
El impuesto a la renta inesperada que propone el ministro Martín Guzmán aspira a sacarles a quienes obtuvieron ingresos por encima de lo esperado, asumiendo que tal concepto existe, una parte de esas ganancias para que -según palabras del Presidente- “colaboren con su aporte a ayudar a los que han quedado más postergados como consecuencia de la guerra”.
Más allá de la falsedad de la frase (un impuesto no es una colaboración que uno hace porque quiere, sino que es una extracción forzosa y es bastante complicado asignar consecuencias positivas en lo financiero a una guerra que no cumplió aun dos meses y luego de más de dos años de pandemia), de aprobarse este “nuevo” impuesto no va a funcionar. No va a cambiar absolutamente nada en cuanto a los problemas de fondo que tiene un país como Argentina, sino potenciarlos. ¿Por qué?:
1) Porque como explico desde hace tiempo, los impuestos se trasladan tarde o temprano a los precios. Siempre. El Estado puede definir a quién le cobra un impuesto, pero en definitiva no decide quién lo paga, quien sufrirá el peso o el costo de este. No lo puede manejar. Lo que hoy le sacan a un empresario, por ejemplo, lo trasladará a las acciones que realice para recuperar lo perdido: menor inversión, menos fuentes de trabajo o mayores precios;
2) Porque sumar tributos cercena las posibilidades de producción, de ahorro, de consumo, de empleo. Cualquiera de las decisiones que tome, por ejemplo, un empresario al ver que el Estado le quita parte de sus ingresos (desinversión, desempleo, inflación) perjudica instantáneamente al que menos tiene, y al país. Por eso, un gravamen que recaiga sobre las ganancias es otro impuesto a la pobreza futura, como el impuesto ordinario (no hay error, no falta el “extra”; fue una ordinariez) que llamaron “solidario”. En otras palabras, así como el aporte solidario fue un nuevo impuesto a los bienes personales, el impuesto a las utilidades inesperadas es un nuevo impuesto a las ganancias;

3) Porque ya existen más de 160 impuestos en el país, entre los nacionales, los provinciales y los municipales. No hay espacio para nuevos. Sumar otro solo generará mayor temor, mayor inestabilidad, y la inestabilidad -no importa el motivo que la provoque- siempre es contraproducente. La incertidumbre económica producto de la inestabilidad política redunda en inseguridad jurídica. ¿Hace falta explicar qué ocurre con los inversores, con el dólar, con los precios cuando esto se torna evidente?;
4) Porque como ya demostró este gobierno, y muchos otros en Argentina y demás países, mayor recaudación no implica mejor calidad de vida ni crecimiento ni producción. Más aún, muchas veces sucede lo contrario, y una rebaja de impuestos es la herramienta tributaria necesaria para genera mayor recaudación. Lo reconocieron los Estados que decidieron reducir o quitar tributos porque la pérdida en inversiones era mayor que la recaudación obtenida, como explicó por ejemplo el ministro de Economía francés, en 2017, cuando le preguntaron por qué habían dado marcha atrás con el impuesto al patrimonio;
5) Porque existen herramientas de estructuración (como el trust y la mudanza internacional, por citar algunas) a las que muchas de esas personas, ante el temor de que impongan ese impuesto, ya están apelando para disminuir sus riesgos y/o pérdidas, como hace cualquiera que se siente amenazado en su seguridad personal o económica.
Y podría sumar más motivos, como que el rico no va a dejar de ser rico por pagar otro impuesto, pero el pobre seguirá siendo pobre, y tal vez más pobre, si se siguen sumando tributos que incrementen la presión fiscal sobre algunos, y el esfuerzo fiscal, sobre todo.
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