
El comercio mundial atraviesa en 2026 un momento definitorio. Las reglas que durante décadas guiaron los intercambios internacionales —eficiencia, liberalización y reducción de costos— están dando paso a un marco más complejo, moldeado por la geopolítica, la urgencia climática, las nuevas políticas industriales y nacionalismos populares y la transformación digital.
Para los países en desarrollo, las consecuencias son profundas. Tras años de disrupciones derivadas de la pandemia y crecientes tensiones geopolíticas, la arquitectura del comercio global se está reconfigurando bajo la administración del Partido Republicano en Estados Unidos. Es decir, va más allá de la personalidad de su presidente. Son geopolíticas. Hoy, las relaciones comerciales están influidas tanto por consideraciones de seguridad como por ventajas comparativas.
Al mismo tiempo, los gobiernos han recuperado un papel protagónico con subsidios y tarifas en la orientación de la economía frente a la debilitación de organismos supranacionales y tratados comerciales. En Asia, África y América Latina, los responsables de política económica observan con atención, evaluando cómo competir en una nueva era marcada por subsidios estratégicos y la presión de Estados Unidos y la imposición de tarifas como instrumento de negociación.
Este renovado protagonismo estatal de Estados Unidos, seguido por otros países, supone un giro respecto al paradigma liberal que caracterizó el auge de la globalización. Proliferan los incentivos a la inversión, los requisitos de contenido local y los programas de apoyo sectorial, incluidas tarifas.
Para los países en desarrollo, el desafío es delicado: atraer capital y tecnología sin comprometer la sostenibilidad fiscal ni entrar en carreras de subsidios difíciles de sostener. El incremento de barreras arancelarias aparece como la medida más fácil de implementar para los políticos.
El mundo se inclina a una intensa competencia que puede ponerlo al borde de una guerra. La revolución digital añade otra capa de transformación. El comercio electrónico, los flujos transfronterizos de datos y las soluciones logísticas basadas en el uso de la inteligencia artificial están redefiniendo la competitividad. Sin embargo, la fragmentación regulatoria en materia de datos crea incertidumbre y mayores costos de cumplimiento.
Para muchas economías de ingresos bajos y medios, la falta de infraestructura digital adecuada podría ampliar la brecha comercial si no se adoptan políticas de inversión y capacitación oportunas. ¿Países ricos y pobres nuevamente?
La resiliencia también ha ganado terreno frente a la pura eficiencia. Las empresas buscan diversificar proveedores y reforzar la trazabilidad de sus cadenas de suministro para reducir vulnerabilidades. La estabilidad regulatoria, la transparencia y la confiabilidad se han convertido en activos estratégicos.
Aquellos países capaces de ofrecer marcos normativos claros y estándares éticos sólidos están mejor posicionados para integrarse en cadenas globales más exigentes. Esto va a tener impacto en el sector laboral. Otro factor de cambio es la transición energética. La creciente demanda de minerales críticos —como litio, cobalto y níquel— abre oportunidades para economías ricas en recursos naturales.
Pero el verdadero desafío es avanzar más allá de la exportación de materias primas e impulsar el procesamiento local y la creación de valor agregado, evitando repetir los ciclos de dependencia que históricamente han limitado el desarrollo.
A todo ello se suman presiones macroeconómicas: altos niveles de endeudamiento, volatilidad cambiaria y restricciones en el financiamiento comercial. Para muchas economías vulnerables, el acceso limitado al crédito encarece las exportaciones y reduce su competitividad internacional.
No obstante, también emerge una dimensión más inclusiva del comercio. Los acuerdos comerciales incorporan cada vez más disposiciones sobre derechos laborales, equidad de género y participación de pequeñas y medianas empresas. La legitimidad social del comercio depende de que sus beneficios se distribuyan de manera más amplia y equitativa.
El panorama que se dibuja no es el de una desglobalización, sino el de una transformación profunda. El comercio no desaparece; evoluciona. Es más estratégico, más regulado, más digital y más condicionado por la sostenibilidad.
Para los países en desarrollo, la respuesta exige visión de largo plazo y no una “guerra de tarifas”. Diversificar exportaciones, invertir en infraestructura verde y digital, fortalecer la integración regional y mejorar la capacidad institucional para cumplir estándares ambientales y tecnológicos serán pasos decisivos.
En 2026, el comercio internacional ya no se define únicamente por la reducción de aranceles o el crecimiento de los volúmenes intercambiados. Está determinado por alineamientos políticos, innovación tecnológica, exigencias climáticas y expectativas sociales. Las naciones que logren adaptarse con agilidad y coherencia a estos vectores no solo sobrevivirán esta nueva etapa, sino que contribuirán a moldearla y serán los ganadores del futuro.
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