Bienvenidos a la Argentina

Un país que combina en un solo territorio lo que otros países tienen por separado. La capacidad de aprovecharlo es otra discusión

Guardar
Hay varios planes de inversión
Hay varios planes de inversión en marcha

José Hernández lo escribió hace ciento cincuenta años y parece un diagnóstico de hoy: “El que en trabajos se ha visto y ha logrado salir de ellos tiene doblados alientos pa’ resistir al que venga.” Los argentinos conocemos esos trabajos de memoria. Lo que no esperábamos es que el resto del mundo estuviera a punto de conocerlos también.

Hay una escena que se está repitiendo a escala global: el tipo que te explicó durante años cómo vivir, cómo ahorrar, cómo no gastar más de lo que tenés, aparece un día con las cuentas en rojo, los acreedores en la puerta y una teoría nueva para justificar por qué su caso es distinto.

El mundo se está argentinizando. La pregunta es si nosotros vamos a estar a la altura de saberlo aprovechar.

Durante cuatro décadas, Argentina fue el caso de estudio favorito de los economistas del hemisferio norte. El ejemplo de todo lo que no había que hacer. La inflación crónica, la deuda impagable, la emisión compulsiva, el Estado que gasta lo que no tiene y después busca un activo mágico para tapar el agujero. Los manuales de Harvard tenían un capítulo especial. El FMI mandaba misiones con cara de funeral.

Bien. Miremos ahora lo que está pasando.

El crecimiento global de 2025 fue el más lento desde 2008: 2,3%, casi medio punto por debajo de lo proyectado. Para 2026 se espera apenas un 2,4%, lo que ubica a esta década como la de menor expansión desde los años 60. El comercio internacional creció en papel un 4%, pero esa cifra miente: fue efecto de adelantamiento, empresas que apuraron importaciones antes de los aranceles de Trump. Sin ese factor, el número real cae al 2,5%. Acelerado por el miedo, no por el dinamismo.

Alemania en recesión industrial. Francia con déficit político y fiscal. China con su mercado inmobiliario en colapso y su consumo interno sin despegar. Y sobre todo ese edificio, el FMI advierte sobre el riesgo de falta de liquidez en instituciones financieras no bancarias que manejan crédito equivalente a tres o cuatro veces el PIB combinado de Estados Unidos y la Unión Europea, operando fuera del radar regulatorio. No es 2008. Es potencialmente peor: más grande, más opaco, más difícil de contener.

En ese clima, Washington encontró su propia versión del plan mágico: institucionalizar el bitcoin. Trump firmó una orden ejecutiva para crear una reserva de “oro digital”. El argumento oficial es la modernización. El real es más viejo: cubrir déficit sin subir impuestos, en una economía donde la deuda ya es tan grande que ni siquiera puede exportar ese problema al resto del mundo como antes. La inflación interna hace el resto.

Vista área de Vaca Muerta
Vista área de Vaca Muerta

En ese contexto, la élite bancaria de Wall Street presiona con todo por la aprobación de la Clarity Act —la ley que regularía el mercado cripto americano— no por convicción libertaria sino por interés concreto: los grandes bancos gastaron 56,7 millones de dólares en lobby durante 2025, según datos de OpenSecrets analizados por el Washington Examiner, para asegurarse de que la norma no les quite el negocio de depósitos que hoy les rinde 176.000 millones de dólares anuales solo por estacionar dinero en la Reserva Federal. Un vuelto.

El mismo razonamiento de siempre. Distinto nombre, misma lógica. El dato que lo complica todo: desde agosto pasado, los planes de retiro 401(k) —que cubren a 90 millones de trabajadores— pueden invertir en criptomonedas. Cuando el precio cae, no pierden los especuladores. Pierden los jubilados. Expertos en derecho laboral ya anticipan litigios masivos si el mercado se desploma, por haber incluido activos volátiles en los portafolios de retiro de trabajadores que nunca pidieron ser especuladores. La filosofía de acumulación codiciosa que siempre movió al hombre no cambia. Solo cambia el instrumento.

Detrás de todo este reordenamiento hay algo que los análisis económicos suelen ignorar porque incomoda nombrarlo: las grandes potencias están refundando el tablero internacional. Y en ese juego —que funciona exactamente como el TEG, con territorios, recursos y posiciones estratégicas— la ficha argentina de repente pesa más. Porque frente a cualquier crisis sistémica, el reaseguro siempre vuelve a lo concreto. Los algoritmos fallan. Las criptomonedas se desploman. Pero el litio está en el suelo. El petróleo está en Vaca Muerta. La soja se siembra todos los años. El agua corre por las cuencas patagónicas. Nada de eso desaparece en un mercado bajista.

América Latina entera se vuelve apetitosa en este rearmado global. La región concentra algunas de las mayores reservas de minerales críticos del planeta, recursos energéticos de enorme proyección y una agroindustria capaz de alimentar continentes. En un mundo donde la transición energética exige materiales que solo existen en ciertos territorios y donde la seguridad alimentaria se convirtió en prioridad estratégica, el subcontinente dejó de ser periferia. Los grandes jugadores lo saben. Por eso negocian, invierten y presionan.

