A las 17.01 del jueves pasado, el presidente Javier Milei escribió dos palabras que no parecen haber surgido del teclado de su celular. “Pido paciencia”. Segundos después, agregó otra frase que, otra vez, parecía provenir de otra persona. “Sabemos que estos últimos meses fueron duros”. La unión de las dos oraciones potencia la perplejidad para cualquiera que conozca su tono habitual: “Pido paciencia. Sabemos que estos meses fueron duros”. El contexto, además, ayuda a entender la excepcionalidad del episodio.
Durante el mismo día, en su cuenta de X, el presidente intentó demostrar que los salarios le ganaron ampliamente a la inflación durante su mandato, luego difundió un estudio del Ministerio de Capital Humano, según el cual la vida de la clase media no se deterioró desde su asunción. En el mismo tuit en el que pedía paciencia, Milei sostuvo que el país está mucho mejor que en 2023, que la pobreza es la más baja en siete años, que el mal momento se debe en todo caso al sabotaje de los psicópatas kirchneristas y de los periodistas, a quienes calificó alternativamente como corruptos, delincuentes, mediocres, agentes extranjeros y comunistas. Pese a todo eso, advirtió que las cosas se están haciendo bien y que la economía empezó a levantar.
Así que casi en el mismo segundo aparecieron dos presidentes. Uno de ellos reconoció que “los tiempos” son “duros”. El otro, en cambio, se refugia en el mantra oficial. Hay una diferencia entre ambos. En el primer caso, se trata de una aparición relevante, pero fugaz. El otro aparece todo el tiempo.
El miércoles pasado, horas antes del tuit, en un reportaje emitido por la televisión oficial, el presidente volvió a sostener que el 95 por ciento de los periodistas éramos delincuentes –sin que Antonio Aracre, su entrevistador, le pidiera precisiones al respecto—y a repetir: “La Argentina atraviesa récord de producción, récord de consumo, récord de inversión”. Al mismo tiempo, el ministro de economía, Luis Caputo, sostenía que el periodismo intenta instalar una situación de crisis porque los periodistas “o son comunistas, o son chorros, o nos odian”. “Antes de las elecciones decían los mismo, mientras crecíamos al 1,5 por ciento trimestral. Y ganamos por 41 a 14”, insistía Caputo. Y repetía el mantra: “Récord de producción, récord de consumo, récord de inversión”.
Pero, si para un Milei la pobreza es la más baja de los últimos siete años, la clase media no se deterioró, el consumo es récord, los salarios le han ganado a la inflación ¿por qué para el otro Milei los tiempos serían duros y no felices? ¿Cuál sería la razón para admitir esa realidad triste si todo está tan bien? ¿No sería motivo para celebrar? ¿Quiénes serían los impacientes a los que el un Mileiles pide paciencia? ¿Por qué aparece ese molesto presidente para aguar la fiesta del otro, del todopoderoso, del que cree que merece el premio Nobel de Economía y agrede a cualquiera que advierta sobre los “tiempos duros”?

La verdad es que hay muchos elementos que permiten pensar diagnósticos alternativos a la mirada autocelebratoria oficial. Una hora exacta antes del tuit presidencial, el Indec difundió que la industria argentina, durante el último año, se achicó más de un 8 por ciento. Algunos sectores, como el automotriz o el textil, se derrumbaron más de un 20 por ciento. Dos días antes de eso, en un informe sobre distribución del ingreso, el mismo Indec informó que la mitad de la población gana menos de 800 mil pesos. Dos semanas atrás, detalló que la desocupación trepó del 5,7 al 7,5 por ciento en estos dos años, una medición que no incluye los últimos tres meses. En dos días se sabrá que la inflación de marzo superará el 3 por ciento, o sea que, si se anualiza el último trimestre, superaría el 40 por ciento anual.
Esas cifras son complementadas por testimonios profundos y, a la vez, desoladores. A las 17.01 del mismo jueves del tuit presidencial, millones de personas empezaban a volver, cansadas, de su trabajo en la Capital hacia el conurbano. Era el cuarto día de crisis del transporte público de pasajeros, producto en gran parte de la decisión oficial de pisar la caja y demorar el pago de subsidios comprometidos. Los canales de televisión se dedicaron, entonces, a recoger relatos en las colas interminables de colectivos. Por momentos, pareció la irrupción inesperada y brutal de lo que no se ve. Trabajadores del Conurbano contaban no solo su hastío por la situación sino la manera en que vivían.
Lourdes, una chica de 28 años, habló de esta manera: “Estoy cansada. 28 años tengo y lo único que digo es ‘estoy cansada’. Ya no quiero saber más nada. Llego a mi casa a las 9 de la noche. Tengo un nene y no puedo pasar tiempo con mi nene. Salgo a las 5 de la mañana para trabajar. No me alcanza para comer, en mi casa decimos que ‘somos todos vegetarianos’ con humor, porque ya no comemos carne. Me cuesta comprar un paquete de fideos; ir a la verdulería; no llego a fin de mes; me tengo que endeudar. Estoy cansada. Ni siquiera hago la cuenta de cuánto pierdo por el transporte pero sé que todos los días pago 5000 o 6000 pesos de SUBE. Veintiocho años y tengo que pagar deudas de acá a que me muera. Los sueldos no alcanzan, nada alcanza. Realmente estoy agotadísima. En mi casa somos tres adultos, no llegamos a pagar nada. Mi viejo ahora está accidentado pero tenía tres trabajos en su momento: su trabajo fijo de hace 17 años, después salía a hacer Pedidos Ya, y hacía Uber. Y ahora se accidentó haciendo repartos. Mi hermano, de 22 años, trabaja en blanco también y no llegamos. Yo trabajo en Recursos Humanos en un despachante de aduana. Me levanto a las cinco y media de la mañana, son 9:10 y todavía no llegué al trabajo para encima salir a las 18 y llegar a las 20, 20 y pico”.
