
La recurrente y crítica situación extrema actual del país motiva a la alegoría a una de las leyendas de la mitología griega, que Gaspar Ariño presenta en su libro “Economía y Estado”. Eran muy pocas las naves que podían atravesar indemnes las turbulentas aguas del Estrecho de Messina, entre la isla de Sicilia y el territorio continental de Calabria de la hoy Italia.
En sendas márgenes habitaban 2 grandes monstruos: Scylla y Caribdis, que se convertían en sensuales sirenas y, con sus figuras y sus cantos, atraían a los navegantes. Cuando estos estaban a su alcance, recién se revelaban como los monstruos que eran y, ya encallados, los destrozaban.
Sólo Ulises, que incluso debió hacerse atar al palo mayor de su nave para resistir la tentación, pudo superar el caudaloso estrecho y arribar a la idílica isla de Calypso.
Las leyendas mitológicas de la antigüedad, e incluso las fábulas después, tenían el propósito de aleccionar y propiciar la reflexión acerca de las resoluciones posibles de los problemas que se enfrentan. En el caso de Argentina, la lección de este mito podría resultar muy oportuno y provechoso porque recurrentemente encalla “en el mismo estrecho”, y que aún no habría dispuesto de un capitán como Ulises.
Los “naufragios” del país son continuos por las sucesivas concesiones a los cantos de sirenas de siempre. Se destaca notablemente la muy atractiva y renovada utopía a la que los frecuentes naufragios y sus víctimas no hacen mella alguna, de la búsqueda de mayor e inmediato bienestar general, sin una imprescindible y correlativa mayor productividad global.
Esta sería la idílica e inexistente isla de Calypso, como un irrenunciable destino cuya ubicación nos obliga a ingresar recurrentemente a nuestro propio y conocido, pero siempre fatídico, Estrecho de Messina, el único que conduce allí, a ese futuro de inexorable grandeza sin esfuerzo.
Ese es el mensaje de los políticos “alquimistas de felicidades” que, con sus repetidos y crecientes desatinos fiscales, las irresponsables políticas monetarias y cambiarias inevitablemente derivadas de ello y una estructural incapacidad de alcanzar una básica y razonable convivencia de las organizaciones del Estado con las de los diversos mercados privados; resultando en exacerbados y sucesivos ciclos de romanticismo y demonizaciones de ambos sectores, que siempre conducen finalmente a repetidas y frustrantes distopias.

Haciendo así de Argentina “el país de las continuas oportunidades perdidas” y “el de un permanente gran futuro”, pero un cada vez más pesimismo presente.
Las repetidas oportunidades perdidas
Está todo ya escrito, y muy bien, en numerosos libros. Destaco, entre muchos otros, los excelentes La República Corporativa, de Jorge Bustamante y Un país al margen de la ley, de Carlos Nino.
Actualmente, el país transita por un nuevo ciclo de un tardío y exacerbado Estado de Bienestar que, en las últimas 2 décadas duplicó, en términos reales, el tamaño del Estado y, en simultáneo, disminuyó notablemente la cantidad y la calidad de los bienes y servicios públicos como la seguridad, la salud, la educación, etc.
Ello ocurrió al priorizar un propósito casi exclusivamente partidario y electoral de corto plazo para el Estado, derrumbando su necesaria transparencia, deteriorando gravemente su eficiencia y productividad (términos ignorados por esa política) y finalmente incluso destrozando hasta su rol de proveedor de equidad.
En esas condiciones extremas, que llevó a un generalizado hartazgo, más temprano que tarde alguien surgiría en instalar un clima de abrupta reforma y de cambio de época y decir “basta, se acabó”. Así, hasta el ¿cómo hacer la imprescindible reforma? pasó a un segundo plano. En ese muy complejo estadio de crisis económica y política simultánea estamos.
Con esas características, el Estado deja de ser un árbitro justo e inocuo de la sociedad: se deteriora tanto a sí mismo como al sector privado, pues sus necesidades financieras dejan sin crédito para la inversión y el comercio exterior a las fuerzas de la producción y sólo tiene interés en generar únicamente consumo interno de corto plazo a cualquier precio.
El Estado degrada institucionalmente a sí mismo, generando regulaciones públicas de baja calidad que atentan contra el progreso; e incluso ante una regulación pública conveniente, ese propio Estado genera las “ventanillas internas, ocultas y opacas” donde se las puede eludir, dañando así también el bienestar general.
Así, las crónicas incapacidades para que la economía crezca de una forma sostenible en el largo plazo; de observar una disciplina de política monetaria y cambiaría razonable; de equilibrio fiscal, para no retornar a los penosos ciclos de alta inflación y pobreza, deben ser reconocidos cuanto antes como las múltiples cabezas de nuestros propios monstruos Scylla y Caribdis. Resulta obvio que el único modo de evitar transitar nuevos y turbulentos estrechos de Messina es olvidar la búsqueda de las inexistentes islas de Calypso y que la nave Argentina vuelva a navegar por las rutas establecidas de los países normales en desarrollo.
El autor es miembro de la Fundación Pensar Santiago del Estero
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