
Hasta no hace mucho, un niño o niña decidía, en sus primeros años escolares, qué sería en un futuro no tan lejano. Ser médico, contador, abogado, periodista o maestro eran carreras predecibles con un mercado laboral estable. Sin embargo, hoy por hoy, siete de cada diez estudiantes de la escuela secundaria, tendrán puestos de trabajo que no existen actualmente.
Entonces, la pregunta obligada es cómo educar en una escuela que fue pensada y organizada hace unos 150 años atrás o en una universidad con un modelo napoleónico, del siglo XVIII, organizada a través de facultades, por disciplinas académicas. En definitiva, cómo romper moldes conformados por conocimientos fragmentados y atomizados, tan propios de todo el sistema educativo.
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Debido a que la realidad se ha complejizado, es necesario enseñar otros saberes y otras habilidades que habiliten a los estudiantes a un mundo imprevisible y replantear qué se enseña en clases ya que, lejos de impartir un contenido, hoy el entorno nos demanda construir con el otro un conocimiento contextuado y que priorice las características de quienes aprenden y enseñan.
Por dónde empezar
Desde el Nivel inicial, es necesario fomentar la comprensión; esto es, la habilidad de pensar, de comparar, analizar, codificar, hacer analogías y analizar con flexibilidad. Para ello, es fundamental valorar las inteligencias múltiples, a sabiendas que no hay una única manera de ser inteligente, sino que, en el marco de este paradigma, algunos tendrán una inteligencia corporal, otros lingüística, otros naturista o intrapersonal, por sólo nombrar algunas. Es decir, que cada docente deberá trabajar la inteligencia específica que le corresponde a su asignatura (el docente de Matemática, la inteligencia racional), pero también las otras seis inteligencias aplicadas a su disciplina. Es decir, que se puede aprender a sumar y restar en Educación física o a escribir poesía en Música o la clasificación de plantas en Aritmética, con una planificación y estrategias metodológicas adecuadas.
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En ese marco, también es fundamental rescatar la inteligencia interpersonal, en la cual las habilidades sociales juegan un rol fundamental: empatía, responsabilidad, solidaridad, tolerancia y compromiso son sólo algunas de ellas, fundamentales a la hora de hablar una formación integral que mejore la convivencia social. Y, además, si queremos priorizar una escuela que piense a futuro, es fundamental formar sujetos creativos, con un pensamiento divergente, en un aula donde se promuevan las múltiples perspectivas. A diferencia de hace casi cien años atrás, un buen docente rompe con la mirada enciclopedista y planifica en función de los sujetos y los contextos que enmarcan dicho saber.
En estos días, ser buenos estudiantes no implica tener conocimiento, sino ser más competente, es decir, tener habilidades intelectuales, sociales y prácticas. Ya lo decía Monteigne, en el siglo XVI, “vale más una cabeza bien puesta que una cabeza llena” y hoy sigue más vigente que nunca. En una sociedad en la cual los títulos tradicionales van perdiendo valor, es necesario formar en competencias específicas para que los profesionales puedan ir creciendo junto con los cambios.
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En definitiva, para poder educar para el futuro, se necesita que las universidades flexibilicen sus planes de estudio reinterpretando el escenario continuamente. Necesitamos nutricionistas que mejoren la alimentación de los sectores más vulnerados o arquitectos que piensen el diseño de los barrios más precarios, sólo por mencionar dos profesiones.
Y, si bien son importantes las voluntades individuales de docentes innovadores para lograr cambios, es fundamental contar con políticas públicas que promuevan la capacitación profesional, que fomenten el trabajo interdisciplinar con proyectos interdisciplinares en las instituciones educativas y que insten a desarrollar otras habilidades, no sólo las intelectuales.
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No habrá innovación si no consideramos a la educación como la clave del cambio y sólo será posible si educamos en el presente con vistas al futuro no tan lejano.
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