
A días de finalizar el año, los balances de lo ocurrido a escala global tenderán a enfatizar las cuestiones geopolíticas sobre las estrictamente económicas y financieras y, en el caso argentino, la mala situación económica y un peor futuro por sobre todas las demás.
Ahora bien: ¿cómo estamos en términos comparados con otros fines de año? Para ello utilizamos el indicador de clima económico (ICE) para la Argentina de la Fundación Getulio Vargas, que se desglosa en dos componentes: el de situación actual (ISA) y el de expectativas (IE).
El dato del ICE del último trimestre de este año es el peor de los mismos trimestres desde 2007 y es sólo un 30% del dato promedio de los cuartos trimestres de 2007 a 2022. En cuanto al ISA, es el peor de los mismos períodos de los últimos 16 años, con excepción del de 2019, y sólo es un 10% del dato promedio de todos los cuartos trimestres examinados. En el caso del IE la situación es algo mejor: peores fueron los niveles de 2007 y 2008, aun cuando el dato de este año es sólo un 40% del promedio.
De esto podría derivarse que el presente nos estaría pesando más que proporcionalmente que las expectativas. Y que esto no ocurre porque pensemos que el futuro será bueno, sino porque la situación actual es pésima.
Veamos ahora la cuestión ampliando el período de observación a los tres años de este gobierno. Las condiciones económicas (ICE) de 2019 fueron 23% mejores a las de este año; la situación actual percibida (ISA) de aquel momento era peor, pero las expectativas (IE) superaban a las de este año en un 180%. Luego de la mejora de 2020, asociado al alto nivel de aprobación de la gestión del gobierno de la pandemia, los tres índices cayeron. Entre 2020 y 2022 el ICE lo hizo en un 66%, el ISA en 29% y el IE en 71%.
Lo encontrado sugiere que no solo estamos muy mal, sino que en 2019 esperábamos al menos que las cosas mejoraran, algo que no ha sucedido. Dada la correspondencia de los indicadores con el clima social y político, ¿pueden decirnos algo sobre los posibles resultados electorales del 2023?
Si se analizan tales resultados a la luz del ICE (condiciones económicas) y del ISA (situación económica actual), las conclusiones son contundentes. Los datos de ambos indicadores, tanto del último trimestre del año previo a las elecciones como los del mismo trimestre de las elecciones, fueron menores al promedio cuando hubo cambios de gobierno (2015 y 2019) y mayores cuando fueron reelegidos (2007 y 2011).
Al analizar el IE (índice de expectativas), el resultado obtenido es ambiguo. Cuando utilizamos los datos del último trimestre del año previo a las elecciones lo obtenido no es consistente: en 2011 hubo reelección (con un IE menor al promedio), y hubo cambios de gobierno en 2015 y en 2018 con datos menores y mayores al promedio, respectivamente. Si tomamos los del mismo año electoral, el IE fue mayor al promedio cuando hubo cambios de gobierno (2015 y 2019) y menor con las reelecciones (2007 y 2011). Si bien estos sí son internamente consistentes, ¿puede un gobierno ser reelegido cuando las expectativas son negativas? Es más, ¿puede perder un gobierno cuando los agentes tienen expectativas positivas? La respuesta no es obvia, excepto que el rol de las expectativas esté subordinado al de la situación actual como en 2019-2022.
Entonces, se podría colegir que el indicador de condiciones económicas (ICE) y su componente sobre la situación actual (ISA), tanto del cuarto trimestre del año previo como los del año electoral, fueron buenos anticipadores de los resultados electorales, no así el de expectativas (IE) que debe ser interpretado a la luz de los dos primeros. Esto último llama la atención porque tendemos a pensar que las expectativas tienen un peso crítico en la decisión del voto.
En conclusión, si las regularidades encontradas tuviesen capacidad predictiva, según los datos de este año se perfilaría para el próximo un cambio de gobierno, excepto que tengamos una mejora económica formidable, algo que por el momento no se avizora.
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