
Fue la periodista Claudia Peiró, siempre atenta a las cuestiones educativas, quien dio la voz de alarma sobre libros que, cargados de un voltaje sexual explícito, son enviados a las escuelas por la Dirección General de Cultura y Educación de la Provincia de Buenos Aires. La denuncia la realizó en una nota publicada en Infobae el 4 de noviembre pasado.
No voy a repasar en el presente artículo los párrafos ya publicados, carece de sentido replicarlos. Lo cierto es que si al lector le interesa puede ingresar a la nota y apreciará -es una manera de decir- que no se trata de obras de arte, como aseguró Alberto Sileoni, director de Cultura y Educación bonaerense, sino de textos que rozan la pornografía.
Otros periodistas tomaron el caso y la vicepresidente, Victoria Villarruel, hizo lo mismo con duras declaraciones contra el funcionario de Axel Kicillof. Dio un paso más: organizó un seminario en el Senado.
Ante el escándalo, apareció el funcionario. Hay que patear al chancho para que aparezca el dueño. En su descargo, el profesor Sileoni desmintió que fueran libros utilizados para educación sexual, esto es la ESI -Educación Sexual Integral, asignatura curricular, por lo tanto obligatoria y bajo su absoluta responsabilidad-, de modo que, como ya es habitual en su conducta desde que es funcionario público, realizó un pase de Verónica y, al no resultar textos obligatorios, esquiva la acusación y eleva la puntería, pues se trata de libros para un programa denominado Identidades Bonaerenses, presentado en sociedad por el gobernador Kicillof, ¡de modo que miren para otro lado, no a mí!
En su descargo, Sileoni aseguró que son textos para trabajar junto al docente con una guía perfectamente estudiada. Faltaba agregar “hemos cuidado con esmero a los chicos”, como manifiestan las bataclanas luego de un desnudo o una escena sexual, a propósito del director y los camarógrafos.
Aseguró también, el director de Cultura y Educación, que los libros no van a las escuelas, sino a las bibliotecas. Otro pase de Verónica: bibliotecas hay en casi todas las escuelas, pero también por fuera de ellas. ¡No me miren solo a mí! Sobre este disparate no hay mucho más para decir.
¡Momento! Hay otra barbaridad de Sileoni. Para fortalecer su posición, aseguró, criticando el sesgo conservador de las acusaciones y de quienes las realizan: “Es paradójico, a los doce años pueden ir presos, pero a los diecisiete no pueden leer este libro”. ¡Gol! Gritó.
Primero, miente. Los libros observados son recomendados a partir de los quince años. Segundo, miente también: un chico de doce años no va preso. Y tercero, la comparación es un disparate.
El funcionario es una de las tantas voces progresistas que han destruido la escuela argentina. Equipara a un precoz delincuente con un estudiante. Peras con manzanas. ¿Qué tendrá que ver una acción delictual de un menor por fuera de la Escuela con la vida escolar de un joven estudiante? Debería ampliar el concepto Sileoni.
Cuando nace la intimidad, se hace pública
El progresismo corroe la sociedad, la cultura, los valores y las tradiciones como jamás la izquierda dura lo hubiera realizado. En este sentido, el progresismo es más peligroso que lo que en su momento fue la izquierda.
Es nihilismo crudo. Sin analizarlo en todos sus frentes, solo mencionaré, por el caso que nos convoca, lo actuado por la provincia de Buenos Aires.
La sexualidad, en cualquiera de sus manifestaciones, es una conducta que remite a la intimidad, a lo privado. ¿Qué necesidad tiene el progresismo de arrastrar al espacio público lo que es de la esfera privada? ¿Se trata de banalizar y desacralizar uno de los espacios que nos diferencian de los animales? ¿O se trata de estatizar las emociones privadas? No sé, habría que estudiarlo más, lo evidente es que Sileoni, como las bataclanas, habla de la sexualidad públicamente y con el más absoluto descaro, como si fuera una práctica más de Cross-Fitness o de una dieta saludable. La Escuela debe ser preservada de la frivolidad y la liviandad moral.
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