
¿Qué es la escuela? ¿Para qué sirve hoy? Estas son algunas de las preguntas que durante los últimos nos venimos planteando quienes transitamos los establecimientos educativos. Desde hace un largo tiempo, la escuela viene siendo cuestionada como institución social, por un lado, por su organización por ciclos, por niveles, por asignaturas y, por otro, por la estandarización y fragmentación de procedimientos, tales como horarios o evaluaciones; características muy diferentes a las nuevas formas de trabajo.
Pandemia mediante, algunas de sus características se acentuaron, pero otras se pusieron en jaque: su estructura y aquellos ejes fundantes, tales como la presencialidad y las certezas normalizadoras que la caracterizaban.
En los últimos dos años de confinamiento total, y luego parcial, aprendimos que en la escuela no sólo se enseñan contenidos o saberes teóricos, sino que hay otros tipos de aprendizajes muy valiosos; especialmente, se aprende a estar con otros, que es un espacio físico y simbólico de socialización y de encuentros pedagógicos, donde se convive y se aprende a convivir.
Entonces, en estos nuevos tiempos es fundamental preguntarnos una y otra vez para qué educamos, qué enseñamos cuando enseñamos y, cómo es posible educar con estas condiciones de época. Para ello es necesario deconstruir la escuela.
En este sentido, deconstruir no es destruir, ni siquiera reflexionar o analizar; sino que es buscar la paradoja, es enfrentarse a los discursos hegemónicos, a los supuestos, al sentido común, a lo que creo que va a suceder por el simple hecho de estar en la escuela. En palabras de Derrida (1997), no se trata solamente de levantarse contra las instituciones sino de transformarlas mediante luchas contra las hegemonías, las prevalencias o prepotencias en cada lugar donde se instalan y se recrean.
Entonces, es urgente indagar qué otras formas hay de estar en la escuela que no sean las vigentes. Y las respuestas son muchas y variadas. Basta con recorrer las instituciones y escuchar a sus docentes, quienes a diario transforman la realidad.
Nos preguntamos qué transformaciones habrá a largo plazo, qué decisiones de fondo vamos a tomar en estos tiempos líquidos, sin la solidez de otras épocas, en un aparato escolar basado en el tiempo lineal y, además, y fundamentalmente, cómo recuperar la riqueza de la presencialidad, la de los cuerpos que hablan, miran y se contactan. Me pregunto cómo partir de lo imprevisible, de lo inédito, para poner en jaque el normalismo aún vigente: bancos en fila, docente en el frente, enseñanza de verdades incuestionables, entre otras características. Y, a su vez, cómo buscar lo nuevo “con otra cabeza”, desde otra mirada, cómo provocar rupturas que den lugar al pensamiento crítico y divergente, con más creatividad e imaginación en el aula, en diálogo con un mundo complejo.
¿Será posible una Pedagogía de la incertidumbre, inventar un mundo nuevo para estos sujetos, en este contexto? El confinamiento obligatorio no fue un tiempo perdido; fue raro y excepcional. Ojalá no lo hayamos vivido en vano. Será cuestión de acordar ciertos criterios institucionales y crear un guion común para los niños o jóvenes de cada escuela, potenciar otros temas y buscar caminos alternativos, desconocidos hasta ahora. Es tiempo de construir ciertas condiciones para producir conocimiento con nuevos lenguajes y ritmos.
Para poder plantear un cambio de raíz es necesario recuperar los rostros, es decir, conectar con la singularidad de cada alumno/a y rediseñar los contenidos; planificar la desigualdad en un tiempo de más realismo con los estudiantes y, fundamentalmente, crear comunidad, pensar juntos con otros colegas.
Es necesario buscar enhebrar posibilidades en medio de las injusticias que expandió la pandemia. Un nuevo modelo ondulante implica superar la educación llamada híbrida (presencial y/o virtual) para dar lugar a multimodalidades, a movernos entre lo presencial y lo virtual o entre ambas, sincrónica y asincrónicamente, con libros -en papel o digitales-, con películas o videos, con música, con propuestas situadas según los estudiantes, las escuelas y los barrios.
El riesgo que no debemos correr es estar en las aulas y pararnos en el frente con las viejas prácticas: el docente es quien sabe y el estudiante escucha y replica un conocimiento cerrado o fragmentado. Las nuevas modalidades ondulantes deben permitir la democratización del saber y lograr, de una vez por todas, que la educación sea un bien público, donde todos los estudiantes accedan, permanezcan y egresen del sistema.
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