
Días pasados nos sorprendimos por una crítica al cuento Blancanieves, de 1812. Algunos se preguntaban si estaba bien que el príncipe besara a la joven, aún dormida, sin su consentimiento. Sin embargo, creo que la belleza de la literatura universal no debería perderse aún desde de la mirada del presente, mucho más crítica que años anteriores.
Manuelita, una de las canciones más populares de María Elena Walsh, y también una de las canciones infantiles más conocidas de la Argentina, escrita en los años ’60, fue para muchos adultos de hoy la música más escuchada en su más tierna infancia.
Pero Manuelita parecería no ser inocente en la mirada acerca del cuerpo. Como cuenta la historia “ella vivía en Pehuajó, pero un día se marchó. Nadie supo bien por qué a París ella se fue…” ¿La razón? “… una vez se enamoró de un tortugo que pasó” Y dijo: “¿Qué podré yo hacer? Vieja no me va a querer”.
Y, como en Argentina aún no estaban los especializados cirujanos plásticos de hoy, se planteó: “En Europa y con paciencia me podrán embellecer” Allí, “en la tintorería de París, la pintaron con barniz; la plancharon en francés, del derecho y del revés, y le pusieron peluquita y botines en los pies”. Hasta aquí, Manuelita se iguala a la mujer de hoy, quien gasta mucho dinero en alisados en el pelo, en ropa, zapatos, masajes, dietas, aparatología para que, como diría Mafalda, “los ‘ya’ parezcan todavía”.
Sin embargo, ni los laboratorios que ya prometen frenar el envejecimiento, ni Manuelita lo pudo: Y “tantos años tardó en cruzar el mar, que allí se volvió a arrugar y por eso regresó vieja como se marchó a buscar a su tortugo…”
Ahora bien, no todas las historias tienen final feliz como suponemos lo tuvo la protagonista de nuestra canción infantil, quien regresó a encontrarse con su amado en Pehuajó.
El cuerpo es mucho más que el objeto más deseado. La historia demuestra que hubo distintas concepciones que se fueron forjando a lo largo de los siglos. La idea de cuerpo-máquina, propio de la modernidad, fue superada por la de cuerpo-entramado, planteada por Denise Najmanovich en la actualidad. Ella señala que, si bien se gesta en la biología, es decir, se desarrolla en el intercambio permanente de materia y energía con su medio ambiente, también se forja en los encuentros afectivos con otros que crece en un mundo de sentido.
Por tanto, si bien el ideal de belleza sigue bastante rígido y es muy difícil romper con los moldes en los cuales nos fuimos construyendo a lo largo de nuestra vida, analizar a Manuelita como metáfora, y por qué no dejar de mirar a Barbie como la mujer ideal, podrá ayudarnos a educar mujeres y varones plenos y abrir la mirada para tomar conciencia que una vida sin goce es una vida sin cuerpo.
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