
Posteriormente a la emisión del DNU sobre la desregulación de la economía surgieron voces, algunas de gente muy prestigiosa, que apoyaban el contenido del decreto, pero se oponían a la forma porque “así como hoy te dan la libertad por decreto, mañana te la quitan por decreto”. Aunque por otra parte, nadie discute que un DNU es una herramienta legítima, prevista por la ley y que no viola ninguno de los temas vedados por la Constitución. De todas maneras, hay que reconocer que la abundancia de temas que abarca lo hace especial y amerita una reflexión al respecto.
¿Hay algo más que lo haga especial? La enorme mayoría de los temas incluidos son para eliminar trabas impuestas desde el estado y darles preponderancia a los acuerdos entre particulares. Otros, aunque perjudican a algunas corporaciones, benefician al individuo, como la libertad de hacer o no los aportes sindicales. Sólo unos pocos temas pueden ser considerados, por algunos, como quitas de derechos. En una enorme proporción sólo agrega o facilita mecanismos de elección para las personas.
¿Puede ser esto una razón para que, en el futuro, otro decreto diametralmente opuesto quite o restrinja 380 libertades de un plumazo? La respuesta es no. La libertad es muy fácil de dar, pero muy difícil quitar. Solo basta leer un poco de historia para corroborarlo. La libertad casi siempre se consiguió por medios violentos y en el campo de batalla. Argentina tiene, en este momento, la oportunidad casi inédita de hacerlo por medios pacíficos, constitucionales y democráticos.
Para entenderlo bien hay que tener en cuenta el origen de cómo llegamos hasta este punto. La degradación paulatina de la libertad no fue una conspiración de cuerpos legislativos y ejecutivos malvados, que se dedicaron durante 70 años a coartar de a poco la libertad hasta dejar a la Argentina enredada en una gran maraña de leyes y reglamentos que hace imposible su funcionamiento eficiente y evitan que compita con la mayoría de los países del mundo. Este sistema perverso no fue creado en un día ni por un político maquiavélico. Es el resultado de muchas décadas de errores, de desaciertos, de tomar el camino fácil. Hoy nos encontramos frente al nudo gordiano y sin saber qué hacer. Los argentinos nos acostumbramos a vivir limitados por restricciones absurdas y nos cuesta reconocer que existe otra alternativa. Esta es la consecuencia directa. La otra consecuencia, la indirecta ya que nunca fue buscada, es la pobreza. En 1968 Argentina tenía un 4% de pobres, ahora cerca de 50%. Algo se hizo mal. Hay que corregirlo.
Milei propone desatar el nudo con un golpe de sable. Asumir todo el dolor de una vez y avanzar hacia adelante de un solo salto. Muchas veces se intentaron realizar estas reformas individualmente y casi siempre se fracasó. La última, hace unos tres meses con la reforma de la ley de alquileres. Salió un mamarracho que no solucionó nada cuando el remedio era el más simple, su derogación completa.
El DNU ofrece la posibilidad de hacer las reformas de forma legal. ¿Hay que tomar la oportunidad? Absolutamente sí. No debemos dejarla pasar. El temor de aquellos pensadores respecto de un decreto futuro diametralmente opuesto es infundado. Para tejer el nudo se tardan décadas, pero puede cortarse con un golpe de sable. No hay nada que esperar, ni que temer.
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