
En una era de inestabilidad permanente, entramos en 2023 con una certeza: este solo será un año positivo si logramos resolver algunos de los principales problemas de 2022.
En ese sentido, nuestro principal deseo para este año nuevo, que comenzó a correr, debe ser el fin de la guerra en Ucrania y de todos sus impactos globales negativos, desde la brutal crisis de los refugiados hasta el agravamiento explosivo de los precios de la energía. Ahora bien, la historia nos enseña que esta guerra puede terminar de tres formas.
La primera sería una victoria militar indiscutible de una de las partes en conflicto, algo que por el momento no parece posible.
El segundo escenario, en el que Turquía y el secretario general de la ONU podrían jugar un papel decisivo, es el de un alto el fuego provisional seguido de negociaciones de paz serias y creíbles.
La tercera opción, quizás la más probable en este momento, es seguir adelante con otro conflicto ad aeternum, sin perdedores, sin ganadores y sin solución.
El segundo deseo es la consolidación de la agenda climática, que ha retrocedido algunos pasos debido a la guerra en Ucrania, particularmente con la reapertura de las centrales de carbón en Europa. Según datos de la Organización Meteorológica Mundial, los niveles de los principales gases de efecto invernadero en la atmósfera marcaron nuevos récords en 2021.
La humanidad no puede simplemente seguir poniendo en peligro su propio futuro en nombre del bienestar a corto plazo. Debemos rechazar, de una vez por todas, la perpetuación de esta falta de respeto del norte por el sur, de los viejos por los jóvenes y de los humanos por la naturaleza.
El tercer deseo, en parte relacionado con el anterior, es la inversión de las desigualdades. De hecho, no hay nada natural o inevitable en los niveles actuales de desigualdad: imagínese que, según el FMI, el 10% de la población mundial controla el 76% de la riqueza y es responsable del 48% de las emisiones de carbono. Son números de los que deberíamos avergonzarnos y que están destruyendo ese gran cimiento de la democracia que es la clase media, sembrando posibles convulsiones sociales en geografías que considerábamos equilibradas.
El cuarto deseo es el fin de la pandemia. Al contrario de lo que podríamos pensar, el problema del covid-19 no está del todo resuelto y las noticias recientes de China son incluso motivo de aprensión. Sin embargo, debemos afrontar este tema ya no desde el punto de vista de la salud pública, sino con la mirada de la moralidad colectiva. El mundo necesita un triunfo unificador, una celebración unificadora, otra década loca como fue la de principios del siglo XX. Solo el fin oficial de la primera pandemia en un siglo puede darnos esa alegría.
Finalmente, el quinto deseo es un nuevo ciclo para la Argentina. De hecho, las elecciones de 2023 brindarán a los argentinos opciones claras, sean cuales sean los candidatos: los argentinos podrán insistir con el oficialismo, con el enfrentamiento y politización de la justicia, con un gobierno manifiestamente incapaz en prácticamente todos los frentes, en especial con un deterioro de las instituciones que ponen en riesgo la democracia y la libertad de los ciudadanos, o apostar por un proyecto alternativo de nuestro país, respetuoso del principio de separación de poderes, consciente de que el Estado no es el único agente económico, efectivamente preocupado por el lugar y la credibilidad de la Argentina en el mundo. En lo personal adhiero por este último por las razones invocadas.
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