Respeto una fila si otros se cuelan?
Cada una tiene la misma estructura del botón: tu decisión depende, en parte, de lo que esperás que hagan los demás. Es un tipo de problema que la economía y la teoría de los juegos vienen estudiando hace décadas, con resultados nada triviales. No te voy a aburrir con los nombres técnicos. Solo retené esto: la pregunta del botón no es nueva. Es una versión extrema de algo que la humanidad viene resolviendo, o sin resolver, desde que vive en sociedad.
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Ahora sí, vamos a los cuatro argumentos.
🔴 El argumento por el rojo
Pongámoslo lo más limpio posible. Si elegís rojo, sobrevivís sí o sí. Mires por donde lo mires, vivís. Si gana azul, vive todo el mundo, vos incluido; y si gana rojo, viven los rojos, vos incluido. Si elegís azul, en cambio, ponés tu vida en riesgo dependiendo de lo que hagan los demás.
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Dicho de otra manera: desde tu perspectiva, el rojo le gana al azul en cualquier escenario posible. A lo sumo te da lo mismo, y quizás te salva la vida. No existe un solo escenario en el que apretar rojo te perjudique.
Ahora, el contragolpe inteligente sería: “pero si todos pensamos así, gana el rojo y mueren los azules”. Y ahí viene el segundo nivel del argumento, el más fuerte. Hay 8 mil millones de personas. La probabilidad de que justo tu voto sea el voto que rompe el empate y decide el resultado es astronómicamente baja. Tan baja que es esencialmente cero. Tu voto azul no es un acto de coordinación: es un voto simbólico que tiene una probabilidad mínima de salvar a alguien y una probabilidad cierta de matarte a vos si ganan los rojos.
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Y todavía falta el argumento más fuerte. El votante rojo no está condenando a nadie. Cada persona del planeta tiene exactamente la misma oportunidad que vos de elegir rojo y salvarse. El rojo no obliga a nadie a poner la vida en riesgo. Si alguien elige azul, está eligiendo libremente asumir un riesgo que nadie le impone, sabiendo lo que implica. El voto rojo no mata a nadie: la muerte de un votante azul es, en todo caso, consecuencia de su propia decisión adulta de apostar la vida por una postura. Es como el que muere en un accidente por no usar cinturón de seguridad. Si elegís azul, es un tema tuyo.
¿Te convencí? Votar rojo no es egoísta. Es resultado de un razonamiento inteligente y riguroso. Y es respetar la libertad de los demás.
Pero…
🔵 El argumento por el azul
El razonamiento del rojo tiene un agujero, y es enorme. La premisa es que tu voto es independiente del de los demás. Y no lo es.
Pensalo así. El argumento que acabamos de presentar no se te ocurrió a vos solo. Se les ocurre simultáneamente a millones de personas que razonan de esa misma manera. Tu decisión no es un evento aislado: es una manifestación de un modo de razonar. Y ese modo de razonar lo comparten muchísimos. Si vos pensás “voto rojo porque es seguro”, millones de personas que se parecen a vos están pensando exactamente lo mismo.
Y acá viene la trampa filosófica del rojo. El razonamiento “votá rojo porque es seguro e igual todos pueden hacerlo” es, palabra por palabra, el mismo razonamiento que destruye cualquier sistema cooperativo.
Abre la puerta a posturas como “no te vacunes, que se vacunen los demás”. “No pagues impuestos, que paguen los otros”. “No te tomes el trabajo de reciclar, alguien lo va a hacer”. Cuando ese razonamiento se generaliza, no hay vacunas, no hay impuestos, no hay reciclaje. No hay sociedad.
El azul no es ingenuidad. Es el reconocimiento de que la única manera de que existan los bienes colectivos que disfrutás (la salud pública, la justicia, la educación) es que la gente como vos elija el bien común cuando podría elegir “salvarse solo”. Si vos elegís rojo, aumentás tu chance de sobrevivir. Pero el precio es vivir en una sociedad individualista donde no hay responsabilidad por el otro.
El votante azul no te está pidiendo heroísmo. Te está pidiendo que devuelvas algo de la cooperación que ya recibiste sin pedirla. La libertad que invoca el rojo cuando dice “cada uno elige por sí mismo” no surgió de la nada. Existe porque generaciones enteras de azules decidieron cooperar para construir el mundo en el que vos tenés permiso para elegir: las leyes que protegen tu derecho a decidir, las instituciones que garantizan que tu voto cuente, la educación que te permite entender las consecuencias de cada opción.
El votante rojo razona contra la cooperación parado sobre los hombros de quienes cooperaron para construir una civilización. No es solo que se beneficie gratis del esfuerzo de otros. Es que invoca el derecho a no aportar usando un derecho que solo existe porque otros aportaron. Se contradice mientras habla.
¿Te convencí? Ahora te tendrías que haber pasado al azul. Por responsabilidad cívica. Y por reconocer la deuda con quienes construyeron la libertad que ahora te permite elegir.
