
Con frecuencia se menciona que la educación en disciplinas tecnológicas es la llave para el desarrollo sustentable de una nación moderna. En la era del conocimiento no hay prosperidad sin educación y la globalización agudiza la vinculación entre ambos factores: progresan los países que crean industrias que se sustentan en el talento y capacidad creativa de sus habitantes.
En este sentido, es fundamental analizar qué le sucede a nuestro sistema educativo y cuáles son sus limitaciones para proveer los recursos que alimentan las industrias del siglo XXI, caracterizadas por el uso intensivo de conocimientos técnicos. El panorama es heterogéneo y presenta claroscuros que merecen analizarse.
En primer lugar, debe mencionarse el dramático problema de la pobreza, que afecta los cimientos del sistema educativo y crea una automática exclusión de miles de jóvenes que no completan su formación básica y quedan al margen de los empleos del ecosistema tecnológico. Si bien es muy importante continuar buscando formas de incluir a estos jóvenes en el mercado laboral, las acciones chocan con las dificultades propias de procesos educativos interrumpidos o inexistentes, muchos de los cuales no pueden ser recompuestos en su totalidad. En estos colectivos sociales es indispensable sostener el trabajo de ONGs y gobiernos locales, que dedican esfuerzos en mitigar la falencia de un sistema educativo total o parcialmente ausente.
En el universo de estudiantes que están dentro del sistema educativo en sus distintos niveles, hay brechas entre sus capacidades adquiridas y las demandadas por el mundo del trabajo.
Un aprendizaje que suele ser deficitario es el manejo del idioma inglés, que es una herramienta de trabajo indispensable en buena parte de los empleos tecnológicos. Esta deficiencia es de las más graves, ya que el tiempo de estudio de idiomas es normalmente prolongado y más difícil de recuperar en una etapa madura. Es más factible enseñar una tecnología determinada -por ejemplo, un lenguaje de programación básico-, que un idioma. Está en la órbita de las autoridades a cargo de la educación reconsiderar la importancia de esta habilidad y sus métodos didácticos para lograr una mejor relación entre la calidad de aprendizaje y el tiempo de estudio.
El interés por las asignaturas técnicas depende en gran medida del docente que tiene a su cargo enseñarlas. Materias “duras” se vuelven atractivas cuando la enseñanza está en manos de docentes que saben transmitir los contenidos desde un enfoque práctico y desafiante. Buenos laboratorios, talleres, trabajos en equipo, uso de materiales didácticos variados y la experimentación son buenos ejercicios. Pero lo fundamental es el entrenamiento de los docentes para que incentiven el interés de los alumnos por contenidos tecnológicos.
Otro factor sensible es hacer visibles y tangibles las profesiones. Mostrar qué puede hacer un matemático, un biólogo o un geólogo en su vida profesional es necesario para que los estudiantes proyecten sus elecciones personales y se entusiasmen con nuevas opciones. De lo contrario prevalecerán los esquemas heredados por tradiciones familiares o culturales donde solo las carreras y ocupaciones habituales son imaginables. El valor de mentores que presenten estos modelos novedosos a los jóvenes es muy importante, sobre todo en el período secundario.
En este sentido se observa que las mujeres empiezan a incorporar en sus decisiones de estudio carreras no tradicionales. Argentina tiene una gran cantidad de empresarias, científicas e investigadoras que muestran un camino diverso a las nuevas generaciones e inspiran sus carreras. El trabajo de sensibilización de las chicas, por chicas, es muy valioso para abrir caminos.
En Argentina un eslabón débil del proceso es la escasa utilización del modelo de pasantías. Conocer los ambientes de trabajo reales, practicar bajo supervisión, unir la formación teórica y la práctica, son ejercicios insustituibles para la transición del estudio a la profesión. En este campo hay países referentes como Alemania que aplican el concepto de formación dual, que se funda en que la fase de estudio y de práctica productiva sean un continuo natural, y no una disrupción.
Otro problema relevante es que nuestro sistema laboral desconoce que durante los primeros años de los empleos técnicos las empresas invierten intensivamente en capacitar a los ingresantes hasta poder llevarlos a niveles de producción normales.
Por ello, para facilitar el ingreso masivo de jóvenes al mundo productivo, el encuadramiento laboral, impositivo y previsional del primer empleo debería repensarse desde cero.
Por otro lado, a nivel terciario se requiere ampliar la oferta de trayectos formativos cortos con salidas laborales inmediatas, porque no todos los jóvenes pueden transitar carreras de más de 5 años. Si bien en la última década se ha avanzado en la oferta de carreras breves, es mucho lo que aún puede hacerse por ampliar su disponibilidad, sobre todo a través de medios virtuales que pueden adaptarse mejor a las diversas circunstancias de miles de potenciales interesados en todo el país.
En ocasión de las próximas elecciones legislativas sería muy importante que los diversos candidatos expliciten claramente sus programas respecto de la educación técnica, el inicio laboral de los jóvenes y el desarrollo de las industrias de base tecnológica. Este es un tema neurálgico para nuestro desarrollo inmediato que merece un tratamiento preferencial por parte de quienes se postulan.
Liberar la capacidad de nuestra juventud orientándola hacia estas carreras del futuro -que ya son presente- es la base para lograr un fuerte apalancamiento de nuestro sistema productivo, brindar perspectivas de progreso real a miles de jóvenes, y mitigar la fuga de talento que sufre nuestro país. No sea cosa que el futuro se nos escape por Ezeiza.
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