
Indonesia asumió la presidencia del G20 en diciembre. Ese rol le marcó un hito como nación para demostrar su capacidad y liderar al Sudeste Asiático y al mundo hacia una recuperación post pandemia. Pero la escalada de la guerra en Ucrania, desde febrero, y las tensiones geopolíticas globales complejizaron ese desafío.
Para el G20, como instancia de gobernanza mundial, hay todavía mucho más en juego. Se trata de su propia viabilidad como una plataforma global que permita amalgamar intereses y prioridades en juego, iluminar el camino para resolver los desafíos comunes más urgentes y restaurar la fe en los mecanismos de colaboración multilateral.
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Si el G20 no quiere caer en el olvido, requerirá un alto nivel de compromiso de todos sus miembros, ser capaz de desarrollar una agenda común para un proceso de recuperación post pandemia fuerte e inclusivo, donde converjan los intereses y prioridades de los diferentes países e incorporen de manera significativa las prioridades de los países emergentes en el foro.
¿Dinámicas irreconciliables?
Los líderes del Grupo de los 7 (G7) países más ricos se reunieron en junio en Alemania, después de la cumbre de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en Madrid, los dos eventos diseñados para mostrar la unidad occidental después de la invasión de Rusia a Ucrania.
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Pero esta última cumbre del G7 también se proyectó hacia el mundo en desarrollo, con la participación de los miembros del BRICS, India y Sudáfrica, junto con Senegal, Indonesia y la propia Argentina.
El G7 anunció su Asociación para la Infraestructura e Inversión Global de 600 mil millones de dólares, ampliamente vista como un competidor de la Iniciativa de la Franja y la Ruta de China (BRI) sobre préstamos y construcción de infraestructura.
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Mientras tanto, en el otro lado del mundo, Beijing presidió la reunión virtual de naciones emergentes BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica): 3 mil millones de personas representadas por esas naciones, en contraste con las 770 millones en el G7. Esa cumbre tuvo 13 países invitados, incluyendo también a la Argentina.
Mientras los Estados occidentales se han movilizado para sancionar a Rusia e intentar desacoplar al país de la economía global, las naciones emergentes se han centrado más en la preocupación por los suministros globales de alimentos y combustible, y en las implicancias económicas globales de la guerra en Ucrania.
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Esta dinámica atraviesa ya los debates en el G20, y tocan asuntos claves de su agenda, como la seguridad energética y alimentaria, y los mercados financieros. ¿Podrá el foro amalgamar estas dos lógicas, aparentemente, irreconciliables? Es, probablemente, el reto más difícil planteado desde su creación.
Para lograr una respuesta común a semejante desafío, la tarea prioritaria de los Sherpas de los 20 líderes del grupo exige como condición necesaria recrear un clima de confianza, que aleje las tensiones geopolíticas y permita grados de cooperación como los que requieren vivir en un planeta compartido.
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Hacia el liderazgo del Sur Global
A veces pasamos por alto que el G20 ha sido uno de los acontecimientos más importantes para la gobernanza económica mundial en las últimas décadas. De hecho, la incorporación de las economías emergentes y en desarrollo en las decisiones sobre los principales asuntos globales es hoy una realidad tangible. Esto es crucial.
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El G20 ha evolucionado a lo largo de los años, según las cambiantes preocupaciones y prioridades de los líderes sobre cuestiones de gobernanza global, desde las finanzas internacionales hasta la mitigación del cambio climático, pero no según la geopolítica. No es un foro concebido para rivalidades geopolíticas.
El advenimiento del G20 fue un paso hacia un mundo más plural, la coexistencia de distintas civilizaciones, una mayor tolerancia a la diversidad, una voluntad de superar las frustraciones en la búsqueda de consensos sobre diversos asuntos que emergieron en un mundo global e interdependiente.
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La primera cumbre del G20 fue convocada por el entonces presidente estadounidense, George Bush, en noviembre de 2008, para hacer frente a la crisis financiera mundial. Como ha dicho repetidamente uno de sus principales arquitectos, el ex primer ministro canadiense Paul Martin, el G20 se trata, básicamente, de “cómo hacer que la globalización funcione para todos”.
El mundo ha cambiado enormemente desde entonces. Indonesia está ahora en posición de representar los intereses y aspiraciones del Sur Global y ayudar a encontrar soluciones a los problemas que afectan profundamente a todos los habitantes de este planeta.
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Por ello, su presidencia del G20 2022, y las próximas de India 2023 y Brasil 2024, deben demostrar que el Sur Global está listo para asumir la agenda de gobernanza económica mundial, de un modo plural e inclusivo.
Un éxito de Indonesia este año establecerá el rumbo para que India y Brasil y otras potencias económicas emergentes desempeñen definitivamente un papel más influyente en la economía global.
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