
Un estudio del Observatorio de Argentinos por la Educación, que está dando mucho que hablar, afirma que sólo 16 de 100 chicos termina el secundario con un nivel aceptable. Y esto, lamentablemente, tiene sentido. En muchísimas escuelas se sigue enseñando como se enseñaba hace décadas atrás. Es decir que se sigue enseñando para un mundo que ya no existe.
Los sistemas educativos nacionales nacen en los albores de la Revolución Industrial, con el claro objetivo de formar mano de obra para el trabajo. Esa intención primaria, lamentablemente, sigue vigente y a contramano de los cambios del mundo actual. Seguimos dándoles mucho más crédito a las materias tradicionales que a otras, alejando a muchos niños y jóvenes de sus pasiones o fortalezas. Tal vez no son buenos para matemática, pero son maravillosos para la música, los deportes, el arte o las ciencias. Pero claro, pareciera que esto no alcanzara en un sistema que ensalza las fortalezas académicas por sobre las artísticas, las habilidades socioemocionales o el deporte.
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En la escuela tradicional, todos deben aprender lo mismo y al mismo tiempo. Si esto no sucede, los alumnos avanzan sin haber aprendido o repiten. Y la repitencia, por lo general, como sabemos, es la antesala al abandono.
Para cambiar esta realidad, debemos redefinir las prácticas didáctio-pedagógicas y personalizar la educación. En ese orden. Resulta muy difícil personalizar la educación sin redefinir las prácticas didáctio-pedagógicas antes.
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En un contexto saturado de información, en el que lo que deseamos conocer está a un clic de distancia, ¿la enseñanza debe continuar basada en la transmisión de información o debemos enseñar por habilidades? El desafío es el de pasar de la mera transmisión de contenidos al trabajo por habilidades, fusionando aprendizajes, trabajando por proyectos, con una evaluación formativa que nos permita pasar de “ver si lo lograron” a “ayudarlos a lograrlo”.
Uno de los grandes desafíos que nos presenta el contexto actual es preparar a nuestros alumnos para un futuro desconocido. Un futuro que no podemos predecir. No tenemos idea de cómo será el mundo en cinco o diez años, pero aún así, educamos para ese mundo.
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La inercia de hacer lo que siempre se ha hecho, algo así como “las cosas siempre se hicieron así”, es lo que no nos permite avanzar.
Para poder trascender esta situación, todos los actores de la educación deben comprometerse. Los directivos viendo lo invisible, (independientemente de cómo están las cosas hoy, ¿en qué quiero convertir a mi institución? ¿Qué necesitan los alumnos para poder aprender?), los docentes acompañando y generando entornos significativos y relevantes, propiciando contextos para que los chicos vayan a la escuela entusiasmados, las familias como colaboradoras imprescindibles de este proceso, los alumnos con su esfuerzo e implicancia, y el Estado poniendo a la educación como prioridad.
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Para transformar la educación necesitamos de un compromiso alto para generar y sostener cambios a lo largo del tiempo. Mejorar la calidad de la educación requiere, ante todo, una voluntad muy firme de mejorar. De trabajar de manera articulada entre todos los actores de la educación y fijar metas a corto, mediano y largo plazo.
La calidad del sistema educativo no puede ir más allá de la calidad de sus docentes. Por lo tanto, y teniendo en cuenta que todo cambio o transformación requiere de profesionales idóneos y comprometidos, resulta de suma importancia que los centros de formación docente modernicen sus planes de estudio y capaciten a sus docentes, para que sus egresados, futuros docentes, puedan llegar al aula con los conocimientos necesarios para lograr la tan mentada transformación educativa.
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Pero, a su vez, estos docentes necesitan tener ciertas condiciones para poder crecer y aportar de manera positiva al sistema. Debemos darles respuestas a muchas cuestiones que escapan a lo pedagógico-didáctico, pero que son básicas para poder avanzar en el tema: desde sueldos dignos y condiciones de empleo hasta infraestructura, edificios aptos para impartir educación, y más y mejores recursos, todas cuestiones esenciales sin las cuales hablar de una mejora educativa suena casi como una fantasía.
¿Cómo podemos pedirle hoy a un docente, que va de una escuela a otra, que no tiene recursos, ni le alcanza el sueldo, que dedique tiempo a pensar, a planificar o a tomar decisiones para mejorar la calidad educativa de sus alumnos? Innovaciones en el aula sí, pero también cuestiones básicas resueltas que nos permitan poder seguir avanzando a paso firme. Los alumnos no pueden esperar.
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