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La República Popular China es la contendiente estratégica de la otra superpotencia: Estados Unidos. Su actual líder, cuando era vicepresidente de Hu Jintao, elaboró desde el Politburó el plan conocido en occidente como Nueva Ruta de la Seda. Ese diseño le ha permitido construir un imperio comercial, en el que Rusia es un proveedor de insumos y un instrumento para jaquear a Europa y EEUU.
Pero a Beijing no le interesa un conflicto que aumente el poder de Putin y, mucho menos, que degenere en una guerra contra su principal socio comercial: la Unión Europea. No es su objetivo reinar sobre tierra arrasada. Su principal triunfo sería que los europeos le agradezcan la paz.
En tres años estará plenamente operativo el gasoducto de Rusia hacia China, llamado el Poder de Siberia I, y debiera estar terminado el Poder de Siberia II. Estos dos ductos le permitirán a Xi Jinping, promediando su nuevo mandato al frente de China, un aprovisionamiento energético del que aún carece y las praderas de Rusia y Ucrania (gobierne quien gobierne) de trigo, maíz, soja, etc. En consecuencia, no le sirve una guerra o una resistencia a un ocupante que impida el desarrollo de la agricultura.
Estas necesidades de la superpotencia oriental, son convergentes con los deseos de los oligarcas y los siloviki rusos, que no quieren arriesgar sus fortunas y mucho menos sus vidas en una aventura militar que exceda el marco de Ucrania.
La cúpula china, observa el desarrollo de los acontecimientos en el teatro de la guerra, dispuesta a intervenir cuando más le convenga. Son hábiles en el manejo de los tiempos y saben que el temor de Europa a una guerra juega a su favor.
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