
“Roco es un niño excepcional de clase media. Tiene dos hermanas, una llamada Dulce y otra Lucía Fernanda, una madre exagerada y un padre sin trabajo”.
“Como toda familia, tiene primos pobres que viven en una villa miseria y primos ricos quienes se encargan de atosigar a toda la familia. Roco los detesta porque, además, viven de maravillas en un hermoso lugar llamado ‘Paraíso Privado’, un barrio cerrado de gran prestigio”.
“Un día Roco juntó piedras y rompió la “máquina de zumbidos”. Un extraño aparato que habían instalado las autoridades del Barrio Paraíso Privado para dispersar millones de moscas a los barrios pobres que lo circundaban. Los ricos enviaban las moscas a los pobres. El conflicto terminó bien gracias a la labor de intendente y las organizaciones sociales que resolvieron el conflicto entre piqueteros y la seguridad privada de ‘Paraíso Privado’”.
La historia no es real. Los párrafos precedentes son textuales. Pertenecen al libro “Roco y sus hermanas”, de Ricardo Mariño, fue editado por Alfaguara en 2011. Dicho libro forma parte de las lecturas de los alumnos de tercer grado de las escuelas primarias (públicas y privadas) de la Provincia de Buenos Aires.
El libro “Roco y sus hermanas” es una de las tantas dagas adoctrinadoras por donde ingresa el resentimiento contra los ricos, la producción de riqueza y el trabajo.
El Ministro de Salud de la Provincia de Buenos Aires Nicolás Kreplak afirmó que “los niveles más elevados económicamente -los primeros tres- tienen una diferencia de 6 veces más contagios que los niveles inferiores”.
Más allá de la dudosa fuente estadística donde no se detalla la fuente, la población objetivo testeada, el momento de análisis, los márgenes de error de la muestra, etc., la apreciación de Kreplak parece extraída de algún capítulo inédito del libro escolar aludido.
La Argentina tiene un sesgo antiriqueza, antiprogreso y antimérito que constituye sin duda una fuente institucional de decadencia.
La idea de demonizar la riqueza proviene tanto del culto por la envidia que se inculca en las escuelas como del demagógico concepto de sube y baja social. Creer que “perjudicar a los pobres beneficia a los ricos” o viceversa implica desconocer el sistema de cooperación social espontánea que es el proceso económico.
La estructura impositiva fue diseñada para castigar las ganancias, los bienes, los activos y las rentas. Sin embargo, el crecimiento secular del tamaño del estado llevó a gravar también el valor agregado, los consumos y los salarios. Empezaron por los ricos y terminaros esquilmando a los pobres. Cada uno de los impuestos en la Argentina experimenta ese derrotero.
Un supuesto impuesto a los ricos redunda en menor ahorro, menor capitalización y por tanto menor productividad de la economía. A su turno, más pronto que tarde, la menor productividad se traduce en menor cantidad de bienes y servicios y por consiguiente menores salarios en términos reales.
Queriendo perjudicar a los ricos, los impuestos perjudican y devoran las oportunidades de los pobres.
La frase del ministro es provocadora. El actual gobierno parece gobernar sólo para disfrutar los alcances de alguna provocación.
Hay un punto de conexión entre el libro infantil de adoctrinamiento escolar y la frase del ministro. El punto es el desprecio por la riqueza. Un país que desprecia el éxito, y duda del origen de la riqueza es un país condenado al resentimiento con todas las consecuencias de ello. Altos impuestos, una manía regulatoria, festival de prohibiciones. Tras ello, la enorme dificultad para trabajar y demandar trabajo, para progresar y ofrecer progreso.
Buena parte de las causas de nuestro fracaso habrá que buscarla en los contenidos educativos y en el marco ideológico de nuestros dirigentes.
Un país basado en el resentimiento es inexorablemente un país pobre. Si el resentimiento proviene de lo más alto de las esferas oficiales, además, corre serio riesgo de ser inviable.
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