“Tomo la palabra el día de hoy en nombre de más de 177 presos políticos y más de 350 personas que han perdido la vida desde el año 2018. Tomo la palabra en nombre de los miles de servidores públicos de todos los niveles, civiles y militares, de aquellos que hoy son obligados por el régimen de Nicaragua a fingir a llenar plazas y repetir consignas, porque si no lo hacen pierden su empleo. Denunciar a la dictadura de mi país no es fácil, pero seguir guardando silencio y defender lo in- defendible es imposible. Tengo que hablar, aunque tenga miedo, tengo que hablar, aunque mi fu- turo y el de mi familia sean inciertos, tengo que hablar porque si no lo hago las piedras mismas van a hablar por mí”.
Son las palabras de Arturo McFields, embajador de Nicaragua ante la OEA, al comenzar su intervención en la reunión del Consejo Permanente de la OEA. El asombro recorrió el hemisferio en segundos. La sorpresa dejó a los otros embajadores mudos o, al menos, sin texto preparado y obligados a improvisar sobre lo que acababan de presenciar. “Histórico suceso”, dijeron algunos. “Valentía y coraje”, expresaron otros. Sin duda.
Mc Fields no se limitó a denunciar al régimen de Ortega-Murillo. También suscribió la declaración del 25 de febrero en la que la mayoría de los países de la OEA condenan la invasión ilegal, injustificada y no provocada de Ucrania por parte de la Federación Rusa, y exigen la retirada inmediata de las tropas y el cese de cualquier acción militar en ese país. Nicaragua no la había firmado. McFields lo corrigió, otro hecho histórico.

Casi tres horas más tarde, el “Gobierno de Reconciliación y Unidad Nacional”, o sea, Managua, emitió una “nota de prensa” informando que Arturo McFields ya no era el embajador ante la OEA; una pueril racionalización post-hoc. Obviamente que ya no era el embajador, pero no por decisión de Ortega-Murillo. “No nos representa”, dice el comunicado en cuestión. Los nicaragüenses se subieron al tema en redes sociales: “nos representa a nosotros”.
McFields estaba ingresando en la historia, puso su nombre en una lista honorable: la de los “defectores” (neologismo que me pertenece, disculpe usted amable lector. El término no existe en idioma español). Todo defector es un disidente, ambos cuestionan la ortodoxia establecida, pero el defector es un misil bajo la línea de flotación de la nomenclatura oficial. Pues revela desde adentro la miseria ética de la dictadura y, como tal, socava su credibilidad tanto adentro como afuera.
McFields deja desnudo al régimen, y lo hace con una simple advertencia: “la gente de adentro…y la de afuera está cansada, cansada de la dictadura de la dictadura y de sus acciones, y cada vez van a ser más lo que digan basta”.
Defeccionar del totalitarismo es un acto honorable y muchas veces heroico. Son los defectores ilustres quienes derrocaron al régimen de partido único en la Europa comunista. Baryshnikov, Nadia Comăneci, Milos Forman o Viktor Korchnoi, entre muchos otros, están en esa lista, tanto como lo están Paquito de Rivera y el Duque Hernández de los Yankees de Nueva York en nuestro continente.
Ellos son quienes dejaron de defender lo indefendible, en palabras de Arturo McFields. Su defección se agrega a las anteriores, su nombre hoy erosiona el régimen de partido único de Ortega-Murillo. Por cierto que valiente y corajudo, pero también ético. Es pertinente cerrar con su propio texto:
“La luz puede más que las tinieblas, porque el amor es más fuerte que el odio, porque se puede engañar a la gente por un tiempo, pero no permanentemente. Porque Dios a veces tarda, pero nunca, NUNCA, olvida”. Que así sea, Nicaragua.
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