
Desde la conformación de la escuela siempre hubo un vínculo muy estrecho entre la salud y la educación, ya que las enfermedades forman parte de la historia del sistema educativo desde sus inicios.
En Argentina, en 1871, la peste amarilla, originada en San Telmo por las malas condiciones sanitarias de la época, provocó una merma del 7% de la población de la ciudad de Buenos Aires; incluso, en ese momento, murió una de las maestras que trajo Sarmiento de Boston, fundadora de los primeros jardines de infantes. Este contexto dio origen rápidamente al higienismo en las escuelas para intentar romper con la “desidia de las familias”, tal como señalan documentos de la época.
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En 1886, el cólera también afectó a la población. En la obra Pensar la educación en tiempos de pandemia, Pineau y Ayuso señalan que, a partir de esa fecha, el tema médico comenzó a guiar las políticas de la época y, en consecuencia, en la escuela aparecen palabras como la profilaxis o la prevención.
Y, si bien acá, en Argentina, preocupaba más la viruela, la sífilis o la peste bubónica, en octubre de 1918, llegó la gripe española provocando los primeros casos; aunque fue en el año siguiente cuando causó estragos, especialmente, en las zonas más pobres, llegando a 15.000 muertos por esta enfermedad, con un mayor número de difuntos en el Norte y Noroeste del país.
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Las pestes hicieron que se limpiara el Riachuelo y se previniera la propagación de la enfermedad haciendo que los inmigrantes con síntomas, cuando arribaban en los barcos, se quedaran haciendo cuarentena en la isla Martín García y, a su vez, que se comenzaran a dar clases de higiene y profilaxis bucodental, incluso se sumaron visitadoras médicas que recorrían las instituciones educativas a fin de educar en la prevención.
A mediados de los 50, la polio también fue una enfermedad que afectó el sistema educativo; las clases se suspendieron desde octubre hasta mayo del año siguiente. Y, como se la desconocía bastante, algunas familias intentaban afrontarla llevando a sus hijos a vivir afuera de las ciudades, al mar o a las sierras; incluso, buscaban la cura a través de algunas creencias populares, tales como colgar bolsitas de alcanfor en el cuello de los chicos o lavar las veredas con lavandina.
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En este sentido. la aparición de la libreta sanitaria fue un elemento muy importante para controlar y reducir las enfermedades. Cammarota sostiene que estas fichas de salud y cédulas escolares buscaban paliar las enfermedades recurrentes que afectaban a la comunidad infantil. La historiadora Karina Ramacciotti destaca que, dentro del sistema de salud de la época, se materializó una palpable paradoja: mientras se promocionaba un sistema de salud homogéneo, en la práctica reinó un sistema complejo en el que se superponían las obras sociales, las instituciones del sistema público, la asistencia privada y las prestaciones médicas brindadas por la Fundación Eva Perón. La implementación de dicha libreta no estuvo exenta de discusiones políticas; para la oposición, era racista porque bregaba por la clasificación de la población y, por otro lado, los oficialistas consideraban que los controles médicos periódicos ayudaban a prevenir enfermedades.
Concluye el historiador Cammarota que la ausencia de personal técnico para realizar los exámenes demandados por la libreta sanitaria nacional, y la consecuente imposibilidad de controlar la salud de la población escolar por medio de un conjunto de exámenes tan rigurosos como los demandados por la libreta sanitaria, y que muchos de ellos violentaban el pudor femenino, estaban destinados a fracasar. En consecuencia, aquellos exámenes exhaustivos que abarcaban de la niñez a la adultez fueron reemplazados por controles menos sistemáticos como las vacunaciones periódicas y la prevención de caries.
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En el 2009, la gripe A también provocó un cimbronazo en el sistema educativo y, tecnología mediante, se pudo superar los días sin clases. Sin embargo, por el contrario, en los dos últimos años, el coronavirus hizo estragos, especialmente, en los sectores más vulnerados, quienes carecían de dispositivos tecnológicos para aprender. En algunos casos, apenas si recibían actividades vía WhatsApp o podían acceder a fotocopias que estaban en el kiosco de la esquina.
Todavía queda mucho por hacer, más acceso y más apropiación de tecnología para toda la población es fundamental, pero, sobre todo, poder pensar en nuevos comienzos. La pandemia debería servirnos para gestar cambios desde abajo, con niños, niñas y adolescentes como protagonistas de su educación, que puedan sentir que son parte de una sociedad que los escucha y los incluye.
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