
En el 2001, el politólogo Guillermo O´Donnell dijo en referencia a la situación de ese entonces dijo: “¡Qué poco gobiernan nuestros gobiernos!”. ¿Hoy diría lo mismo? Seguramente sí, pero lo argumentaría con veinte años de iterados errores políticos de todos los gobiernos. Argentina fue decayendo al compás de la destrucción de los partidos políticos. Cuando muchos integrantes del PJ o la UCR no se encontraban contenidos, pegaban el portazo y conformaban su propia expresión. A medida que conseguían cierta notoriedad, se repetía la situación multiplicando las divisiones. Así los hubo para todos los gustos. Pero la debilidad sólo tuvo estética de fortaleza con Néstor Kirchner junto a Roberto Lavagna. Luego apareció el cristinismo. Cristina Fernández de Kirchner no fue ni es Néstor Kirchner. Sí demostró expertiz en cuanto a la ingeniería política. La falla está en la construcción. La coalición que concibió no tuvo reglas de entendimiento. No tuvo plan consensuado previamente. Y no tuvo socios.
Desde el primer momento las competencias primaron. Cristina Fernández de Kirchner preocupada por su nexo –indeseado por ella- con la Justicia. Alberto Fernández enredado en un juramento personal de “no pelearse con Cristina”. Se llegó a un punto tal que el descalabro de las variables cambiarias comenzaron a jaquear (léase “llevarse puesta”) a la economía real. Fue así que el miércoles pasado los gobernadores peronistas se plantaron frente al Presidente de la Nación para mencionarle algo más profundo aún que la pervivencia de Fernández en su puesto: le dijeron que con sus indefiniciones y posposiciones cada día las provincias que gobiernan se vuelven más pobres, con más desocupados, con la producción trabada, con más atrasos y que se les acababa el tiempo a todos. El reproche fue letal: “El peronismo siempre tuvo capacidad para resolver los grandes problemas de la gente!”.
El Presidente –como se sabe- les dijo que actuaría. Cuando al día siguiente todo seguía igual, “como si estuviésemos discutiendo el armado de una lista de diputados”, uno de los gobernadores, Omar Perotti, tomó la iniciativa a mitad de la mañana y tuitteó sobre la necesidad de incluir a Sergio Massa ya en el gabinete nacional. Se sabe que el santafesino no pertenece al Frente Renovador, ni es amigo de Massa. La reacción tuvo que ver con el cuadro de situación: Alberto Fernández, un Presidente sin capacidad de convocar a gente que le aceptase integrarse al gabinete con nombre y espalda. Cristina Fernández de Kirchner, carente de figuras para hacer lo propio, es decir, salir del peligro inminente del desbarranco. El pragmatismo de Perotti al primerear y desatar el nudo político de un gobierno maniatado en sí mismo se debió a la reunión catalogada como “espantosa”, por advertir a un Presidente enajenado ante el peligro real.
La opción Massa era la única posible. Tiene equipo y tiene audacia. La gente de mirada rápida y decisiones prontas (los mercados) ve en Massa ambición de poder, condición necesaria en la política.
Hay dos elementos en ciernes: a) La reacción del propio Presidente, quien ha demostrado no tener poder de construcción, pero sí de destrucción cuando se siente acechado y b) El apoyo de Cristina de Kirchner. Sería una pésima señal no estar presente –se hablaba de su ausencia al cierre de este análisis- en la asunción de Massa.
La reacción de la oposición es entendible, dado que percibe una chance electoral para el ministro de Economía próximo a asumir. Hasta las voces más críticas guardan un prudente tiempo de espera hasta conocer el programa y el equipo con que lo impulsará.
La mesa de Enlace aguarda ser convocada a la reunión a la que el futuro Ministro se comprometió ante uno de sus integrantes, el ruralista Pino. La agroindustria, por su parte, observa que hay un cambio de expectativas y ven en el Ministro una persona con volumen político importante, con conexiones locales e internacionales. La cuestión es que esa expectativa inicial sea consecuente con las medidas necesarias. En cuanto al proyecto presentado por el CAA, confían que será parte de sus prioridades. No obstante, creen que es necesario en este momento ejercitar la paciencia.
La gran pregunta es ¿hasta qué punto CFK estará comprometida con las soluciones que ofrezca Massa y si esas soluciones resuelven la tensión de fondo que hay desde un comienzo entre la vicepresidenta y el FMI? Infobae consultó al respecto al politólogo Lucas Romero. “Massa debe resolver la tensión que hay entre ambos (FMI y CFK). Si no lo logra le ocurrirá lo mismo que a Alberto Fernández, quedará imposibilitado de tomar decisiones y definir el rumbo de una manera unilateral. Creo que Cristina Fernández quiere evitar que la crisis económica se profundice, pero no está dispuesta a ofrecer a cambio decisiones de corrección de los desequilibrios que tiene la economía. Sabe que lo por hacer la aleja de lo electoral”.
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