
Días atrás doce de los clubes de fútbol más importantes de Europa (Arsenal, Chelsea, Liverpool, Manchester City, Manchester United, Tottenham, Inter, Milán, Juventus, Atlético de Madrid, Barcelona y Real Madrid) anunciaron un acuerdo para formar una nueva competición, la Superliga, destinada a reemplazar a la UEFA Champions League, el torneo más prestigioso a nivel de clubes en el mundo.
Con el correr de las horas, la presión pública ejercida por los hinchas, los gobiernos y la FIFA (junto con las federaciones nacionales directamente afectadas) provocó una deserción en cadena, por lo que el proyecto que, según el presidente del Real Madrid prometía “salvar al fútbol”, naufragó muy rápido.
Sin embargo, vale la pena reflexionar sobre los motivos que propiciaron tan audaz iniciativa.
Todos los caminos, en este caso, conducen a la economía: ninguno de los clubes involucrados había reportado ganancias en 2019/2020 con respecto a la temporada anterior, en gran medida producto de la reducción de ingresos ocasionada por la pandemia. Peor aún: muchos de ellos acumulan cuantiosas deudas, como el caso del Barcelona que, además, en las próximas semanas podría perder sin contraprestación financiera alguna a Lionel Messi.
En sintonía con la globalización, la gestión local de los clubes y de las ligas más poderosas del mundo es cosa del pasado. Además de los aportes de millonarios rusos y chinos y jeques árabes, la gran transformación viene desde los Estados Unidos, el país que en 2015 impulsó las detenciones de parte de la dirigencia internacional del fútbol y que en 2026 coorganizará la Copa Mundial de la FIFA.
Sumado al hecho de que la banca neoyorquina JP Morgan aportaría los recursos para la Superliga, los dueños del Arsenal, Liverpool y Manchester United son fondos de inversión estadounidenses, involucrados desde hace años en el ecosistema deportivo de su país, configurado de un modo muy distinto al del resto del mundo.
En este sentido, en las ligas de elite de Estados Unidos prevalece un modelo de competencia cerrada en el que no hay ascensos ni descensos de categoría y en el que los equipos adquieren sus plazas mediante el sistema de franquicias. Asimismo, con el objeto de generar paridad competitiva entre el número limitado de equipos, las federaciones deportivas como la NBA centralizan los ingresos e imponen restricciones a los clubes a través de topes salariales, la prohibición de transferencias de jugadores y el mecanismo de reclutamiento de talento desde las universidades privilegiando a las instituciones de peor rendimiento en la temporada anterior (conocido como “draft”).
En contraste, en el resto del mundo los sistemas son abiertos: los equipos ascienden y descienden en función de su rendimiento, adquieren talento casi sin restricciones y generan de manera autónoma la mayoría de sus recursos, estableciendo así grandes brechas entre clubes y consagrando hegemonías como las del Bayern Múnich, Juventus y PSG en sus respectivas ligas.
La fallida Superliga aproximaba al fútbol europeo al sistema cerrado de Estados Unidos, ya que garantizaba sólo a un puñado de equipos la participación en el torneo continental, el que genera la mayor atracción y los mayores recursos financieros.
Si bien el tsunami no ocurrió, aspectos del modelo estadounidense ya desembarcaron en otras partes del mundo, incluido el Río de la Plata. Montevideo City Torque es uno de los clubes parte del City Football Group, el conglomerado propietario del Manchester City que no sólo franquicia nombres, imagen y patrocinadores sino también un estilo de juego: inspirándose en el know how que promueve Pep Guardiola desde la casa central en Inglaterra, la intención es que los futbolistas del club uruguayo no tengan problemas de adaptación a cualquiera de los otros diez equipos que el grupo tiene distribuido por todo el planeta.
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