
Tuvo algo de profética la cumbre de la Iglesia latinoamericana en Aparecida, Brasil, en la que participó Jorge Bergoglio en 2007, y que muchos consideran que lo proyectó al pontificado. A la droga, a su difusión, al consumo, al drama de la tóxico dependencia, se le reconoció la cualidad fundamental de pandemia, como la que arrasa América Latina en nuestros días.
Una pandemia que, al igual que el Covid, “es como una mancha de aceite que invade todo”, según afirma el punto 422 del documento final elaborado por la comisión que presidía Bergoglio. “No reconoce fronteras, ni geográficas ni humanas. Ataca por igual a países ricos y pobres, a niños, jóvenes, adultos y ancianos, a hombres y mujeres”, lo mismo que la pandemia que llegó catorce años después de la histórica conferencia, este flagelo viral del siglo XXI que está arrasando el continente desde México hasta Tierra del Fuego. Y ahora que esa misma Iglesia está dando los primeros pasos de un proceso sinodal continental impulsado por el mismo Bergoglio - que entre tanto fue elegido Papa – y por otro argentino, Jorge Eduardo Lozano, Secretario general del Celam (Consejo Episcopal Lationamericano), resulta oportuno volver a la profecía de Aparecida para proponer un renovado impulso en la lucha contra las toxico dependencias.

La droga es una de las pandemias de América Latina y, tal como la otra, introduce el temido virus en el organismo y provoca “desgarro, desesperación, impotencia o desamparo”. Son las palabras que utiliza el documento “Drogas y Adicciones: un obstáculo para el Desarrollo Humano Integral”, preparado con vistas a la 1ª Asamblea Eclesial de América Latina y el Caribe que tendrá lugar entre el 21 y el 28 de noviembre en Ciudad de México. Es una importante oportunidad para retomar y desarrollar las reflexiones de Aparecida sobre las drogas, a partir de una batalla cuerpo a cuerpo a la que no se le puede dar tregua. De eso están convencidos todos aquellos que desde hace tiempo hacen frente en el terreno a esta vieja pandemia, cuyo punto de referencia, en muchos casos, es el movimiento de los Hogares de Cristo de Argentina.

Los Hogares de Cristo nacieron de la experiencia de los curas villeros, los sacerdotes que viven en las villas miseria de Buenos Aires y su periferia. Ellos piden que el tema de la droga y la lucha contra las adicciones tenga la voz que merece en el camino eclesial que el Papa ha puesto en marcha en América Latina, por medio de un CELAM reformulado y reestructurado a la luz de una sinodalidad más marcada.
Para llamar la atención de la próxima Asamblea sobre la problemática de la tóxico dependencia y la recuperación de la misma, estos sacerdotes argentinos han preparado un documento que desde el mismo título se refiere a la droga como “un obstáculo para el desarrollo integral”. Por eso a la pandemia de la droga – las dos palabras vuelven a estar hoy estrechamente relacionadas – hay que “mirarla de frente”, recomienda el documento, y entonces resultará evidente que las adicciones son una herida abierta que requiere una inteligencia cada vez más penetrante de la realidad y esfuerzos aún mayores que los desplegados hasta el momento.

El documento lamenta que durante el largo tiempo de la cuarentena – que todavía no ha terminado en Argentina – muchos jóvenes hayan quedado abandonados “a la intemperie no solo física sino también existencial”, haciendo referencia a que muchas instituciones como los clubes de barrio, los colegios e incluso las capillas siguen cerradas en este prolongado confinamiento. El documento también señala los peligros de otro frente, el de la liberalización de la marihuana, que se está imponiendo en casi todo el continente, paradójicamente favorecido por la pandemia. “Notamos con perplejidad cómo se impregna lo social con un inmanente sentido de aceptación e inocuidad acerca del “cannabis”, su despenalización y sus usos» dicen los autores del documento, para afirmar después la necesidad de «no minimizar los riesgos de su uso problemático que nada tiene de saludable”. Otro punto doloroso es el de la post-pandemia con “el aumento del HIV, la tuberculosis y otras enfermedades asociadas al consumo de paco y otras drogas, dado que se observan en aumento y sin controles ni atención terapéutica, y resulta evidente que las consecuencias afectarán a nuestra sociedad en su conjunto”.

La pandemia pasará con su estela de muertos, parecen decir los sacerdotes argentinos en su aporte al camino sinodal, pero la droga queda. La droga es más longeva que el coronavirus y más letal. Por eso la Iglesia latinoamericana debe mirar con atención hacia adelante. «Deseamos que en cada barrio popular de nuestra América se vivan “las 3 C”», una fórmula que abarca capillas, clubes y colegios, los lugares característicos del paisaje de los barrios populares y las villas de Argentina donde transcurre la vida de los jóvenes y la intervención preventiva resulta más eficaz.
[FOTOS: NICOLÁS PRECI]
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