¿Alguien podría decir que ese testimonio no representa a millones de personas? ¿Con qué fundamentos se podría sostener que el relato de Lourdes es menos relevante o preciso que todo lo que dice el ministro de Economía?
Karina, en otra de las colas interminables, agregó: “Todos la estamos pasando mal. El tema de viajar, el trabajo es estresante, la sociedad está viviendo una situación de crisis caótica. Yo trabajo en salud mental, en lo que es integración escolar, así que imaginate. Lo vemos en los niños, en la crisis de la familia. Se nos enseñó desde chicos que si estudiamos, somos profesionales y nos capacitamos, la vida cambia. Pero seguimos estancados. Mi generación sigue estancada. Vos imaginate que no llegás al fin de mes, tenés chicos en casa… No solo pensás en la comida, pensás en cómo sostener el techo. Ni hablemos si pagás un alquiler o si sos el único sostén de tu casa. También pasa eso: muchas mujeres solas con chicos, trabajos precarios. Terminás siendo, no sé, la empleada doméstica de alguien que tiene una posición económica bastante favorable, pero a ella le paga dos mangos. Es una mujer que trabaja 12 horas y ve a sus hijos ¿cuánto? Eso afecta a los niños en su aprendizaje, su desarrollo. Estamos hablando de la siguiente generación, las siguientes generaciones que van a tener que luchar por los derechos que ganaron nuestros abuelos y nosotros los perdimos. Parece algo como fuera de contexto que la plata te cambie la mente, pero seamos realistas: si no tenés plata, ¿cómo sobrevivís?”.
Son problemas que empezaron antes de Milei y que trascenderán su gestión presidencial. Pero se han agudizado en los últimos meses y desafían seriamente al Presidente en muchos sentidos: su sensibilidad, su capacidad para registrarlos, para diseñar políticas específicas, para imaginar soluciones aunque fuera paulatinas. En fin, cualquier cosa menos abandonar a todas esas personas a su suerte.
El diagnóstico del Milei disidente, el que reconoce la existencia de tiempos duros, ha sido empujado por otro factor que empieza a ser inquietante: existe una lluvia de encuestas que reflejan una caída vertical de la imagen presidencial, y además –algo mucho más fuerte e impensado hace algunas semanas—que Milei podría perder las elecciones del año que viene. Eso genera miedo en la Casa Rosada y el Ministerio de Economía: el pánico de los inversores financieros ante una eventual derrota de Milei podría acelerar la derrota de Milei.
Las consultoras Trespuntocero, Opina Argentina, CB, Atlas Intel, ESPOP de la Universidad de San Andrés, Zuban Cordoba, Trends, Delfos son solo algunas de las que registran que Axel Kicillof supera en imagen al Presidente o lo supera en intención de voto para una eventual segunda vuelta, o ambas cosas. Otras sostienen lo contrario. Pero todas coinciden en que la tendencia es desfavorable para el Presidente. En muchos de esos estudios llama la atención el crecimiento de Miriam Bregman, que aparece sólida en un tercer lugar, que podría definir el ballotage en favor del gobernador bonaerense. Las respuestas sobre la situación económica y las perspectivas de futuro son abrumadoramente negativas.
Todo eso bombardeo durante días y días logró exponer la fragilidad presidencial y, por un instante al menos, agrietó el muro de resistencia oficial. Datos del Indec, testimonios estremecedores de trabajadores del conurbano, crisis de transporte, encuestas. Además, hay un fenómeno cada vez más visible: las respuestas a cualquier posteo del presidente en las redes, sobre el tema que fuere, son muchas y muy agresivas. En el mundo donde era más fuerte, las redes sociales, allí donde era el rey indiscutible, hoy es agredido casi como nadie, y casi nadie lo defiende. Otras personas aprendieron el método libertario y lo emplean contra él, mientras sus partidarios aparecen apichonados. Es difícil de saber cuán representativo es eso. Pero, ¿no era el mismo Milei el que concedía a las redes la condición de “voz del pueblo en libertad”? ¿No era allí donde se encontraba la verdad? Curiosamente, la semana pasada The New York Times ha registrado que el mismo fenómeno acecha a Donald Trump.
Así que una mezcla de todo eso seguramente logró que, por un instante fugaz, Milei se enfrentara a Milei. Uno de esos dos Milei registró que algo está pasando. Fue algo extraño, un haz de luz, una ráfaga, apenas un resplandor.
Es poco para percibir un cambio genuino.
De hecho, el último posteo del presidente en Instagram, antes del cierre de esta nota, consistía en un cartelón que decía: “Desde que asumió, Milei hechó un ñoqui cada 18 minutos, logrando un ahorro de 2500 millones de dólares”. El Presidente celebró la frase con su clásico “Viva la libertad, carajo”.
Más allá del error de ortografía (el verbo echar no lleva hache al inicio), Milei se estaba refiriendo a que él mismo dejó sin trabajo a 70 mil personas, o sea, al sufrimiento de 70 mil familias. No hay ningún elemento serio del cual se pueda desprender que todos ellos eran ñoquis.
Mejor ni mirar las respuestas que recibía de otros usuarios.
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