
Cuando mi agente me preguntó por qué no escribía sobre la amistad con derechos ––su paciencia cuando hablamos por teléfono me sorprende cada vez (¿por qué no corta? ¿no se quiere ir? ¿le interesa escucharme divagar sobre mis recreos en primaria o la última vez que fui fiel?)––, le respondí: ¡Porque no existe!
—¿Cómo que no existe?— Marcos es uno de los cuatro amigos varones con los que hablo cotidianamente, además de los tres íntimos que veo poco y me saben suya—. Yo tuve no novias, grandes ex, chongas, fijas…
—Ninguna entra en la categoría “amiga” ––respondo, victoriosa.
A mi agente, que parece decepcionado, le digo que sé de lo que hablo: tengo, de hecho, buenos amigos varones. Amigos fundantes, de charla diaria, de esos que podrían reemplazar una familia, y no, con ellos no tengo sexo. Quiere saber si me parecen feos. Debo decir que no me gustan, lindos o no. ¿No me gustan porque ya somos amigos o nunca me gustaron o no me gustarían sostenidamente si fuéramos algo más? ¿Qué viene antes?
También está la posibilidad carta robada de Poe: que alguno de ellos, si coincidiéramos solteros y empezáramos a intimar, se revelase de un día para el otro como mi verdadero amor. Un rodeo bastante raro, vamos a decir, adorable en Cuando Harry conoció a Sally (sobre todo en la canción “I could write a book”), pero extraño, no tan lejano del inquietante mundo del unheimlich. Eso debería decirle a mi agente: que un amigo varón, si es de verdad (es decir, una persona a la que llamás cuando te pasa algo bueno, cuando te pasa algo malo y cuando no te pasa nada) se parece más a un hermano de sangre con el que te llevás bien que a un fijo (persona con la que se tiene sexo ocasional de manera sostenida en el tiempo).
No todo es blanco o negro, pero algunas cosas lo son: la amistad, por ejemplo. Que con el varón sea una zona liberada del deseo, también. Un lugar sin amenazas, a salvo de los celos, al margen de las calenturas, autónomo, fuera del mercado de los capitales sexuales y de casi todos los demás; como con las chicas, con ellos voy construyendo un refugio contra el mundo. ¿Qué importa que tengan pene? Con ellos me siento segura, como si fueran gays. Ellos tampoco me quieren coger, lo que algunas veces, por supuesto, encuentro indignante; lo tolero muy bien, sin embargo. En zona de amigos, no hay deseo erótico porque no estás en jaque.

Los que se tocan
Marcos quiere que haga una “fenomenología de la piel” y lo cite a Maurette. Dice que la piel siempre está cargada de sentimientos y al rato concluye, con su estilo pionero del ChatGPT:
—Hablá de la afectividad táctil, de la vulnerabilidad de la piel, de la fragilidad de las relaciones, de lo expuestos que estamos. Difícil tocarse y que no haya alguna clase de afecto.
Y claro, si es energía, le digo. Soy enfática. Es cierto que puedo en una reunión pedirle masajes a cualquiera, sea amigo o desconocido. Me duele tanto el cuerpo que no me importa de dónde vengan, puedo despersonalizar, darle entidad médica, neutralizar el eros.Marcos nunca compró este abordaje mío al tacto libre. Hacerse masajes en un sillón le parece igual que tener sexo en público. Nunca no se negó a mis dulces piececillos las veces que le arrimé el talón. Nunca no se quejó aquellas otras en que Esteban accedió a trabajarme los empeines con la caridad con la que se acaricia a los perros que adoramos. Para él, la piel es un límite y cruzarlo importa, te mete de lleno en el reino selvático del tacto.
—Salvo que haya drogas — acoto, exhaustiva como una socióloga.
—Claro, el quimsex es otra cosa, lo podés poner en tu catálogo de bestias de la sexoafectividad.
—El solo término ya es sintomático. ¿Qué significa? Que tenés sexo con una persona a la que querés, pero no son nada, ¿te das cuenta? La amistad con derechos no es un tipo de vínculo, sino un desajuste entre registros. El sexo no es un “plus”; es un cambio de régimen. Dos amigos que empiezan a coger van camino a ser novios.
