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Tal cual explicamos en más de una ocasión, el liberalismo es la ideología subyacente al sistema capitalista o de libre mercado.
Desafortunadamente, distintos acontecimientos vividos durante estas últimas semanas dejan bien en claro que, si bien resulta sencillo aceptar libremente lo que el mercado genera cuando uno obtiene los beneficios que entiende le corresponden, parecería que no lo es tanto cuando los resultados del libre juego de los intereses del mercado llevan a resultados no deseados, o incluso temidos.
Esto es, precisamente, lo que está sucediendo en el mercado financiero en estos momentos.
UBS, el banco suizo de mayor tamaño, no ha decidido libremente adquirir las acciones de Credit Suisse, la segunda entidad más importante del país hasta este último fin de semana.
Por el contrario, lo ha tenido que hacer simplemente porque el gobierno suizo, que viene cometiendo un error tras otro en materia de regulación del sector financiero, presionó a UBS para que lo hiciera. La otra alternativa que se barajaba, que por supuesto tampoco era correcta, era directamente nacionalizar el Credit Suisse.
La gran pregunta es, ¿qué tendría que haber sucedido?
Lo mismo que tendría que haber sucedido con Silvergate Capital Corp, Silicon Valley Bank, Signature Bank y posiblemente con First Republic Bank del otro lado del Atlántico: Credit Suisse debió haberse liquidado sin salvataje alguno y sin presiones por parte del Estado.
Parece mentira, pero la nefasta teoría de “too big to fail” acuñada durante la Crisis de 2008 en Estados Unidos sigue causando daño 15 años después.
Lo peor del caso, es que el accionar del gobierno helvético no se quedó allí, sino que además de exigir a UBS que compre a Credit Suisse, anunció la creación de un fondo de garantía de USD 9.750 millones para respaldar a UBS y llevar confianza a los mercados.
La respuesta a una crisis causada casi exclusivamente por los entes reguladores no es, ni puede ser, una mayor intervención. Y, mucho menos, más impuestos. Lástima que eso sea precisamente lo que vaya a suceder.
Pensar que bajando la tasa a cero se elimina el riesgo de las inversiones es como pensar que imprimiendo billetes se acaba la pobreza. Eso es lo que hicieron los bancos centrales del mundo durante muchos años y eso es precisamente lo que desencadenó la crisis actual.
Lo que sucede al bajar las tasas a cero, en pocas palabras, es que los inversores y ahorristas comienzan a tomar riesgos innecesarios sin llegar a comprenderlos en su totalidad.
Era evidente que apenas subieran las tasas se terminaría el apalancamiento barato y entrarían en crisis todas las entidades financieras que estuvieran descalzadas (como sucede por ejemplo cuando los bancos financian préstamos a largo plazo con depósitos a corto plazo). Los errores cometidos por Credit Suisse, Silicon Valley Bank o cualquier otro banco en materia de administración de riesgos no deben ser pagados por el mercado en general. Eso no es eficiente en materia de incentivos: quien asume un riesgo desmedido debe ser responsable de las consecuencias que dicho riesgo causa. Caso contrario, se da una situación de moral hazard que incentiva a los agentes a tomar malas decisiones económicas.
Y no, la solución ahora no es bajar las tasas abruptamente, porque el ciclo vuelve a empezar.
Lo único que logran los reguladores interviniendo es, a cambio de una pequeña tranquilidad en el corto plazo, sentar las bases de la próxima gran crisis.
Para hacer las cosas más dramáticas aún, el Banco de Canadá, el Banco de Inglaterra, el Banco de Japón, el Banco Central Europeo, la Reserva Federal y el Banco Nacional Suizo ahora actúan de manera coordinada, como un único y gigantesco regulador.
La dimensión del daño que van a causar interviniendo donde no debieron hacerlo está todavía por verse.
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