
Tenemos 18,8 millones de pobres y 4,9 de indigentes. Tamaña magnitud de pobreza habla de la pauperización del consumo, con expectativas de inflación, que mide la Universidad Torcuato Di Tella, para septiembre de 48,6% anual.
Hace 47 años el Indec medía 800 mil personas pobres. Desde entonces la población se duplicó y número de pobres se multiplicó por 23. Un fenómeno único. Como también es única esta tasa de inflación con este nivel de pobreza. Una combinación explosiva.
La continuidad de crecimiento de ambos problemas pone en jaque los cimientos de nuestra precaria construcción social.
El desafío para después de las elecciones, imposible imaginar que funcionarios le dediquen un minuto antes de abrir las urnas, es un programa capaz de contener a ambas desgracias. Impedir una espiral ascendente y que, ambas mediciones, cambien consistentemente de dirección, que dejen de crecer y comiencen a retroceder.
Llevamos casi medio siglo tratando de reducir la inflación y apostando a que gracias a ello bajaría la pobreza. No resultó. Ni lo uno, salvo transitoriamente y la pobreza, en zigzag, cada vez más arriba.

La estructura económica de la Argentina hasta 1975 -hasta el “rodrigazo”, introducción del neoliberalismo, la apertura y el desmantelamiento de la industria- generaba trabajo, productividad creciente y distribución del ingreso. La distribución primaria, la estructura salarial, era la dominante en el proceso.
Desde los ´60 hasta mitad de los ´70 comenzamos la expansión de las exportaciones industriales. Mirar las cifras de aquél pasado causa asombro, nostalgia e indignación.
En ese tiempo los pobres -4%- como dijo Juan Carlos Torre en un canal de noticias “eran pobres” y no era “pobreza”. Dijo: “la pobreza” es un estacionamiento. En aquél entonces ser pobre era un breve estado transitorio: sin hijos de la pobreza.
Otra sociedad, otra estructura económica, destruida deliberadamente por razones ideológicas. Primero fue el ataque delirante de la guerrilla socialista, disculpada por la historia por ser obra de “jóvenes idealistas”; y después la Dictadura Genocida que fue la continuidad y profundización del “rodrigazo” con la represión necesaria para imponerlo a sangre y fuego.
Deuda de la democracia
La democracia es el ámbito de la libertad en que, basados en la fraternidad, avanzamos hacia la igualdad. Esa es la esencia.
Estos niveles de pobreza erosionan la democracia, jaquean la seguridad individual, amenazan la vida en libertad y ponen en claro que no es la fraternidad el espíritu dominante: es un estadio inmoral. Simple.

La grieta finalmente, lo podemos explicar sencillamente, acumula pobreza; y la expansión de la pobreza, como es lógico, profundiza la grieta. Este es el aporte emocional de toda la dirigencia a la profundización de la pobreza.
Muchos colegas proponen combinar tasas de crecimiento y distribución del ingreso, como modo de disminuir la pobreza. Ellos imaginan tasas de crecimiento, las que hace décadas hemos olvidado, que podrían reducir la pobreza. Ninguno aventura “volver al 4% de 1974″. Esos ejercicios resumen y asumen una condena social por generaciones. No abren un camino.
Frente a la urgencia de resolver el problema de “la pobreza” -el estacionamiento según Torre- es necesario dividirlo en las partes que lo componen. El 54,4% de los menores de 14 años es pobre. Podemos resolver esa vida de pobreza toda vez que superemos las condiciones materiales que la definen.
¿Cómo? Una cama, un baño, las cuatro comidas, la educación formal, la protección para los juegos, la apertura de una ventana al futuro. Eso saca a nuestros niños de la pobreza de manera inmediata o al ritmo de la construcción de hogares de proximidad sometidos a la decisión y control de los padres. Esa vía, que puede ser de excelencia, es mucho más corta, más barata, más simple que la que nos exige sacar de la pobreza a sus padres.

Algo que debemos hacer con un programa de transformación productiva. Programa que llevará muchos más años y que tampoco podrá ser una mera derivación del crecimiento. No todo crecimiento es un combate directo contra la pobreza y ni siquiera contra el desempleo. Las guerras de escritorio generan un tendal de muertos sin victoria. Pregunten a corazones tiernos como el de Paula Español.
Volviendo a los niños. Muchos curas villeros hacen a los ponchazos ese tipo de acción en la Villa. Pero un programa público, ordenando fondos que ya existen, incentivando la participación privada, puede generar no sólo el cambio de la condición de vida de la mitad de nuestros niños, sino la de todos nosotros que, así, podremos registrar pronto una victoria contra el peor flagelo que hemos generado. Si queremos podemos.
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