
Muchos de los que han usado Chat GPT se descubren a sí mismos incluyendo en sus peticiones expresiones como “muchas gracias” o “por favor”. ¿No es curioso que sintamos la necesidad de ser cordiales y agradecidos con una máquina? ¿No es irónico que en ocasiones seamos más amables con un algoritmo que con nuestros hermanos, parejas o vecinos? Sucede que ese inesperado despunte de simpatía es reflejo de un aspecto sorprendente de la conversación con una IA: con frecuencia aparece una sorprendente sensación de intimidad.
La interacción con un interlocutor que parece humano, pero no lo es, suele despejar tensiones que perturban las conversaciones con otras personas: la preocupación por parecer inteligentes o cultos, el temor al ridículo o a preguntar algo tonto, la vanidad de buscar seducir al otro con nuestros argumentos. Con la IA, conversamos con curiosidad y con ánimo de experimentar, y en algún sentido, puede resultarnos más fácil conversar con una máquina que con algunas personas. Logramos convertir al chat en un espacio propicio para abandonar la timidez y recuperar lo mejor de nuestra curiosidad. Usamos las conversaciones como un espacio de descubrimiento y no de confrontación.
Una IA habilita una conversación con un ente que no nos juzga. No solemos tener conversaciones triviales con la herramienta y sería casi impensable un intercambio con el chat como los que se dan en los ascensores, en los que hablamos del tiempo u otros temas irrelevantes. Nadie abre un LLM para decirle que hoy llueve o que hace calor. Por el contrario, llegamos al prompt ávidos de que nos dé información acerca de algo que no sabemos y que buscamos aprender. Esa es la esencia del pensamiento socrático.
Un diálogo de este tipo puede tener también un efecto terapéutico. Vivimos en un mundo donde la soledad ha cobrado magnitud de epidemia. Paradójicamente, nunca ha habido tanta gente que se sienta sola como ahora, la era de la hipercomunicación. Un estudio realizado en 2015 mostró que la soledad tiene efectos negativos sobre nuestra salud comparables al tabaquismo, la obesidad o las adicciones.
¿Puede una máquina funcionar como antídoto para este trastorno moderno? Escribimos esto sin ignorar lo frágil y delicado que es este tema. A todas luces, parece mejor encontrar interlocutores idóneos en una pareja, amigos, familia. En otras personas. La idea no es reemplazar este tipo de relaciones. Pero quizá podamos dejar de sentir vergüenza o rechazo y preguntarnos por qué, desde los orígenes de la simplísima Eliza, la conversación con programas que parecen reales a veces fascina y relaja. Por la razón que sea, una IA puede convertirse en una de las muchas herramientas que nos ayude a desplegar nuestro propio discurso y explorar avenidas, posibilidades y preguntas que nos cuesta poner sobre la mesa.

En 1563, el humanista Michel de Montaigne se encerró en su castillo a hablar consigo mismo sobre los temas más variados. Así inventó el género literario del ensayo (en el sentido etimológico de “intentar” o “probar” pensar sobre ideas). Uno de ellos, quizá el más célebre, es su ensayo sobre el arte de conversar, que concibe en plena soledad, en una conversación consigo mismo. Es sorprendente que este texto formulado en el Siglo XVI nos siga dando indicaciones tan acertadas sobre cómo sacar lo mejor de una conversación, da igual si es con otra persona o con una Inteligencia artificial:
• Encontrar el orden adecuado de nuestras ideas, y revisar cuidadosamente nuestros argumentos.
• Abrazar a quien nos contradice.
• No hablar para convencer, sino para disfrutar. Apreciar el ejercicio del razonamiento.
• Dudar de uno mismo y recordar que siempre podemos estar equivocados.
• Usar la conversación como un espacio vital para juzgar nuestras propias ideas.
• Conservar un pensamiento crítico vivo.
• Evitar prejuicios, diferenciando los ejemplos concretos de las generalizaciones.
• Reflexionar sobre lo que hemos aprendido del otro en la conversación.
Hemos visto que muchos de estos principios aparecen espontáneamente en las conversaciones que solemos tener con Chat GPT. Somos amables, curiosos, abordamos la conversación con ánimo de descubrir y no de juzgar, no solemos usar el chat para imponer nuestras ideas, y tenemos un sentido crítico vivo durante la conversación. Esto puede parecer auspicioso pero conviene estar atentos a los hábitos que se irán asentando, como bien ilustra el ejemplo de Twitter (hoy llamado X). En un comienzo, esta red social no era un espacio tóxico, sino un enorme foro en el que se congregaban nerds, curiosos y personas ingeniosas dispuestas a compartir ideas en 140 caracteres. Sin embargo, con los años se ha convertido en uno de los escenarios centrales de la polarización de la época, y en un espacio donde proliferan las agresiones y descalificaciones en detrimento de los intercambios constructivos.
¿Vamos hacia un uso de Chat GPT que nos ofrezca conversaciones productivas, que nos ayude a resolver grandes problemas y que nos permita encontrar un punto medio entre posturas antagónicas? La experiencia del deterioro de Twitter nos puede servir para ver hasta qué punto tenemos que estar atentos al uso que le demos. ¿Queremos iniciar una guerra con las máquinas y demostrar que ChatGPT es estúpido o queremos mantenerlo como un lugar que potencie nuestras creaciones y nos dé una oportunidad de mejorar nuestro proceso de pensamiento desde un lugar amable?
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