
Nuestra casa, la Argentina, ha sido convertida en una tapera, una ruina. Un devenir ya demasiado largo y quizás en situación casi terminal. Correr a modificar un país de gran belleza y extensión pero en general ilegal en numerosos aspectos y funcionamiento -muchas leyes, muy poca legalidad: una realidad de mal pronóstico- resulta urgente. Las papas queman. En el ojo de un huracán social, político, económico y mental, el viento del miedo desvergonzado como estrategia política (la pandemia es real, su politización miserable) y el fanatismo, una forma de perturbación psíquica, hacen su tarea oscura. La pobreza es casi del 50 por ciento.
El convencimiento de que vencer en unas elecciones habilita a tomar toda decisión sin tener en cuenta a la minoría ha echado raíces en líderes (opacos) y dirigentes que dirigen muy poco y se alzan frente a opositores que se muestran flacos de ideas. Alimento de los programas políticos que no levantan vuelo sino de manera excepcional mientras integrantes de los dos espacios enfocan bien cubiertos por los barbijos modelo Conicet para demostrar lo civilizados que son. En los dos espacios -no partidos porque no existen- tienen problemas internos, diferencias y propuestas claras para arreglar la tapera.
Pero la realidad es terca y sin vacunas suficientes ni remotamente se puede pensar en la inmunidad de rebaño como solución sanitaria sino en un plazo desolador, a lo que se suman la discutible realización frente al virus en el 20, la anarquía vacunadora -vacunan gremios, vacunan en casas de la parentela- y el reclamo cada vez mayor de la calidad de estratégico y en consecuencia la exigencia de vacunarse.
La terquedad real viene ahora a presentar lo que es necesario y no se hace: acordar, coordinar, ceder, dejar para más adelante lo que no sea emergencia. Hacer una tregua. Si se produjera una invasión extraterrestre con seres muy malos, como la relatada en la adorable Marcianos al ataque de Tim Burton, se esfumarían los camporistas, los neoliberales, los liberales sin neo. Y se dejaría de jugar con cuarenta y cinco millones de seres humanos a los gritos de que otros los harían peor. Esa estratagema de conjeturas es vieja y puede funcionar para jugar al truco pero no para recuperar algo de lo que queda.
Enmendar es una virtud, sobre todo en política, y aunque se trate de una enmienda forzada por la realidad terca, viene a mano la nueva negociación con Pfizer. La tregua: el Gobierno a gobernar (para todos), la oposición a controlar y a acordar cuando sea necesario. Aproximarse con lo que pueda encontrar de lucidez y altura: la realidad, intransferible, intransigente, pasa facturas grandes.
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