
El intento de magnicidio a Cristina Kirchner debe marcar el fin de la tolerancia del Estado hacia los discursos que se amparan en la libertad de expresión para hacer del otro un enemigo. Pero, sobre todo, debe generar una reflexión institucional entre quienes se aprovechan de ellos para hacer política.
Un discurso de odio es una acción comunicativa violenta y destructiva que, aunque ocurra muchas veces en forma de mero comentario, justifica y legitima la violencia y es el mecanismo a través del cual se deshumaniza y se convierte a otra persona en un enemigo.
Como apuntó el sociólogo Ezequiel Ipar, el atentado contra Cristina Kirchner es el acontecimiento de violencia política más previsible de la historia argentina contemporánea. Esto podía pasar porque una red de ideología, medios y tecnologías de comunicación preparaba algo así. Los odiadores aseguraban que las palabras que apelan a la destrucción del adversario político no importan. Evidentemente las palabras sí importan y hoy explican esta secuencia trágica.
Los discursos de odio generan intolerancia, segregación y no solo “pueden” terminar en prácticas de violencia física, sino que su consecuencia natural es que efectivamente sucedan; de los discursos a la acción, hay quienes ocupan el lugar de enunciadores y otros, del ejército que acciona. No siempre hace falta una orden: la misma ya fue sembrada. Por eso nos urge como sociedad tener una herramienta legal que sancione estas construcciones discursivas. Existe en Francia. Existe en Alemania. Debería existir en Argentina.
En tanto estos relatos tienen consecuencias irreparables en las víctimas, quienes ejercen esa violencia la mayoría de las veces salen indemnes. Cabe aclarar que no es lo mismo un usuario de una red social que un periodista o alguien con responsabilidad política. Las y los periodistas y la dirigencia tienen un rol social que les endilga una responsabilidad democrática; no pueden hacerse los inocentes o los sorprendidos. Cuando un diputado Nacional como López Murphy asegura en sus redes “son ellos o nosotros” está incentivando al odio; al igual que el dirigente del PRO Francisco Sánchez pidiendo pena de muerte. El odio tiene rostro, nombre y apellido. Lo que escribís en redes, lo que decís en los medios, tiene resultados concretos.
Distintos estudios revelan cómo los discursos se replican y propagan desde los medios hacia las redes y de las redes, a la calle. Y que así como el odio siembra el terreno para un atentado, puede ser la semilla también de un futuro genocidio. Eso en nuestro país ya lo vivimos. La escalada de violencia discursiva se aceleró estas últimas semanas, pero está instalada hace mucho tiempo. En febrero del 2021 durante una marcha opositora, se colgaron en Plaza de Mayo bolsas mortuorias, que simulaban ser muertos, con los nombres de diversos dirigentes del país. Quienes gatillan no son “casos aislados” o “locos sueltos”. Son la representación de un sistema político y social violento, que generan caldos de cultivo para episodios como el intento de magnicidio a Cristina.
Quienes se hacen los inocentes y los sorprendidos hoy son personas con responsabilidades institucionales que utilizan desde hace años estos discursos para hacer política. Que cada quien le ponga el nombre que quiera, están a la vista de todas y todos.
Solo la última semana quedó particularmente expuesto el Gobierno de la Ciudad, comandado por Horacio Rodríguez Larreta, que montó un show con la Policía de la Ciudad rodeando la casa de la Vicepresidenta. En vez de cuidarla, eligió pegarle a quienes se manifestaban a su favor; y pese a todo este operativo un hombre llegó al lado de Cristina Kirchner y le gatilló un arma en la cabeza.
Por suerte (o por Néstor, como algunos elegimos creer) el tiro no salió. Por eso, tenemos la última oportunidad: la dirigencia política y judicial que hace del odio su política debe reaccionar antes de que sea tarde. El futuro construido a los tiros no es futuro, es pasado. Y consensuamos hace mucho tiempo que NUNCA MÁS volveríamos a eso.
Tal vez sea hora de que saquen las ideas que están detrás de ese odio, y se atrevan a discutirlas. El límite ya se pasó hace mucho tiempo. La pistola en la cabeza de Cristina es la pistola en la cabeza de nuestra democracia, es la pistola en la cabeza de nuestro pueblo, y las armas de los odiadores las cargan los Macri, las Bullrich, los Milei, las Granata y los López Murphy.
No sea cosa que la próxima vez el gatillo no falle y en vez de odiadores se conviertan en responsables de cosas peores.
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