
En el imaginario social, la escuela es el lugar del deber ser, donde el “vigilar y el castigar” de Foucault, propio de décadas atrás, reaparece a menudo en el aula. Algunos creen que se aprende mejor si el estudiante permanece quieto, callado y atento a un docente que transmite un saber único y acabado.
En estos días, fue noticia la docente que defendía una determinada ideología político-partidaria. Pero, más allá del adoctrinamiento que esta profesora quería imponer explicando los resultados positivos de un determinado gobierno y los negativos de otro, lo más preocupante – a mi criterio- es el trato despectivo y la violencia que generaba con sus palabras.
Me pregunto, qué entendemos por enseñar y aprender y, en todo caso, cómo se enseña diariamente en la escuela. Hace ya muchas décadas, que se plantea el aula como espacio para desarrollar la conciencia crítica, para enseñar a pensar, decíamos allá en los ´90; pero esta docente, con sus explicaciones a los gritos acerca de las diferencias entre los gobiernos, estaba lejos de abrir perspectivas amplias y diferentes.
Sin embargo, tal como mencioné anteriormente, creo que fue mucho peor la violencia ejercida; una violencia explícita, traducida en imposición de una sola perspectiva, con una mujer exaltada, sin permitir que el otro pueda manifestar su opinión abiertamente; pero también una violencia simbólica, tan común en la institución escolar, cuando le preguntaba al estudiante si con el sueldo de su papá podría pagar una escuela privada similar a la que asistía.
Quienes enseñamos Didáctica en formación docente, sabemos de la importancia de los conocimientos que enseñamos, pero también de la necesidad de ampliar la visión acerca de lo que acontece en el aula. No caben dudas que un profesor debe prestar mucha atención en el para qué, cómo y qué enseñar, pero también debe tener en cuenta los vínculos que generamos en nuestras prácticas. “No es sin amor que sucede la educación, es con amor que las transmisiones ocurren y que los encuentros pedagógicos se consuman” señala Ana Abramowski. No hay posibilidad de enseñar y aprender sin vínculo amoroso, sin ser el sostén afectivo de nuestros alumnos y alumnas. En el marco de esta perspectiva, enseñar es generar preguntas, dialogar, posibilitar argumentaciones, respetar y socializar el conocimiento, a sabiendas que trabajamos con sujetos que tienen una historia de vida y viven en contextos determinados, a quienes les enseñamos a estar en el mundo.
Elena Santa Cruz, una reconocida docente y titiritera argentina, cuando refiere a su trabajo en las cárceles de máxima seguridad, cuenta que, en una de sus clases, encontró a un delincuente meciendo con amor un títere. Y ella se pregunta, ¿cuál es el verdadero sujeto, el condenado o quien abraza la tortuga? Y su respuesta es que, quizás, esa persona sea ambas a la vez, pero un buen docente debe “anclar” en ese que abraza. Posiblemente es allí donde esté el secreto del enseñar y el aprender, en el mirar, en el comprender y en dialogar con ese Otro que tengo en mi aula.
Está más que claro que el aprendizaje no es algo lineal, impuesto de arriba hacia abajo, verticalista. Se trata de enseñar bien, reflexivamente, con debates argumentados, pero fundamentalmente con flexibilidad para tener una escucha atenta a lo que los estudiantes traen a la clase. Es una pena que los docentes sean noticia en los portales por cuestiones de abuso de poder y violencia porque hay miles de profesores en las aulas que miran, escuchan, contienen y respetan a sus alumnos.
Quienes estamos formando docentes, tenemos el compromiso de formar futuros profesionales críticos, con habilidades emocionales e implicados con su materia. Necesitamos que sean constructores de infancias y adolescencias y, a su vez, que promuevan ver la realidad con sus cambios y sus continuidades, rompiendo relatos estereotipados, en pos de hacer análisis críticos para desarrollar un pensamiento histórico, en el marco de una escuela real, cálida, autónoma y responsable.
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