Pero…

🔵🚫 El ataque al azul
El argumento del azul tiene un supuesto bonito y peligroso: que los demás razonan como vos. Mirá alrededor un segundo. ¿De verdad pensás que el otro 50% del planeta razona como vos?
El supuesto del votante azul es que existe una masa crítica de personas razonando “bien”. Pero si mirás alrededor, está lleno de gente que no paga impuestos o se cuela en la fila. ¿Estás dispuesto a apostar tu vida a que el conjunto de los desconocidos del mundo es mejor que la mitad de los conocidos tuyos?
En las discusiones en X se llamó a este argumento “empatía suicida”, un concepto impulsado, entre otros, por Elon Musk. La idea es esta: hay una versión de la empatía que termina matándote a vos sin salvar a nadie. Si votás azul confiando en que el resto va a votar como vos, y resulta que no lo hacen, no salvaste a nadie. Solo te inmolaste vos. Y peor: arrastraste a quienes votaron como vos, incluyendo a personas que probablemente no entendieron del todo lo que estaban votando. Tu hijo, por ejemplo, sí confió en que vos elegías lo correcto.
Hay algo más oscuro todavía. El razonamiento del azul es: “Si todos votamos azul, sobrevivimos todos”. Pero ese “todos” tiene un sesgo: asume que en el conjunto de la humanidad la gente buena es mayoría. ¿Tenés evidencia para eso?
El azul no es solo cooperativo. Es también la postura que invita a arriesgar la vida de los demás (incluyendo a los más vulnerables o los que no entiendan del todo la opción sencilla que tienen para sobrevivir) en una apuesta incierta y absurda respecto de una postura filosófica y una supuesta “bondad de la mayoría”. ¿Por qué empujar a la gente a arriesgar la vida por una visión “idealista” si absolutamente todos tienen al alcance el botón rojo que los protege?
Si todos son inteligentes y piensan con la cabeza, eligen rojo y el azul acaba no salvando a nadie. Es la típica trampa del “buenismo”, donde podés terminar perjudicando a quien querías ayudar y no beneficiando a ninguno.
¿Te convencí? Si seguiste el razonamiento, seguro volviste al rojo.
Pero…
🔴🚫 El ataque al rojo
El razonamiento del rojo se ve impecable hasta que pensás bien quiénes podrían ser los azules.
Empezá por los niños. Los chicos de cinco, seis, siete años. ¿Entienden suficiente para saber si apretar rojo o azul? Tal vez aprietan el color que les llamó más la atención. ¿Y qué pasa con las personas que sufren una discapacidad cognitiva que les dificulta entender todas las aristas que plantea el problema? Seguramente incluso haya gente que presiona el botón azul por error. Si gana el rojo, todos los que apretaron azul mueren, incluidos esos chicos, personas más vulnerables o los que pifiaron la tecla en el momento equivocado.
¿Son esas razones válidas para condenarlos a muerte? Parte de nuestro rol en el mundo es proteger a las personas que necesitan de nuestro cuidado.
Si vos votás rojo “racionalmente”, no apretaste el botón que los mata, pero elegiste el escenario en el que mueren cuando se podrían haber salvado. El “sano egoísmo” que sonaba elegante en abstracto, en concreto es desentenderse del destino de los otros, especialmente el de los menos favorecidos. La postura de que cada uno elige azul o rojo libremente es una falacia para maquillar tus ganas de salvarte solo.
Y queda lo más demoledor. El que vota rojo invocando la fría matemática en realidad está apostando, en el fondo, a que suficiente gente vote azul para que igual ganen los azules. Porque si todos votaran rojo, no hay catástrofe (nadie muere), pero tampoco hay coordinación, tampoco hay confianza, tampoco hay sociedad. La trampa elegante del rojo es que la sociedad solo funciona si los azules existen. El votante rojo astuto es un oportunista con coartada matemática: aprovecha la coordinación generada por otros mientras se reserva el derecho a no aportar.
Una sociedad de puros rojos no estalla. No hay guerra, no hay catástrofe, no hay big bang. Simplemente deja de haber sociedad. No hay vacunas, no hay impuestos, no hay donantes de órganos, nadie respeta semáforos cuando no hay nadie mirando. Cada persona racionalmente protegiéndose a sí misma. Y al final, todos peor que si hubieran cooperado.
Si seguiste el razonamiento, quizás volviste al azul.
Pero los dos lados tienen argumentos válidos. Si quedaste girando como un trompo y todavía no estás seguro, bienvenido al club. Eso significa que entendiste el dilema.

El resultado y por qué los números mienten un poco
Ahora sí, te debo el dato que dejé pendiente. ¿Qué votó la gente?
Antes de que te lo cuente, tratá de imaginar el resultado: ¿La mayoría de la gente es egoísta o cooperativa?
En los más de 400.000 votos que recogieron Tim Urban y MrBeast ganó el azul. ¡Por poquito! En la encuesta de Tim, 58% a 42%. Y en la de Mr Beast, 56% a 44%. La lectura rápida es esta: la gente cooperó. Hermoso. Fin de la historia, ¿no?
