
Cripto, fintech, blockchain, tokenización, inteligencia artificial, algoritmos, trabajo híbrido, economía colaborativa. Un tsunami tecnológico nos pasó por encima y todavía no alcanzamos a comprender la dimensión profunda del cambio cultural, social y económico que esto significa. En particular, para quienes iniciamos no hace demasiado tiempo nuestra vida laboral, profesional y aspiramos a construir nuestras familias en un futuro más o menos cercano.
Conceptos desconocidos hasta hace poco se volvieron cotidianos. La tecnología transforma nuestras vidas, nuestra manera de vivir, pensar y hacer. Y por qué no, de sentir. Este cambio tan profundo tendrá consecuencias persistentes y necesitamos, en algún punto, detenernos a reflexionar cómo abordarlo.
Un buen punto de partida para analizar este fenómeno son los valores que fueron construyendo la identidad de los seres humanos, su manera de vincularse con los demás en la familia, en la comunidad. Es allí donde cobran importancia dos dimensiones: la material y la espiritual.
La tecnología permite crear y agregar valor, abre nuevas oportunidades de desarrollo profesional, nuevos horizontes de negocio y como lo demuestran numerosos ejemplos, fomenta la inclusión social. De su uso creativo surgieron en el mundo nuevas empresas, muchas de las cuales crecieron desde la periferia al centro, potenciando regiones excluidas y alterando el clásico abroquelamiento Norte–Sur. América latina, la India, África y otras regiones tradicionalmente marginadas en el reparto de la riqueza global muestran hoy más que interesantes desarrollos corporativos apalancados en la creatividad y formación de sus recursos humanos y el acceso a las nuevas tecnologías.
Anticipando lo que vendría, Benedicto XVI explicaba en “Caritas in veritate” (2009) cómo la técnica es algo humano y, en cuanto tal, está íntimamente relacionada con la libertad y la autonomía. Según describía allí, “con la técnica es posible dominar la materia, reducir los riesgos, ahorrar esfuerzos, mejorar las condiciones de vida”. Desde la técnica, continuaba el Papa, las personas manifiestan sus potencialidades y aspiraciones, al mismo tiempo que se desarrolla en diálogo con el ambiente que lo rodea. Pero también advertía que, en ocasiones, la técnica deja a un lado límites que merecen ser respetados y se expone a convertirse en tecnocracia, en un poder que escapa al control del mismo ser humano que la habría originado.
El debate está planteado entonces en quién y de qué manera se conduce el proceso: o lo hace una tecnocracia irreflexiva o lo hacemos las personas sobre la base de nuestros valores. Se impone entonces una ciberética que respete la libertad, la autodeterminación personal y promueva las virtudes individuales y colectivas, que permitan abordar los grandes desafíos que tenemos como humanidad: lograr la paz, preservar la casa común para las futuras generaciones e integrarnos material y espiritualmente.
La literatura y el cine nos muestran variados futuros distópicos en los que la tecnología aparece como una herramienta que se autonomiza y nos sojuzga. En las próximas décadas los jóvenes vamos a convivir con los desarrollos tecnológicos que hoy mismo se están experimentando: estamos a tiempo de involucrarnos, darle sentido a la tecnología y dotarla de una ética humana que fortalezca nuestra libertad y nos integre en la paz.
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