
La Argentina se repite a sí misma. El menú del 2022 —tercer año de la gestión de Alberto y Cristina Fernández— presenta las mismas discusiones, interrogantes y conflictos de siempre. ¿Cómo salir del pozo si quienes tienen la pala (los que toman las decisiones) siguen cavando en lugar de mirar para arriba?
La palabra fetiche de la opinión pública en las primeras semanas del año es estancamiento. Basta una mirada por arriba de los principales medios para encontrarla por todos lados: las negociaciones con el FMI están estancadas y la relación del Gobierno con la oposición también. Vivimos, en definitiva, en un país estancado, atrofiado, roto.
Acordar con el Fondo estaba entre las prioridades máximas del kirchnerismo cuando volvió al poder en diciembre de 2019. En un clima de optimismo generalizado, cuando Alberto aún proyectaba una imagen de moderación y una vocación de liderazgo que duraron lo que un suspiro, los dirigentes oficialistas señalaban a la negociación como el punto de inflexión para poner la maquinaria en marcha y volver al circuito financiero internacional, fundamental para un país que no crece hace una década.
Dos años después de aquel verano, afirmar que la pandemia es la responsable del rumbo que tomó el Gobierno y del panorama desalentador que enfrenta la Argentina, reviste una ingenuidad garrafal. La imposibilidad fáctica, comprobable e indiscutible del Frente de Todos de trazar líneas de acción coherentes en materia económica, social, política, sanitaria, educativa y judicial es la razón de que este comienzo de año tenga un perfume demasiado similar al de otros.
Prestemos atención a los acontecimientos de los últimos días: les aseguro que vamos a encontrar una muestra por demás representativa del cuadro que estoy describiendo. A esta altura no quedan dudas de que la sociedad no está enojada por un hecho puntual, algún descuido o un error de cálculo circunstancial. Son los desatinos constantes los que explican la frustración generalizada.
El Gobierno avalando el régimen de Ortega y compartiendo acto con uno de los máximos responsables del atentado a la AMIA; Cafiero presentando las excusas del caso en EEUU mientras pide una mano en las negociaciones con el FMI; Guzmán pidiendo diálogo y suspendiendo reuniones con la oposición en la misma semana; sectores del oficialismo convocando a una marcha para pedir la renuncia de los jueces de la Corte Suprema; la defensa inexplicable de Milagro Sala por parte de dos ministros del gabinete, que deciden hablar de persecución e injusticia cuando ha sido condenada por corrupción en los tribunales.
No son pocos los dirigentes que ven una zona de confort en el pantano en que se ha convertido la discusión pública en Argentina. Hay demasiados expertos en debates cíclicos y proyectos inconclusos que no quieren (ni saben cómo) interpretar el momento crucial que estamos atravesando. Esta es una bandera de alerta para toda la oposición: no podemos bajo ningún aspecto acostumbrarnos a la crítica cómoda; tenemos que hacer valer nuestra fuerza y no resignarnos a jugar en el terreno baldío que propone el Gobierno.
Si 2021 fue el año del surgimiento de una nueva configuración en Juntos por el Cambio, liderada por el radicalismo e identificada con el centro político, este 2022 comienza con el desafío de la consolidación en todas las instancias. A nivel parlamentario y en cada distrito. La determinación que demostremos para atacar las causas de la decadencia definirá nuestro futuro como fuerza política y la posibilidad de dejar de describir estancamiento para construir crecimiento. Los votos del año pasado hay que honrarlos con valentía, trabajo y claridad en el mensaje.
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