
En “Memorias de Adriano”, la escritora Marguerite Yourcenar apuntó una frase de Gustave Flaubert: “Cuando los dioses ya no existían y Cristo no había aparecido aún, hubo un momento único, desde Cicerón hasta Marco Aurelio, en que solo estuvo el hombre”. Esa soledad y desamparo no tiene que ver con dioses en la Argentina pero podemos hacer un ejercicio de traslación. Se trata de los despavoridos habitantes de un país que puede tenerlo todo y está deshaciéndose. Estamos solos.
La política está concentrada desde el poder en una serie de afirmaciones y ataques de espaldas a la realidad: la economía, el dólar y la dificultad para sostenerse cada 24 horas. Una carrera en círculo. La política es necesaria para transformar y mejorar. Sin embargo, la ruina económica y social se ha torcido: la ira creciente entre los líderes mayores es el combustible y la cosmética de una catástrofe que se acelera. Solo los cerebros lavados encuentran, en el hecho de que el hombre argentino no está solo en la cerrazón de las mentes, la fábrica de odiar. Se detestan en la cúpula con expresiones nunca vistas ni oídos.
Desde la muerte de Perón terminó el peronismo, aunque ya se engordaba una opción de violencia con el sello del general. El incendio y las vísperas. Llegaría el golpe del ‘76 de una ferocidad histórica. Un formación militar para recuperar el mando como fuera. Sus movimientos y sus ideas pivotaban en la autoridad y el orden.

Pero dejemos a la historia y los historiadores su esfuerzo mayor: es el trabajo de la comprobación, los documentos, los hechos, no el voluntarismo y la furia que se vive con estremecimiento frente a la mención de sangre en las calles. Es un tiempo de desprecio, con diputados, representantes, que son ya estrellas de los programas políticos por televisión o se entregan a dirimir las candidaturas posibles – legítimo pero excesivo- llegada la hora de elegir.
La confianza disminuye por horas. La inflación crece por horas. Estamos solos. El cambio en el Ministerio de Economía prosigue, al parecer, la ruta de Guzmán con alguien de mayor sinceramiento pero sin un apoyo explícito y con las enormes dificultades previsibles.
Desde siempre se dijo – y es cierto- que la Argentina tuvo, tiene, oportunidades para desarrollar sus posibilidades de producir, exportar y crecer. Que se tiene algo de inteligencia y brillo entre los escombros. Lo destaca el Financial Times, sin dejar de poner que es un país en marcha hacia el colapso por una gestión prolongada que no alcanza para el período anterior- con aciertos y errores reconocidos- ni por el pico de pandemia manejada de manera lamentable, ni por la invasión rusa.
Estamos solos.

Irán exige de manera formal recuperar el avión y los viajeros, todos sospechosos de distribuir terrorismo. ¿Qué han venido a hacer, ida y vuelta, en la proximidad del crimen del fiscal Alberto Nisman, responsable con captura de iraníes, como planificadores y proveedor ejecución de la AMIA?
Hay un punto candente que une la salud, la educación- cuántas escuelas y colegios cerrados- y la repetición de consignas viejas dedicadas a jóvenes adoctrinados. El alud ocurre con gente debajo de todas las edades y situaciones.
Se verá la llamada a reuniones con oposiciones matizadas y sin aviso. ¿Tarde? Algo explícito y significativo: el mundo en derrumbe tiene poca alternativa. El tiempo corre. Estamos solos.
Se niega la criminalidad en las calles: robos, violaciones, muerte. Los delincuentes más peligrosos son la bandera de la revolución imaginaria. En las zonas de mayor pobreza y de intemperie reinan bandas violentas que manejan vidas y las extorsiones. Las marchas encolumnadas no tienen la solemnidad y el silencio de las grandes protestas cívicas sino el lazo más ceñido a propósito de quienes manejan las ayudas y sus jefes. Las calles se calientan.
La ratonera argentina, los fracasos, la desigualdad, la superabundancia de discursos disparatados y gestos inexplicables ponen a tierra tan extensa y propicia a millones en la niebla. Estamos solos.
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