
Mientras transitamos los 40 del conflicto de Malvinas, con el recuerdo y la honra permanente de los caídos, y las múltiples muestras de reconocimiento a los veteranos de guerra, el 17 de enero del año 2023, mediante sendas resoluciones del Ministro de Defensa, se introdujeron profundos cambios en el ciclo de formación del oficial del Estado Mayor, que sin dudas reafirman la importancia de la formación para la acción militar conjunta, tanto en el Nivel Operacional de la guerra como en el Nivel Estratégico Militar.
Para quienes vivimos esos épicos 74 días de 1982 con profundo entusiasmo y patriotismo, aunque luego debimos aprender de la amarga derrota y el derrumbe de las ilusiones que alumbran el inicio profesional de la carrera de las armas, transitamos luego la posguerra con la imperiosa necesidad de comprender lo acontecido para incorporar las duras lecciones que nos dejaron aquellas jornadas, siempre presentes a pesar del transcurso de los años, a punto tal de preguntarnos retóricamente, si alguna vez regresamos de las islas irredentas.
En las palabras que siguen, apunto reflexiones y experiencias de alguien que participó como un joven Subteniente con escasos días en la jerarquía, en un conflicto que transformó a la Argentina para siempre. Ese marco permitirá interpretar los cambios introducidos por las resoluciones ministeriales, que agregan un mojón en un derrotero iniciado el 6 de septiembre de 2006 con la creación de la Escuela Superior de Guerra Conjunta de las Fuerzas Armadas, que fuera recomendada en el muy conocido Informe Rattenbach.
En tal sentido, una casa de altos estudios concebida para marcar la transición de la estructuración de la táctica a la amplitud de la estrategia, con un claro énfasis en la acción militar conjunta, fue un paso de enorme relevancia institucional, que conformó la base para los cambios recientes signados por la obligatoriedad de la capacitación conjunta para acceder a la condición de oficial de Estado Mayor, con el agregado de que se ha transformado ahora en una carrera de posgrado acreditada según las exigencias de la Ley de Educación Superior. Es un camino válido para cumplir el imperativo de pensar las campañas desde la acción militar conjunta: en pocas palabras, se es (o no) Oficial de Estado Mayor Conjunto.
Los niveles de la guerra constituyen una distinción metodológica que no se agota en sí misma ni se ve necesariamente reflejada en la realidad de los conflictos, pero claramente, aportan una poderosa herramienta de análisis. En tal sentido, la experiencia nos indica que, en el Teatro de Operaciones del Atlántico Sur, el desempeño en el nivel táctico fue dignísimo, con evidentes muestras de competencia profesional, sumadas al coraje y la enjundia demostrados en los enfrentamientos.
Cuando orientamos nuestro foco al nivel operacional, la primera conclusión avalada por investigaciones rigurosas efectuadas en diferentes ámbitos académicos especializados, nos demuestra la insuficiencia de la acción militar conjunta en la campaña. Lo expresado no significa que no haya existido coordinación y un nivel relativo de integración en el desarrollo de las operaciones, pero quedó palmariamente demostrada la falta de concepción conjunta, producto a su vez de la confusa dirección política y estratégica de los responsables de la conducción en dichos niveles.
Entre los profesionales de las armas y los académicos dedicados al análisis de los conflictos, entendemos que ninguna guerra se parece a la anterior, por las permanentes mutaciones del perfil distintivo de cada una. Asimismo, somos conscientes del error que constituye prepararse para la guerra que pasó. No obstante, la historia militar y la experiencia propia son fuentes inagotables para identificar los caminos que nos permiten formar a los hombres de armas, en la creatividad y la innovación que el arte operacional y la estrategia militar demandan.
En el ámbito de la Estrategia Militar, la existencia de una Maestría reconocida por su excelencia apunta también a formar a las futuras conducciones de las fuerzas armadas en un nivel que en la guerra de 1982 pareciera no haber cumplido su cometido básico: el de crear las bases para el empleo de las fuerzas y llevar a cabo el diseño correspondiente en el mediano y largo plazo.
En el ámbito de la educación conjunta de posgrado, no sólo tenemos la posibilidad de incorporar aprendizajes obtenidos del conflicto, sino también de construir conocimiento en dos niveles de la guerra de incumbencia exclusiva de la ESGC. En dicho contexto, y reiterando una vez más conceptos expresados en los párrafos precedentes, la obligatoriedad de completar el trayecto curricular de los oficiales jefes y superiores de las fuerzas armadas, que algún día habrán de regir los destinos de las instituciones armadas de la patria, se muestra a los ojos de este veterano como un paso tan trascendental como necesario.
La profesión militar es una profesión de riesgo. Lo asumimos quienes hemos tenido el honor de vestir el uniforme de la patria, lo cual también explica el hábito de la cultura organizacional militar de aplicar procedimientos y técnicas comprobadas, que aseguren resultados en un entorno de riesgos calculados. Lo expresado debe compatibilizarse con la demanda de creatividad e innovación inherentes al arte operacional y a la estrategia militar. En síntesis, a personas educadas bajo el mandato de que “la mejor cualidad es saber obedecer”, simultáneamente se le exige saber renunciar a esquemas y recetas para hacer arte, crear e innovar. Ese es el desafío apasionante para el profesional militar y para los institutos de formación y capacitación: desarrollar los hábitos y el buen juicio de un hombre de acción, compatibilizándolo con las competencias para desempeñarse en la incertidumbre inherente a la conducción superior, manejando adecuadamente la abstracción.
Lo expuesto, resume a juicio de este veterano, aspectos puestos de manifiesto en la gesta de 1982: hombres de acción, munidos de coraje y determinación, que fueron con hidalguía a los enfrentamientos donde alcanzaron éxitos tácticos que asombraron al mundo y son objeto de estudio, pero al mismo tiempo, soportaron las carencias (y errores) de quienes debieron poner de manifiesto competencias tanto en la conducción como en las funciones de asesoramiento en el teatro de operaciones, y en el desempeño en las tareas inherentes a la dirección estratégica militar.
La guerra, tal vez el fenómeno más traumático que pueda afectar a una sociedad, se hizo realidad para nosotros en 1982, dejándonos innumerables experiencias. Con la plena convicción de que la educación es el camino para aquilatar las mismas, celebro las transformaciones en marcha, en la búsqueda de la excelencia de las fuerzas armadas de la nación, que como alguien expresara en su oportunidad, constituyen un mensaje sobre los sacrificios que estamos dispuestos a realizar para preservar nuestra libertad y nuestro derecho a vivir en sociedad.
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