Argentina, en particular, combina en un solo territorio lo que otros países tienen por separado: litio y cobre en el norte, gas y petróleo en la Patagonia, proteína en La Pampa, pesca en el Atlántico Sur. Y hay un activo que rara vez entra en el análisis pero que en un mundo organizado en lógica de entrega puerta a puerta vale tanto como el recurso mismo: la costa. Casi 5.000 kilómetros de litoral atlántico con puertos estratégicos desde Bahía Blanca hasta Ushuaia. El oleoducto VMOS conectará Vaca Muerta con una terminal en Punta Colorada capaz de recibir los buques petroleros más grandes del mundo, habilitando más de 15.000 millones de dólares en exportaciones anuales a partir de 2027. El proyecto Argentina LNG, en el Golfo San Matías, apunta a ubicar al país entre los diez mayores exportadores de gas natural licuado del planeta. La infraestructura en construcción no es solo energética. Es la diferencia entre tener recursos y poder entregarlos al mundo en tiempo y forma.

Que el mundo nos necesite, sin embargo, no significa que vayamos a saber capitalizar ese momento. Esa es la trampa histórica argentina. La oportunidad existe. La capacidad de aprovecharla es otra discusión.

Cristales de litio (Imagen Ilustrativa
Cristales de litio (Imagen Ilustrativa Infobae)

En el plano comercial hay señales que hace años no se veían: el Acuerdo Mercosur-Unión Europea, aprobado con 69 votos a favor y apenas 3 en contra, proyecta un crecimiento exportador del 76% en cinco años y del 122% en diez, pasando de 8.641 millones de dólares actuales a más de 19.000 millones, con acceso preferencial a 450 millones de consumidores. La UE es además la mayor fuente de inversión extranjera directa en el país, con un stock cercano a los 75.000 millones de dólares: no es solo un acuerdo arancelario, es un ancla institucional. En paralelo, el acuerdo bilateral con Estados Unidos —el primero en América del Sur que incorpora compromisos de inversión— eliminó aranceles sobre 1.675 productos y amplió la cuota de carne a 100.000 toneladas, sumando exportaciones adicionales estimadas en más de 1.000 millones de dólares. Las ventas argentinas a ese mercado ya marcaron un récord histórico en 2025: 8.338 millones de dólares.

Dos acuerdos de primer nivel firmados en simultáneo, con Europa y con Estados Unidos. Algo que Argentina no había logrado en décadas. La pregunta no es si son buenas noticias. Es si existe la madurez institucional para no dilapidarlos como se dilapidaron otras oportunidades.

Las próximas dos semanas son una primera prueba en tiempo real. Del 1 al 4 de marzo, varios gobernadores viajan a Toronto para el PDAC —la convención minera más importante del mundo, 27.000 participantes de 127 países, donde cada año se decide el destino del capital extractivo global— con el lema que llevan grabado: “Por qué Argentina debería ser tu próximo movimiento estratégico.” Después, directo a Nueva York para la Argentina Week, del 9 al 12 de marzo, en la sede de JPMorgan Chase, con Jamie Dimon presentando a Milei ante más de 30 CEOs de los principales bancos e instituciones financieras del planeta: JP Morgan, Bank of America, Citigroup, Microsoft, el US Argentina Business Council.

San Juan lleva el proyecto de cobre —con inversión estimada en 4.000 millones de dólares— en el momento exacto en que la transición energética global hace de ese metal un recurso sin sustituto. Santa Cruz lleva el Macizo del Deseado y el anuncio fresco: 800 millones para expandir Cerro Negro. Mendoza ofrece el portafolio más diverso: minería de altura, petróleo, vitivinicultura de exportación y energías renovables. Chubut: el 30% de la producción petrolera nacional más el potencial eólico patagónico, con vientos entre los más constantes del mundo. Y cierran el triángulo del litio entre Catamarca, Jujuy y Salta, con salares entre los más productivos del planeta y condiciones de irradiación solar en la Puna que hacen viable el procesamiento local con energía propia.

Por primera vez en mucho tiempo, Argentina no viaja a estas reuniones a pedir. Viaja a ofrecer. Si sabe hacerlo, es otra historia.

Porque acá está lo que nadie dice con suficiente honestidad: tener lo que el mundo necesita no alcanza si las reglas cambian con cada gobierno, si la presión tributaria ahoga antes de que el proyecto despegue, si la inconsistencia institucional sigue siendo el argumento que los inversores usan para elegir a Chile o a Brasil antes que a nosotros. Tenemos anticuerpos que el resto todavía no desarrolló —sabemos negociar en la adversidad, operar en la incertidumbre, producir bajo condiciones que paralizarían a cualquier economía europea— pero esa fortaleza no compensa sola las debilidades estructurales que seguimos arrastrando.

El interés que hoy recae sobre Argentina no viene de haber resuelto nada. Viene de que el mundo empezó a tener sus propios problemas, y de repente nuestros recursos pesan más que nuestras disfunciones. Es una ventana. Estrecha, probablemente corta, y que no va a esperar a que terminemos de discutir entre nosotros.

El TEG se está jugando. La tarjeta argentina vale más que ayer. La pregunta es quién la tiene en la mano, y si sabe cuándo jugarla.

Bienvenidos a Argentina. Ojalá la estadía sea más corta para ustedes que para nosotros.