
Funciona así: un tuitero trasnochado o alguien en algún medio online de bajo alcance al otro lado del mundo suelta un dato caprichoso o un comentario irónico sobre algún fallo detectado en una pieza de arte, cine, libro u obra de teatro que supuestamente no pasa el filtro de la perspectiva de género. No hace falta chequear esos datos ni que ese alguien exista; otro alguien los recogerá y los interpretará a su vez como prueba irrefutable de que sus creencias son correctas y los difundirá para que otros se indignen y refuercen su idea.
Se sabe que el sesgo de confirmación es un mal exacerbado de esta época, buscamos -y el algoritmo nos ofrece- información que pega con lo que ya pensamos de antemano, y luego compartimos esa información con gente que piensa como nosotros dentro de una misma caja de resonancia. No es casual que el Informe Global de Riesgos 2024 -resultado de la Encuesta Global de Percepción de Riesgos (GRPS) a 1500 expertos en riesgos a nivel mundial- presente a la desinformación como el principal riesgo para la humanidad a corto plazo.
Me divirtió ver esta semana, por ejemplo, como uno de esos datos sin demasiado (o con nulo) asidero se robó los títulos de varios medios de los que consideramos serios. Si te dicen que una de las películas del momento, sobre la historia real del grupo de jóvenes rugbiers uruguayos que en 1972 protagonizó la tragedia o el milagro de los Andes -La sociedad de la nieve, de J.A. Bayona-, es criticada porque no incluye mujeres, ni afrodescendientes, ni escenas LGTBQ+, parece una pavada mayúscula. Pero esas son el tipo de pavadas que indignan a los que ya están enojados y les dan argumentos: “La perspectiva de género lleva al reduccionismo”, reafirman entonces con proyección pasmosa.
Y es que al omitir la definición del concepto, pretenden reescribirlo a su conveniencia. ¿Dónde estaría la intención reduccionista de una mirada atenta a los mecanismos que reproducen las desigualdades culturales? En todo caso, puede haber (y hay ejemplos sobrados de esto, claro) quienes usen mal esa herramienta y vean discriminaciones u omisiones donde no las hubo, pero, en todo caso, parece más reduccionista -y bastante cínico- sugerir que una herramienta diseñada para ampliar el foco tenga siempre per se el efecto contrario.

Cuando se intenta buscar el origen del comentario que ratificó la idea, todos los caminos concluyen en callejones sin salida: alguien dice que algunos dijeron, alguien hace un chiste, ninguna información es concreta y nadie se atribuye semejante burrada fuera de alguna cuenta paródica, pero sirve porque refleja lo que cree quien la cita. Es una fórmula que el presidente Javier Milei expresó sin reparos esta semana al contestarle en X a un fake del gobernador Axel Kicillof: “En rigor a la verdad, lo dicho en la cuenta fake es una tontería que bien podría haber dicho el verdadero sin duda”, escribió para justificar su intercambio. Y en un mundo donde la verdad de la que habla está más devaluada que el peso, eso “que podría haber sido”, lo contrafáctico, cobra un rigor inusitado. El absurdo se cristaliza después en decenas de notas periodísticas sobre una pelea imaginaria.
El miércoles, en el Foro Económico de Davos, Milei jugó con las mismas cartas para que su mensaje alcanzara a su corte de indignados mucho más allá de esa sala al asegurar -como en la antesala de una ficción distópica- que Occidente está en peligro. “Los socialistas se vieron forzados a cambiar su agenda. Dejaron atrás la lucha de clases basada en el sistema económico para reemplazarla por otros supuestos conflictos sociales igual de nocivos para la vida en comunidad y para el crecimiento económico. La primera de estas nuevas batallas fue la pelea ridícula y antinatural entre el hombre y la mujer. El libertarismo ya establece la igualdad entre los sexos: la piedra fundacional de nuestro credo dice que todos los hombres somos creados iguales”, dijo en el encuentro global donde sólo un 20 por ciento de participantes son mujeres, pese tener un capítulo especial sobre género y ser uno de los organismos que recaban datos fiables sobre brecha en todo el mundo.

Hay mucho para decir sobre los recortes antojadizos y las inclusiones sangrientas en el discurso: ¿Por qué llevar hasta Davos el debate saldado sobre el aborto y atribuirlo a la idea conspiranoica de que es un derecho fundado en el control poblacional? ¿Qué clase de libertario negaría la autonomía sobre el propio cuerpo, es decir, la libertad para decidir sobre el propio proyecto?, me pregunto y sé que estoy pisando el palito, cayendo en la encerrona de volver a discutirlo y sentir que es necesario defenderlo frente a argumentos tan pobres conceptualmente. Pero sobre todo, es darle entidad de nuevo a otra pelea imaginaria, inexistente, la de quienes infieren que el feminismo es una batalla contra los hombres, cuando -evidentemente hace falta recordarlo- apenas se trata de aceptar -como lo hace en la práctica el Foro Económico Mundial- que hay un problema persistente con la desigualdad de género que debe solucionarse.
El Presidente parte así de datos y definiciones falsos para incurrir después en el reduccionismo que otros le atribuyen a la perspectiva de género: “En lo único que devino esta agenda del feminismo radical es en mayor intervención del Estado para entorpecer el proceso económico, darle trabajo a burócratas que no le aportan nada a la sociedad, sea en formato de Ministerios de la Mujer u organismos internacionales dedicados a promover esta agenda”. El caldo de la indignación está servido, la verdad importa poco. ¿Qué margen de acción tenemos los feminismos ante una declaración tan hostil y tan pública? ¿A dónde puede llevarnos esta burbuja de falacias presentadas como ciertas para justificar políticas crispadas en contra de nuestros derechos? Es imposible anticiparlo desde la lógica, justo porque el razonamiento deductivo es lo primero que se ha roto.
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