
La obsecuencia, la alcahuetería, el acomodamiento permanente al poder de turno, recibió en esta modernidad argentina el insólito apodo de “con peluca”, en alusión a la estrafalaria cabellera del presidente Milei. Esa masa de políticos extraviados soñó primero con acompañar a un líder de prestigio internacional, a quien el dólar libre, de un solo golpe, rebajó a pretencioso personaje barrial.
La situación de los jubilados, como sector extremo de los damnificados, deja al desnudo que imponer la estabilidad de la moneda a costa del hambre no es una medida económica, sino un simple ejercicio de la peor perversión. Los hinchas de fútbol decidieron acompañarlos en su marcha de los miércoles, pero desde el Gobierno se empleó el término “barrabravas”, que, como sabemos, connota “pobres agresivos”. Estoy convencido de que es mucho más concreto que estos comprometidos amantes del fútbol salgan a apoyar a los jubilados que esperar la remota posibilidad de que serviles periodistas críticos -que los acusan de ser rentados- sean capaces de algún acto de semejante dignidad. Una fuerza política con ministros más que endebles y militantes que ya se dividen y confrontan entre sí tiene como único sostén al suplente, ese equipo de periodistas devenido en el partido inexistente de Milei. ¿Expresan ideas o tan solo representan intereses? En nuestra crisis, los hinchas de fútbol son dueños de una ilusión que ayer pertenecía a los activistas de una causa política.
La ministra de Seguridad Patricia Bullrich impone una dureza en la represión que acompaña, en paralelo, a la miseria de la economía. En el Congreso, las escasas huestes oficialistas empiezan a dar el triste espectáculo de enfrentarse entre sí. Después del episodio $LIBRA, nuestro prócer quedó dañado y pasó de héroe a mero superviviente, de soñar futuros mesiánicos a un desesperado abrazo al patético presente, intentando ver qué puede inventar para ocultarlo o camuflarlo.
La reacción social es siempre una mecha que no sabemos por dónde se enciende. El prestigio del Gobierno va cayendo lenta e inexorablemente, y el fracaso de la economía –que se supone liberal- se expresa sólo en el crecimiento de la desocupación y la pobreza. Hasta Mauricio Macri debió decir en ExpoAgro que reivindicaba la obra pública y apoyaba las medidas necesarias para enfrentar el cambio climático. Pero al día siguiente no se privó de aprobar con entusiasmo la represión indiscriminada y salvaje so pretexto de desestabilización recordando la versión tergiversada que él instaló en 2017 de experiencias propias.
La moneda sigue necesitando ser sostenida por los préstamos, y los inversores -presuntos salvadores de la patria- no sólo retrasan su llegada, dan la impresión, más bien, de haberla abandonado para siempre.
El gobierno de Milei perdió la magia -si alguna vez la tuvo para algunos-, ese halo de novedad que lo rodeaba, y su situación es tan penosa que no logra salir airoso ni siquiera en las entrevistas de los periodistas más cercanos a su mediocridad. Los corresponsales extranjeros se quejan de la inexistencia de una sola conferencia de prensa, y uno tiene derecho a preguntarse si quien no resiste el fuego amigo, como Milei, sería capaz de enfrentar a los medios del mundo. Dudoso asunto. Hasta el momento, nada dijo de su intervención en la criptomoneda $LIBRA, salvo burdas autojustificaciones poco creíbles, y autorizó la exportación de ganado en pie, tema suspendido desde que nuestra digna sociedad construyó sus propios frigoríficos. Por este camino, en no demasiado tiempo, volveremos a la industria del saladero.
El Gobierno carece de proyecto y de aliados, sólo lo define la obsecuencia a Trump sin ninguna intención de imitar sus políticas productivas. Mientras el Imperio protege cada vez más a sus propias industrias, Milei abre alegremente las fronteras.
Si hay algo que está claro es que el principal sostén del Gobierno es, hoy, la ausencia de una alternativa política coherente, de una salida superadora de la crisis. Hasta el momento, no logra respuesta alguna o una propuesta que le permita recuperar la ofensiva. Lo cierto es que el presidente parecía muy guapo en la agresión, tanto como es de timorato en la defensa.
Entramos en la zona de la agonía; lo importante no es mostrar las falencias del estado actual, sino ser capaces de gestar la imprescindible opción que nos rescate de este presente aciago. Sólo nos queda en claro que el proyecto de Milei es de una ambición irrazonable de corta vida, una oscura versión coyuntural que entró en crisis sin siquiera haberse instalado.
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