
En 1962, el filósofo británico John Austin escribió Cómo hacer cosas con palabras, una obra que revolucionó la forma en que entendemos el lenguaje. Austin nos hizo ver algo que vivimos a diario sin notarlo del todo: las palabras no solo describen lo que pasa a nuestro alrededor, también generan acciones concretas. En otras palabras, lo que decimos tiene el poder de cambiar las cosas.
Por ejemplo, cuando alguien dice “sí, acepto” en una boda, esa simple frase tiene un efecto transformador: convierte a dos personas en cónyuges de manera oficial. Lo mismo ocurre cuando un presidente toma juramento, o cuando alguien grita “¡fuego!” en un teatro: las palabras no solo informan, sino que provocan una reacción inmediata y tangible.
Esta idea no es nueva. En los textos religiosos, el lenguaje ya aparece como una fuerza creadora. En el Génesis, Dios dice “Hágase la luz”, y esa frase marca el inicio de la creación. En el Nuevo Testamento, Jesús dice a Lázaro “Levántate y anda”, y con esas palabras lo devuelve a la vida. En estos relatos, la palabra no solo comunica, sino que transforma la realidad.
Sin embargo, no hace falta ir tan lejos para entenderlo. Pensemos en la frase “queda usted despedido”. Con esas palabras, cambia la vida de una persona, afectando su presente y su futuro. O en algo más cotidiano: un insulto puede destruir la confianza de alguien, mientras que un “te quiero” puede salvar un día complicado. Las palabras, cuando se pronuncian, tienen el poder de construir o destruir, de unir o dividir.
Este poder del lenguaje también se siente en la política. Un reciente comunicado de la Asociación de Psiquiatras de Argentina lo resumió así: “Por ello hablamos del poder performativo de las palabras. Las hay que generan odio y las hay que promueven modos amorosos de convivir con las diferencias. Los mayores logros humanos y también los más dolorosos desastres civilizatorios comenzaron con palabras”.
Un ejemplo reciente ilustra esto: cuando un líder político habla, sus palabras no solo expresan una opinión personal, sino que representan a todo un país. Elegir bien qué se dice y cómo se dice es fundamental, porque esas palabras pueden influir en la forma en que se perciben temas importantes como los derechos humanos, las políticas públicas o los conflictos sociales.
El problema surge cuando quienes ocupan cargos de poder olvidan esta responsabilidad y usan el lenguaje de manera simplista o incendiaria. No se trata solo de “decir algo” para agradar a cierto público; se trata de entender que cada palabra tiene consecuencias. Cuando un mandatario lanza frases despectivas o minimiza problemas, está creando una realidad en la que esas actitudes parecen aceptables, incluso cuando van en contra de leyes vigentes o conquistas sociales históricas.
Por ejemplo, si un líder durante un foro internacional utiliza anécdotas poco representativas para deslegitimar una política pública, no solo falta al rigor que su posición exige, sino que desinforma. Y en lugar de actuar como un jefe de Estado, queda reducido a la figura de un opinólogo que parece desconocer la magnitud de su cargo.
Como sociedad, necesitamos recordar que las palabras crean mundos. Las palabras pueden inspirar una marcha por los derechos civiles, como lo hizo el discurso “I Have a Dream” de Martin Luther King Jr., o pueden justificar atrocidades, como ocurrió en los regímenes más oscuros de la historia. Exigir que quienes nos representan hablen con respeto y responsabilidad no es un capricho, es una necesidad.
El poder de las palabras no es algo que podamos ignorar. Las usamos todos los días, desde lo más cotidiano hasta lo más trascendental. Y por eso, cada uno de nosotros, pero sobre todo quienes ocupan espacios de poder, debemos ser conscientes de que nuestras palabras siempre, siempre, dejan huella.
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