
No importa si estamos enseñando de manera presencial o virtual, existen algunos aspectos “invisibles” del aula que, aunque tienen poco que ver con el contenido, están muy relacionados con los propósitos de enseñanza y objetivos de aprendizaje.
El primero de estos aspectos del aula invisible es el estado anímico de los alumnos, es decir, su predisposición para aprender. En este punto, importan mucho sus propias creencias y las relaciones interpersonales. Tanto el vínculo como su seguridad emocional son claves para que los alumnos puedan aprender. Hay decenas de eventos diarios en este proceso de aprender que pueden generar estrés en nuestros alumnos. Desde una actividad compleja hasta ser acusado injustamente, pasando por gritos, peleas, incertidumbre, inseguridades, riesgos, sentir que el docente no los quiere, etc. Por supuesto, lo que le genera estrés a un alumno puede no hacerlo en otro. Esto tiene que ver con qué recuerdos o estímulos despiertan estas situaciones en ellos.
Cuando tus alumnos se sienten seguros, apreciados, importantes y apoyados, es muy probable que, sumado a un sentimiento de esperanza y a una clase interesante, mejoren significativamente su rendimiento académico.
El segundo aspecto tiene que ver con cómo enseñamos los docentes, o sea, las estrategias didáctico-pedagógicas y los recursos utilizados. Algunos alumnos parecieran estar anestesiados. Las oportunidades de aprendizaje se desvanecen cuando los alumnos están aburridos; la clase debe ser interesante, para lograr involucrar a nuestros alumnos cognitiva y emocionalmente. Un alumno anestesiado que se limita a acatar lo que dice el docente sin pensar en qué, para qué o por qué está aprendiendo lo que está aprendiendo desarrolla un conformismo que hace que no pueda desarrollar la creatividad, o la motivación intrínseca para aprender.
El primer paso para involucrar a un alumno cognitiva y emocionalmente es captar su atención. El asombro está ligado a la curiosidad y esta a las ganas de aprender. El asombro conduce a una activación óptima del cerebro, lo que favorece los procesos cognitivos (atención, concentración, memoria, etc). Para que tus alumnos te escuchen, debés captar su atención. Esto podés lograrlo a través algún recurso como:
- Plantear un desafío
- Una pregunta disparadora
- Una imagen que llame la atención
- Una anécdota
- Un cuento
- Un video corto
- Introducir un elemento inesperado
- Una pregunta detonadora (una pregunta de impacto)
¿Por qué será que muchos alumnos se quejan de la hora de historia, pero les encanta History Channel? Sin actividad mental, no hay aprendizaje. Para aprender, el alumno debe interactuar con el contenido. Es importante que puedan decodificar la información, reflexionar, hacerla suya, manipularla. El alumno debe poder clasificar, resumir, analizar, comparar, inferir, explicar, dar ejemplos, interpretar la información, crear, es decir trabajar con habilidades de pensamiento de orden superior. ¡Cuanta más práctica, más y mejores memorias! El aprendizaje no es un deporte para espectadores.
Ahora, para que el alumno aprenda, también es fundamental que los docentes recordemos la importancia del repaso. Sin repaso, la información puede perderse. Debemos recuperar la información constantemente: “¿Se acuerdan la clase pasada, que conversamos acerca de…?”.
Aprender es incorporar información para luego poder evocarla cuando la necesitemos. Estudiar para rendir, aprobar y luego olvidar gran parte de lo aprendido no califica como aprendizaje real.
La información entra, la recuerdan lo suficiente como para aprobar y luego se olvidan. ¿Qué sucedió? La información nunca llegó a la memoria de largo plazo.
No te olvides de la interacción: en tu secuencia didáctica incluí oportunidades de trabajo individual, en pares y grupos. La interacción es clave.
Y tal vez otra clave a tener en cuenta es el rol del alumno, quien debe ejercer el oficio de ser alumno. Esto implica responsabilizarse con su trayectoria académica, establecer hábitos de estudio y desarrollar el compromiso y voluntad de querer aprender. Esta tarea debe estar acompañada por el trabajo de la familia. Los estudios demuestran que cuando la familia apoya a la escuela y trabajan en conjunto, a los alumnos no solo les va mejor académicamente, sino también en sus vidas adultas.
Si importar dónde impartas tu clase, en un aula o a través de dispositivos móviles, desde el día uno, docente y alumnos forman una sociedad. Y esa sociedad debe consolidarse, ya que, como siempre decimos, sin vínculo no hay aprendizaje. Muchos docentes están tan ensimismados y se concentran más en ellos (en enseñar) y no en sus alumnos (en cómo ayudarlos a aprender).
Conceptos como emociones, neuronas espejo y cerebro social nos ayudan a comprender cómo nuestras expresiones influyen en el estado emocional de los alumnos y cómo este repercute a su vez en lograr saberes. Que un docente enseñe no significa que un alumno aprenda.
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