Pará. Hay un detalle que cambia todo: votar en una encuesta es gratis. Sabés que es teórico. Tu vida no está en riesgo de verdad y, por lo tanto, apretar “azul” no tiene costo. Te hace sentir buena persona, te ahorra la incomodidad de defender la postura “egoísta” delante de tus seguidores, y no tiene ninguna consecuencia.
Un estudio publicado en 2012 hecho por científicos de Cambridge comparó decisiones morales hipotéticas con decisiones equivalentes que tenían consecuencias reales para los participantes. Conclusión: la distancia entre las dos puede ser enorme. La gente que en la versión hipotética se comporta de manera ejemplar, en la versión real se comporta peor. A veces, mucho peor.
Y los ejemplos cotidianos son contundentes. Cuando se pregunta si donarían un riñón a un extraño que se está muriendo, los estudios encuentran respuestas afirmativas que oscilan entre el 11% y el 54%, según el contexto. Las donaciones reales de riñón a extraños están en el orden de uno por millón de habitantes al año.
La distancia entre lo que creemos que haríamos y lo que realmente hacemos no es un detalle. Es uno de los descubrimientos más incómodos de la psicología del siglo veinte.
Yo no sé si el porcentaje que votó azul se mantendría si el riesgo de perder la vida fuera real. Probablemente no. Pero la pregunta que importa es otra: ¿cuánto bajaría? Si en el experimento sin riesgo ganó el azul 56% a 44%, en el experimento con riesgo real posiblemente gana el rojo, y por bastante. Es muy fácil ser héroe en abstracto. Es bastante más difícil serlo cuando el riesgo es real.
Y esto tiene una consecuencia incómoda. La pregunta más interesante del experimento no es “¿qué votaste?”. Es “¿qué hubieras votado si supieras que si perdés te morís en serio?”. Jugarías a la ruleta rusa con una bala en la recámara para defender una postura que creés más justa. Esa es una pregunta que ninguna encuesta puede contestar. Y por eso es la única que importa.
Lo que eligieron las máquinas
Un dato que apareció en el debate y me parece una nota al pie curiosa. Alguien hizo el experimento de plantearle el dilema a inteligencias artificiales en lugar de personas: les pasó la pregunta a varios modelos y miró qué elegían. Los resultados son una postal de algo más grande.
Claude de Anthropic, en sus distintas versiones, eligió azul entre el 67% y el 97% de las veces. Llama de Meta: 100% azul. ChatGPT de OpenAI: 60% azul.
Grok de xAI, la empresa de Elon Musk: 100% rojo. DeepSeek, Kimi y Qwen (modelos chinos): 100% rojo cada uno. Gemini de Google: 100% rojo.
No es coincidencia. Las inteligencias artificiales reflejan las decisiones de entrenamiento de quienes las hicieron, los valores que se priorizaron al alinearlas, las apuestas culturales y políticas de las empresas detrás. Las que vienen de proyectos más vinculados a valores cooperativos liberales clásicos tienden al azul. Las que vienen de proyectos más libertarios o de tradiciones políticas más autoritarias tienden al rojo.
Y queda flotando una pregunta más incómoda. Si dos máquinas entrenadas con distintos textos humanos eligen distinto, ¿qué dice eso sobre los humanos que escribieron esos textos? La pregunta no es nueva. Pero el experimento, esta vez, la dejó visible.
Y entonces, ¿qué votaste vos?
Una misma pantalla, dos botones, miles de millones de personas viendo cosas distintas en la misma consigna. Para algunos la pregunta era “¿querés vivir seguro?”. Para otros, “¿querés contribuir a que vivan todos?”. Para otros, “¿qué clase de mundo queda si solo sobreviven los que se cuidaron solos?”. Para otros, “¿por qué tendría que morir yo por la mala lectura del juego de otra persona?”. Cuatro preguntas, cuatro modelos mentales, y cada bando convencido de que el otro está contestando una pregunta moralmente inferior.
Yo voté. Tengo postura. Y a propósito me la guardo. La razón es esta: si te digo qué voté, este texto deja de ser un dilema y pasa a ser un panfleto. Y lo que quiero no es que estés de acuerdo conmigo. Quiero que pienses, y que el debate sea entre vos y otros lectores, no entre vos y yo.
En unos días, cuando esto haya tenido tiempo de generar discusión, voy a abrir una votación propia, a ciegas, en mis redes. Quiero ver si una audiencia hispanohablante, después de leer los cuatro argumentos, vota parecido a Tim Urban o se mueve para algún lado. Tengo una hipótesis pero, igual que con mi voto, me la guardo. Estate atento.
Y si después de todo esto seguís sin saber qué votar, no es un problema. Es la reacción esperable a un dilema que no tiene una respuesta correcta. Quien te diga que es obvio, no entendió los argumentos del otro lado.
Embanderarse tanto en una postura que ya no podés entender al que piensa distinto, ese sí es un problema que no tiene nada de teórico. Las consecuencias del pensamiento fanático pueden verse en todos lados. Hasta en las pasiones desatadas por una mera encuesta en internet.
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