Hay debates lícitos sobre los beneficios de un sistema económico u otro, sobre el grado ideal de intervención del Estado en los mercados, sobre las prioridades para el desarrollo de la economía local o la integración al mundo. Más allá de esta discusión en el campo de las ideas económicas, hay hechos que no tienen que ver con las ideologías, sino con el estado de evolución de las tecnologías.
Los grandes cambios tecnológicos no tienen ideología, no son de derecha ni de izquierda, cambian el mundo por la fuerza de sus innovaciones. Arrasan tradicionales modelos de producción y obligan a pensar a la sociedad a partir de sus transformaciones. No tienen vuelta atrás.
La Economía del Conocimiento tiene ese valor en nuestros días. El conjunto de innovaciones que el siglo XXI está experimentando tiene la misma fuerza transformadora que los grandes cambios de la Revolución Industrial del siglo XVIII, o que la electrificación y el ferrocarril en el Siglo XIX. No se limita a un cambio en la forma de producir bienes y servicios, es un cambio en la base misma de las relaciones sociales y en la vida de las personas. Nunca hubo más información disponible, más capacidad de cálculo y registro de datos, más posibilidades de comunicarnos y de viajar, y más innovación científica y tecnológica que hoy. La inmensidad y velocidad de los cambios es abrumadora y marca saltos significativos de una generación a otra.
Tenemos que pensar el mundo con nuevas categorías y ese cambio de visión requiere un gran esfuerzo, sobre todo en los niveles dirigenciales, donde la mayoría de sus miembros se formó bajo los paradigmas del siglo pasado. El desafío es muy grande y atraviesa todo el arco político, sindical, empresario, académico y científico. El mundo hoy funciona con nuevas reglas, y muchas de las conocidas demuestran ser disfuncionales.
Por poner solo un ejemplo, el trabajo del siglo XXI es sustancialmente distinto al que conocimos hace 50 años, cuando se formó el cuerpo de normas jurídicas que hoy reglan las relaciones laborales. Hoy gran parte del trabajo dejó de ser un fenómeno local, centrado en oficinas y fábricas, con una jerarquía piramidal de control y reglas fijas y estables. El teletrabajo, la robotización, el trabajo por proyectos, la movilidad entre ciudades y países, los medios de pago globales, etc, han creado un nuevo mapa para la oferta y demanda en el mercado laboral. Hoy los países compiten por crear nuevas fuentes de trabajo ofreciendo condiciones cada vez más ventajosas a las empresas creadoras de empleo. El trabajo ya no es un recurso estático y local, fluye y se globaliza.
Cambios similares al del trabajo ocurren, por ejemplo, en la educación, la gestión de la salud, los servicios públicos, la gestión de la seguridad y los medios de transporte. No solo se reconstruyen las cadenas de producción de la economía, toda la sociedad rehace la forma en que satisface sus necesidades y se relaciona.
En estos años observamos el estancamiento de Argentina y la frustración social que deviene de ese empantanamiento. Nuestro país fue capaz de ofrecer a los habitantes del mundo una potente plataforma de desarrollo social ascendente hasta mediados del siglo pasado, propuesta que se ha ido desgajando a lo largo de las últimas décadas. Hoy Argentina vuelve a tener una enorme posibilidad para reedificar su modelo de creación de riqueza apalancando su futuro en los recursos que ofrece la economía del conocimiento. Podemos volver a empezar, y hacerlo bien.
El principal obstáculo para saber aprovechar esta posibilidad es lograr en nuestros niveles de conducción comunitaria una visión actualizada del mundo y sus nuevas reglas de juego, y posicionar esta oportunidad por encima de las grietas y vicisitudes de la lucha política.
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