
Una vez más, se trata de la crónica de una muerte anunciada. Primero, Axl Kiciloff habló de la necesidad de un cambio de música, de nuevas melodías, pero su sutileza y sus buenos modales solo sirvieron para despertar el pronto destrato de Máximo Kirchner quien empezó a ponerlo en su lugar. El heredero era él, a no confundirse.
Tampoco fue fructífera la intermediación de Estela de Carlotto, entre las más visibles: Cristina Kirchner no le dirigió siquiera una mirada, ya no digamos la palabra. La parte más estruendosa de La Cámpora lo descalificó en su defensa ciega de la líder. Sin embargo, Axel necesitaba romper con Cristina, y el conflicto fue creciendo porque el Kirchnerismo se había convertido en un límite, en una secta, en un grupo que convertía al Peronismo en un partido de seudo izquierda que, como todos los de su especie, son incapaces de ganar una elección.
Cristina asumió la presidencia del Peronismo, en el que nunca creyó y al que menospreciaba en privado y en público, como una forma de conservar su vigencia. Su papel fue lamentable, no la acompañó ni un solo gobernador. Es que, en el fondo, lentamente su imagen se había ido desvaneciendo en provincias como Córdoba, Santa Fe y tantas otras. Podía quedarse con el sello, pero nunca expresar, transmitir, hacer carne ideas en las que jamás había abrevado.
Cristina es una heredera, Néstor fue el constructor de una fuerza cuya vigencia termina con su desaparición. La Cámpora, por su parte, se reduce a ser el reflejo de un personaje inexistente, de un político del que no tenemos nada que valga la pena recordar, y no resulta casual la elección de ese nombre para la agrupación. Respecto de las desavenencias entre Cristina y Kicillof, algún desubicado habló de matricidio; la derecha se hace la desentendida frente a la recuperación de un movimiento nacional que sin duda será responsable del futuro.
El fracaso de Milei es indiscutible, la idea de detener la inflación no alcanza ni remotamente para contener una propuesta política digna de lograr una estabilidad duradera. El personaje se agota en su desmesura y en la hilaridad que genera arrastrándose ante Donald Trump, con quien comparte la voluntad de destrucción del progresismo, la famosa batalla cultural alentada por el poderoso multimillonario Elon Musk, alguien que cree resolver así problemas familiares incomprensibles para su reaccionaria visión del mundo, pero no las políticas económicas proteccionistas. Aunque da la impresión de que la multiplicidad de despidos en el Estado, aplicando el ridículo obsequio de la motosierra de Milei , no estaría dándole resultados ante un Trump que empieza a dudar sobre su política arancelaria internacional y la pospone por 90 días, salvo con China, claro está. Que Milei siga haciendo papelones, su figura ya no es creíble en el mundo.
Ambos, él y Cristina, son los dos extremos de una confrontación inconducente y carente de sentido. Por su parte, Axel Kicillof y Maximiliano Pullaro, representan las dos posibles soluciones que pueden devolvernos una idea de patria, de nación, para el próximo proceso electoral. Resulta llamativo que la oposición diga no entender la confrontación entre Cristina y Kicillof. Es que estando tan unida al poder económico, no puede comprender el debate del poder político, aunque lo sufre. Finalmente, es el mismo que se da entre Macri y Milei. En rigor, la derecha no entiende lo que no le conviene: la rebelión de Kicillof expresa sin duda el renacer del movimiento popular. Pruebas de ello ha dado con su gestión y con su independencia de criterio privilegiando el pago de sueldos, la salud y la educación públicas, por ejemplo.
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