
Siempre las guerras han terminado en un tratado de paz. Estamos en guerra; debemos pensar en las condiciones del tratado: ¿sometimiento o transacción? Hay salidas que no son soluciones, porque no se podrían sostener en el tiempo. La paz debe sostenerse en el tiempo y no lo hace cuando no refleja las posibilidades mínimas requeridas por la otra parte, pues en ese caso, la solución sería percibida como injusta. Hay una relación directa entre la justicia y la paz. El tema es complejo porque justicia no es lo que yo quiero (aunque lo perciba como justo), sino también lo que ambas partes pueden aceptar de la mirada del otro. La justicia no es algo individual, sino una relación de dos partes o más. “Dar a cada uno lo suyo”, la más vieja definición de justicia, es una relación. Debe contemplar a los dos; a cada uno.
Ratzinger, el Papa Benedicto XVI, no era un ingenuo político, porque era un profundo conocedor de la naturaleza humana, tema al que dedicó su vida. Conocía la necesidad del equilibrio de poder entre las naciones, como mecanismo para construir estabilidad y por lo tanto paz. Sabía que el bien tiene la necesidad de combatir, para no dejarle el campo libre a quienes desprecian la dignidad de cada hombre. Consideraba, con profundidad, que el corazón de la civilización construida desde Atenas, Jerusalén y Roma y luego Bizancio y Moscú y las Américas era, precisamente, promover la dignidad del hombre o, en palabras de Kant, considerar que cada hombre no era un medio sino un fin en sí mismo.
Dicho eso, Ratzinger estaba convencido de que la finalidad de la política es la justicia y que su producto es la paz. De nuevo la cuestión de los medios y los fines: el poder no es un fin en sí mismo, sino un medio para lograr un fin, que Ratzinger considera que es la dignidad del hombre y por lo tanto la justicia y gracias a ella, la paz. Las guerras quedan así delineadas por quienes defienden la justicia y buscan la paz, respetando la dignidad humana, y aquellos que privilegian su voluntad de poder y utilizan a los hombres como medios para ese fin, basado en la arbitrariedad. Al fin del día, se trata de poder vs. dignidad.
En sus conferencias sobre Europa o la civilización occidental, Benedicto observó que las grandes naciones (o tal vez sus grupos dirigentes o sus pueblos) pensaban y piensan que están destinadas a una misión universal y que eso es lo que llevó a innumerables guerras en Europa o más allá de ella. Otras veces, en las guerras religiosas, no eran las naciones sino quienes creían representar a Dios los que se veían cumpliendo la misión de conquista, en lo que Ratzinger denomina la permanente tentación totalitaria. Para combatir esa tentación se estableció el principio de la división del poder: el dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios, es ni más ni menos que el Estado secular, que se verificó en el siglo V, cuando en Occidente se separaron los poderes del emperador y el Papa. Mucho más tarde, las guerras de religión finalizaron cuando apareció el Estado Nación y luego terminó el poder absoluto de los reyes cuando apareció el poder de los pueblos, en el siglo XVII en Inglaterra y en el XVIII en los Estados Unidos y Francia, en ese orden. Locke racionalizó la división de poderes que habían anticipado Aristóteles y los romanos.
Bajando de la historia hacia acá, Ratzinger anticipa las guerras que estamos viendo en Europa y Gaza, que son guerras por la conquista de lo que une a todo el mundo, que es la ley moral de los derechos humanos. Su concepto del cristianismo es el de considerar que Dios es razón (además de amor), por lo que la razón debe poner un límite al fundamentalismo y la intolerancia religiosa, del mismo modo en que la ética debe poner un límite a productos de la razón como la bomba atómica, la manipulación humana o, ahora, la inteligencia artificial. La ética, la disciplina sobre la libertad de elegir entre el bien y el mal, se refiere a derechos del hombre que no deben ser inventados sino descubiertos, dice. El hombre -afirma- tiene tres capacidades: la de la razón, la del amor y la de la apertura a lo sagrado. La paz, en consecuencia, debe facilitarse por el diálogo interreligioso, origen de los valores morales de la convivencia, la justicia y la ley, que deben ser superiores al poder que abusa de la dignidad de cada hombre.
Ratzinger nos enseña así los mojones que marcan el camino de la paz: diálogo como escucha activa; ética o respeto de la dignidad de cada persona; racionalidad y búsqueda de lo que une todo; diálogo interreligioso y reconocimiento de la base ética de la ley; prevalencia de la ley sobre el poder; justicia y estabilidad.
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