
En una carta difundida a través de las redes sociales Cristina Kirchner ratificó su decisión de no ser candidata en las próximas elecciones. Insistió con el curioso argumento de no estar dispuesta a ser una “mascota del poder”. Su decisión se apoya en la convicción de “haber dado muestras como nadie de privilegiar el proyecto colectivo sobre la ubicación personal”.
Concedamos por un momento que esto último es cierto. ¿Cómo entiende Cristina el poder? Afirma que renuncia a competir por el poder para no subordinarse al mismo. Lo cual supone una subordinación de facto.
¿Qué ha cambiado respecto de su anterior decisión de concentrar todo el poder posible, el célebre “vamos por todo”? Todo ejercicio del poder en el país de hoy se da dentro un margen de acción demasiado limitado para ella. Cualquier candidato a presidente que lo acepte se convertirá en una mascota del poder. Esos condicionamientos son los siguientes:
1-Una crisis económica extrema, de la cual solo se sale haciendo un brutal ajuste y correcciones que tendrán costos sociales importantes. No hay margen ni tiempo para más.
2-Una base electoral propia en declinación, con un techo cada vez más bajo y un piso que se va disolviendo día a día. Basta imaginarse cómo se comportará ese electorado con las medidas económicas que haya que tomar a corto y mediano plazo.
3-Un sistema de poder de índole hipercorporativa, en el que cada socio demanda cuotas crecientes del Estado, cercenando seriamente la capacidad de acción del gobierno.
4-Una arquitectura institucional a la defensiva, que se resiste a sucumbir ante los ataques de un modo de ejercer el poder que busca deliberadamente la arbitrariedad.
Esos cuatro condicionantes son efectos directos del propio ejercicio del poder de los Kirchner durante 16 años: el kirchnerismo ha destruido cantidades ingentes de poder político en la Argentina. De múltiples maneras: ha destruido el acceso internacional del país al crédito; ha roto la moneda; ha convertido a la Argentina en un actor internacional poco fiable, imprevisible, aliado de marginales; ha destrozado su capacidad energética; ha expulsado capitales nacionales y extranjeros; ha tercerizado la asistencia social previo empobrecimiento masivo; ha desinvertido en políticas de seguridad y defensa; ha demolido de forma sistemática los sistemas de salud y educación, destinando recursos sin el menor criterio de calidad o rendimiento. La lista es extensa. El kirchnerismo ha explotado el poder de un modo tan irresponsable e ineficaz que prácticamente no queda resto para los que lo sucedan.
Cristina no quiere competir por el poder porque el poder disponible al día de la fecha sólo parece admitir usos más o menos responsables, limitados. Un pilotaje de tormentas, de escasez, no de abundancia, bajo circunstancias extremadamente complejas. No le sirve. En esta situación tan difícil, que ella misma reconoce y describe en su carta, la conductora que dice privilegiar el proyecto colectivo sobre la ubicación personal se baja. Todo bien cuando hay para repartir. Cuando todo se complica, Cristina se borra, como ha hecho siempre que estalló alguna crisis en su gobierno. Siempre en las maduras, nunca en las duras.
Esa es una primera conclusión. Solo una comprensión muy precaria o muy malintencionada de la política y la economía puede poner a CFK en la generación de los ciclos recientes de abundancia y disponibilidad de recursos. Se aprovechó de esos contextos, no los generó. Se trata de una confusión -deliberada o no- entre causas y efectos.
La segunda conclusión es que tampoco es cierto cuando dice que siempre ha postergado la ubicación personal. Cristina salió a jugar en las elecciones de 2019 convencida de que la mejor defensa para su comprometida situación judicial era política: volver al poder. Para ello armó un gobierno títere y débil, loteó el Estado entre corporaciones, atropelló y hostilizó a las instituciones, aumentó en su propio beneficio todas las distorsiones económicas, manteniendo contra todo criterio prudencial la tendencia expansiva y distributiva. Salió mal, como no podía ser de otro modo.
Pero su principal fracaso fue la solución política a sus problemas judiciales. No los pudo resolver presionando a la Justicia. Tampoco reteniendo la manija principal de la política, la perpetuación en el poder: en los primeros meses del gobierno, cuando todo era euforia, decían que la presidencia de Alberto Fernández sería “de transición” y lo sucedería por un presidente 100% kirchnerista. La actual campaña del ultrakirchnerismo contra la Corte, una cosa patética en su debilidad e impotencia, muestra a la vez el propósito verdadero de Cristina y su incapacidad (o la de sus acólitos) para llevarlo a cabo.
CFK sale del escenario principal de la política con el objeto de seguir operando. Renuncia a ser candidata a presidente (veremos si sólo a eso) pero no a seguir definiendo las candidaturas. Es lo que le va quedando. Veremos si lo consigue: la fantasía del poder capaz de digitar todo desde las sombras, es decir, sin exponerse públicamente o ser reconocido como tal, rara vez puede hacerse realidad.
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