
Ya lo dice el dicho: “No dejes para mañana lo que puedes hacer hoy”. Generalmente no le hacemos caso, es cierto. Pero para algunas cosas es mejor no dejarse llevar por la procrastinación. Ese es el motivo de esta columna: explicar por qué es desaconsejable esperar a que termine el año para emprender algo que muchas familias vienen postergando, la estructuración de su patrimonio.
El primer motivo, fundamental y clarísimo: porque estructurar el patrimonio antes del 31 de diciembre, al menos en la mayoría de los países, implica un corte ante los organismos de recaudación de impuestos y marca el inicio del cómputo de la prescripción a partir del 1 de enero del año siguiente.
¿Qué es la prescripción? Para ponerlo de manera sencilla, es el tiempo que tiene el fisco del país de que se trate para determinar y exigir el pago de impuestos y para aplicar y hacer efectivas las multas, clausuras y demás sanciones que pudieran corresponder.
Esto quiere decir que si uno deja pasar sólo 10 días, por ejemplo, entre el 26 de diciembre y el 5 de enero, le está dando a la autoridad fiscal un año más para poner en tela de juicio la estructura fiduciaria que uno armó o la decisión que tomó.
Por otro lado, en el caso de impuestos que se calculan al final del año, como suele suceder con aquellos que gravan el patrimonio, si una persona fuera –a partir de alguna herramienta de planificación patrimonial– a reducir este tipo de tributos, el hacerlo este mes le permitiría contarlo para todo el año. De lo contrario, pierde (y paga) todo 2023.
Hay otro punto relevante, y mucho en países de América Latina, acostumbrados a los cambios abruptos en materia legislativa y a la inseguridad jurídica. Cualquier modificación que se haga en el Congreso del país, y que atente contra los bienes de las personas (ejemplo: impuesto a la herencia, intercambio de información, otros tributos), no será incluido para el año 2023 si la planificación en cuestión se hiciera durante diciembre.
Por supuesto, esto no ocurre únicamente en Latinoamérica; España es un buen ejemplo de cómo cambiaron las cosas en poco tiempo dentro del continente europeo. Recordemos, además, que habrá elecciones en varios puntos del mapa (Panamá, Uruguay, El Salvador, Venezuela, Estados Unidos, entre otros) y eso, indefectiblemente, afecta (idealmente para bien, demasiadas veces para mal) a la gente, sus bienes y su privacidad.
Todos tenemos claro que el mundo es un lugar cada vez más voraz –fiscalmente hablando– y menos privado. La ley de transparencia corporativa que entrará en vigencia en 2024 en Estados Unidos y el intercambio automático de información para criptoactivos que comenzará en 2026 son dos ejemplos; otro botón de muestra son los acuerdos de intercambio de información; las “filtraciones” de datos privados en gobiernos populistas, con el fin de amedrentar opositores o generar miedo colectivo, está todavía más al alcance de la mano.
Un párrafo aparte merece la reforma tributaria que acaba de aprobar Brasil con aumento de impuestos “para los más ricos” y la eliminación de la posibilidad de diferir ganancias a través de fondos de inversión “exclusivos”. Esas cosas pasan en este mundo mucho más de lo que deseamos.
Sin embargo, más allá de la privacidad y la cuestión impositiva hay razones principalmente humanas: la mayoría de las personas que se acerca a nuestra firma –y no tengo dudas que es así en todas las otras del rubro– lo hace porque quiere cuidar lo que tiene más allá de los riesgos que provocan medidas ajenas. Familias con empresas compartidas entre muchas personas, con muchos descendientes o con familiares con alguna discapacidad; personas mayores o que cursan una enfermedad y no saben lo que será el día de mañana para ellos y los suyos. Esos riesgos no dependen tanto de otros como de ellos mismos.
Esas son razones que no pueden medirse con una vara estadística, con una declaración de impuestos, con una ley. En general, las personas que estructuran su patrimonio buscan tranquilidad.
Dormir tranquilo es algo que buscamos todos. Y cuando tenemos miedo de que pase algo malo, cuando sabemos que lo que tenemos está en la mira de la inseguridad (jurídica, física, financiera, humana, familiar), no estamos tranquilos. Y es en este momento cuando vuelvo al inicio de este texto: ¿por qué dejar la tranquilidad para mañana si podemos lograrla hoy?
Hace muchos años, más de veinte, cuando aún ejercía el Derecho en mi querida Argentina, en más de un lugar de las oficinas de uno de los brokers más exitosos del momento, que aún lo es en la actualidad, había carteles que rezaban: “Mañana es tarde”. Y la realidad es que bien puede serlo cuando hablamos de planificación patrimonial.
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