
El COVID-19 dejó bajo la lupa a diferentes áreas sensibles, entre ellas a la educación, y nos deja con un sinfín de interrogantes y desafíos.
El primer desafío, sin duda, es garantizar la conectividad para todos los alumnos. Ya aprendimos que con conectividad o sin conectividad, no es lo mismo. Sin conectividad, lo alejamos de su mejor futuro académico, profesional, laboral o social. Hoy la conectividad es un bien esencial para todo alumno que quiera aprender.
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Por el otro lado, recordar que la escuela no es solo el lugar en donde se transmiten contenidos. Cuestiones como alimentación, seguridad emocional, vínculos, auto confianza y auto conocimiento juegan un rol muy importante. Con hambre no se puede aprender; sin seguridad emocional, tampoco. Los casos de éxito, en pandemia, se dieron en escuelas que pudieron comprender qué necesitaba un alumno para aprender, a pesar de la distancia. Y que, además, contaron con el apoyo de las familias, un pilar clave no sólo para administrar los contenidos en los más chicos, sino para acompañar, motivar e inspirar a los más grandes.
Hoy nos encontramos con aulas absolutamente heterogéneas. Y tiene sentido: la educación no es un “talle único” para todos. No todos pudieron avanzar con sus trayectorias académicas de la misma manera. Hay alumnos que quisieron y no pudieron. Y otros que pudieron, pero no quisieron. Además de la diferencia entre aquellos estudiantes que tenían o no tenían los medios tecnológicos para avanzar, están quienes, a pesar de tener conectividad, no pudieron avanzar porque eran muy dependientes del docente, o no habían podido desarrollar la autonomía, o no tenían el acompañamiento de un adulto, o tenían necesidades especiales, entre otras cuestiones, que hicieron que simplemente no pudieran capitalizar la oportunidad que nos dio la tecnología. Lo mismo pasó con los docentes: pasamos de escuelas que enseñan a escuelas que aprenden y, si bien hemos visto docentes que rápidamente salieron a darle respuesta a esta situación, muchos otros no pudieron, o hicieron lo que pudieron. Muchísimos docentes tuvieron que salir de su zona de confort, y lo que hicieron fue admirable. Tuvieron que salir y conectarse emocionalmente con sus alumnos a pesar de la distancia. Esto implicó “atravesar” las pantallas, poner en juego la creatividad, la innovación, y aprender qué funcionaba, viendo qué no funcionaba. Algunos docentes, por el otro lado, se sintieron solos. El apoyo emocional a los docentes, el acompañamiento y capacitación constante por parte de los directivos fue otra variable que se hizo sentir, para bien o para mal.
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La decisión de priorizar contenidos obligó a acelerar los aprendizajes, y a trabajar con contenidos formativos cortos- mucho más “digeribles” para el alumno actual, lo que nos obliga a replantearnos qué se está enseñando, además de cómo.
Lo que esta pandemia nos deja es la necesidad de seguir trabajando los vínculos, las relaciones con las familias, y sin duda, entender la importancia que cobra la autonomía en el aprendizaje. Necesitamos ayudar a nuestros alumnos a auto gestionar sus aprendizajes. Esto es clave para que puedan seguir aprendiendo, aun mucho después de dejar nuestras aulas. Después de todo, las reglas que gobiernan el mundo laboral, también están cambiando y las habilidades de aprendizaje ágil se profundizan día a día.
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Los desafíos que nos interpelan no son sólo pedagógicos. Tenemos desafíos estructurales, sociales y culturales, además de pedagógicos. Pero el mayor desafío, sin duda, será el de ver si seremos capaces de capitalizar estos desafíos que nos deja la pandemia o si volveremos al último día hábil antes de la pandemia, y la historia, por lo tanto, se repetirá.
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