—Es verdad. Sí — me encanta cuando Marcos me da la razón sin mermas.
—La amistad no es una antesala del amor, es irreductible; y los que tienen algo en el baño de un bar es porque se están drogando: no son amigos con derechos, son adictos alegres.
Mi amiga Sofía coincide conmigo, aunque ella es más del amigo gay; no es tan común, al final, el amigo íntimo no gay en mujeres heterosexuales. Amar a un straight como amigo y nada más es lograr una alta sintonía espiritual, una convivencia en el humor que no se apaga y no requiere —rasgo fundamental— del menor esfuerzo. El régimen del cuerpo y del fuego vive en otra dimensión, y está excluido.
—La peor pesadilla que tuve en mi vida fue coger con Gregorio. Un ojo de él miraba un solo ojo mío. Nunca me voy a olvidar de ese ojo ––escucho la voz traumada de Sofía recordando el viscoso tabú.
—¿Te dio asco?
Tarda unos segundos en responder, como si le diera frío.
—Fue un espanto— dice, estremecida.
Hay algo corrido en la idea de que un amigo te meta mano. ¿Después la saca y nos olvidamos? Suena a incesto, el escalofrío de romper un pacto simbólico que nos separa y nos une a la vez, que nos identifica y nos hace libres.
—¿Entre los gays existe la amistad con derechos?
—Re. Creo que no existe la otra, de hecho. Después te aburrís, pero al principio siempre cogés un poco— menos mal que está Tadeo; si no tenés amigos gays no entendés nada.
A él en particular lo que menos le gusta de su mundo es que se comporten por default como si tuvieran sexo. Que se toquen en reuniones o miren películas abrazados. Vuelve la teoría de Marcos. A Tadeo también le parece innecesario tocarse con gente a la que no querés ver desnuda.
—Siempre me pareció re incómodo. No te dan ganas de tocarte con alguien con quien no cogés.
—¿No tenés ningún amigo con el que nunca hayas cogido?
—Sí, hay amigos con los que me daría rechazo.
—¿Y por qué?
—No sé, los setée de esa forma, muy en mujer, y ya no me enganché por ese lado.
—Los ves como minas.
—Sí, como amigas. De hecho, nos decimos “íntima”.
Parce que c’est toi, parce que c’est moi
Mi amigo más nuevo es inglés. Tengo tanta suerte que también es escritor. Lo vi de lejos una tarde en Birkin y me llamó la atención. La química fue instantánea y (quizás porque estamos más grandes) encontró rápido su cauce: él estaba casado, yo en una romcom, y fuimos amigos desde el primer momento. Friends at first sight. Nos mandamos audios casi todos los días, y estamos al tanto de las desgracias y aciertos del otro. Yo sé que anteayer lo atacó un manco en Recoleta, y no pudiendo defenderse (no quería la postal de un inglés golpeando contra el piso a un discapacitado) se escabulló con movimientos afeminados, y sintió que solo le faltaban las calzas isabelinas. Si tuviéramos que conquistarnos, o probarnos mutuamente el valor de nuestro erotismo, jamás podríamos vivir en el registro del desparpajo. En la amistad, ser vulnerable no duele; al contrario, crea apego.
En algún momento de mi soltería con hijo, vi Your place or mine, una película olvidable y sin gracia de Ashton Kutcher que recorre el mismo arco romántico de Cuando Harry conoció a Sally: la historia de dos amigos de toda la vida que terminan siendo un gran amor. Me acuerdo de llamar a Lucas y contarle la trama. Aunque en esa época no solo hablábamos todos los días sino tres horas por día, su rechazo fue seco, limpio, contundente. Ninguna forma de esperanza, la idea de terminar con su mejor amiga lo puso peor que imaginarse en un futuro solo, sin hijos ni amor. A Lucas le preocupaba nunca enamorarse, pero más grave le parecía perderme como la amiga de su vida, algo tan distinto que no puede ser reemplazado; un fenómeno quizá más extraordinario que encontrar the one.
*La autora es escritora y editora. Este artículo se publicó originalmente en Revista Supernova
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