No se trata de la imagen que señala cobardía sino de una función de teatro o music hall que ofrece el cuadro final de los artistas al mostrar sus alegres vergüenzas al público entusiasmado. En lugar de ideas inteligentes, situaciones chirriantes, buenos diálogos, un poco de música, un monologuista hábil, se enseña el culo y hay risa desde la primera hasta la última fila. No puede fallar, excepto, en este caso, un paso más en la ajetreada aunque resistente democracia argentina, pero un paso en falso. Al ingresar nuevos representantes del pueblo, se produjo un buen número de momentos inolvidables, para bien o más probablemente para mal, pero inolvidables, ni hablar.
Hay muy pocas democracias en el mundo de estos días. Muy pocas. Prevalecen autocracias, dictaduras y formas camufladas de opresión. La democracia, con sus zonas débiles y sus imperfecciones es, con todo, el mejor sistema, el más civilizado para una convivencia en libertad. No se dice nada nuevo, aunque surgen sin disimulo panegiristas de la barbarie como fuerza telúrica, que la desprecian y refutan con violencia.
Ese modo de organización es algo que conviene cuidar para caminar sin cadenas. Siempre se recuerda y lamenta cuando se pierde. Y, entre nosotros, se ha perdido muchas veces. Tal vez porque no hay una hondura real, sí un menosprecio natural –no es un ensayo, ninguna pretensión- del sistema democrático para tentarse con iluminados y mesías.
Todo se produjo en la jornada carnavalesca dedicada a nuevos diplomas, nuevas poltronas y, mezcladas, caras de quienes tienen estatura y capacidad probada con otras colgadas de una sábana como presidiarios fugados en una película.
La ocasión viró hacia una escena de manifestaciones extravagantes, crispadas, grotescas a la hora de jurar como está establecido y nada más: “Yo, juro”.
El hecho, que ya está en la historia, fue como en el music hall donde se muestra en final con un chorus line de pantalones bajos: ofender con estupidez y pobreza intelectual es aflojar los cinturones para regocijo no se diría de lo que llamamos la gente sino entre sí, los legisladores obran en cofradía. Se crea amistad, trabajo en común aunque se difiera, es así en todas partes. Suponer lo contrario es de un puritanismo absurdo.
Así pudimos ver el desfile delirante de buena parte de los que juraron. Tenemos a la nueva legisladora porteña con tatuaje de “D10S” en el brazo, quien al borde de un ataque de nervios juró por Juan Perón, por Evita, por gloriosa JP, por Néstor, por la lealtad absoluta a la Vicepresidenta y, last but not least, “por la Santa Federación”. Con síntomas de estreñimiento histórico, no reparó en las diferencias entre el caudillo tres veces presidente y quienes rompieron con él durante el último discurso, un día tremendo, dramático, que aceleraría un tiempo de terror, Isabel, la dictadura militar. Vale, todo junto, todo revuelto en una cabeza que, además del atasco de quedarse en el tiempo de Rosas omitió la segunda parte de la divisa (hace horas he visto una cinta punzó con la leyenda en la casa de un querido amigo coleccionista): “Mueran los salvages (sic) unitarios”. Como quien oye llover la legisladora porteña puso sin decirlo la idea de que los “otros” deben ser muertos.

No faltó al jurar agregar la Patria grande, utopía provista de cierta belleza, que no responde a la región. Salvan el embrollo nombrando a presidentes vecinos: mi amigo tal y mi amigo fulano. Casi sin excepción quienes la evocan son lectores de un solo libro entre los veinte y los veinticinco años. Compró la idea y piñón fijo, nada de pensar. El mundo quedó inmovilizado, esclerosado, de piedra el pensamiento. Es habitual que se acompañe con ponchito.
En tanto nadie juraba sin un agregado, como si en una época se usaba al recibir los galardonados del Martín Fierro. Estatuilla como una antorcha y discurso urbi et orbi para tres minutos de gloria que en los siguientes tres minutos entraban al olvido.
También tuvimos un discurso previo a la jura en lenguaje inclusivo. La inclusión, es bastante claro, no se construye torciéndole en brazo a la lengua española ni con un número de stand up, pero allá fue y le metió para adelante.
Al vuelo se recoge una invocación a la marihuana, al cambio del clima planetario, un desfile variado y deprimente: el Congreso requiere solemnidad. No pompa, no sobreactuación. Respeto. Es eso, y es de una trascendencia que expresarlo, como ahora, cae en una obviedad sonrojante. Por eso los pantalones bajos y la risa un poquitín amarga del show.
Es que no fue empleado en ningún caso para referirse a la pobreza, a las 20.000.000 de personas que reciben ayuda social, la educación a la miseria con la deserción, la pérdida del rumbo de los chicos sin leer en sexto grado. Ni a la política exterior con jerarquía que beneficie los intereses argentinos y no la satisfacción de un club de amigos. Prefirieron humillarse a sí mismos como en un juego de equívocos, bromas y disparates.
Hubo de todo entre diputados en la historia. Insultos, réplicas coléricas, tumultos, el tortazo de Camaño a Kunkel, los gritos de trola para Victoria Donda de los palcos camporistas. Hay mucho. No se trata de robots. Esto ha sido una fiesta y un espectáculo de mala calidad. Ánimo. Arriba la democracia. Y los pantalones.
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