
Puertas giratorias en las cárceles, puertas cerradas en las escuelas, y ahora puertas abiertas en los manicomios. ¿En serio creemos que el cambio empieza por las puertas?
Es el fin de los manicomios y de los pacientes crónicos, decía el periodista de FM La Redonda entrevistando a la subsecretaria de Salud Mental de la provincia de Buenos Aires, Julieta Camels.
Suena raro pensar que un paciente crónico se determine por el cumplimiento de una ley y no por un diagnóstico psiquiátrico-psicológico. O que un sistema de asilo para enfermos mentales, que atrasa 100 años, se renueve porque sus puertas se abran a la “inclusión del barrio, la cultura, el espacio verde y la memoria”, según define la subsecretaria.
Descuento su buena voluntad para operar un cambio, por el cumplimiento de una ley (la 26.657) de hace 10 años, que más que ley es un mamarracho, tal y como fue discutida y votada en su momento. Pero sigamos con la buena voluntad.
¿Qué tiene que ver la memoria, derechos humanos incluidos, con los diagnósticos y los manicomios? Fanatismo que atrasa y remite a la historia setentosa y no a lo que necesita hoy un paciente que requiere atención psiquiátrica psicológica.
Los discursos son acomodados a las ideologías, cuanto más fanáticas, mejor.
Fernando Ulloa y Enrique Pichon Riviere gastaron ríos de tinta escribiendo que “lo manicomial es el sistema en su totalidad y no el Neuropsiquiátrico”; manicomial puede ser la universidad, el lugar de trabajo, la propia casa y nosotros mismos si queremos pensarnos dentro del sistema.
Lo manicomial no es un edificio, es la forma de observar un funcionamiento mental, que por algún motivo “mortifica” la vida de una persona y no le permite ser “un poco feliz” como el resto, sólo un poco y lo único que siente es sufrimiento, miedo, angustia sin limite y su vida es un verdadero infierno. Por eso a lo largo de los siglos eran demonios, brujas, etcétera.
Cuando estos psicoanalistas abordaron la idea desde los espacios donde trabajaban y donde se los “permitieron” (puedo hacer historia, pero sería interminable), insistieron en que “manicomial” no es un edificio, sino una concepción del estado de salud mental de una persona.
¿Y que proponen para esto? El tratamiento modificador de las personas que rodean a quien padece; lo protege del abandono de sus seres queridos en el Asilo y también lo protege del desamparo de las instituciones donde no lo saben atender o que de él se desentienden.
Ellos llaman a este sistema “desmanicomialización” y esto quiere decir la formación de “la numerosidad social” que rodea al paciente desde el portero que cierra o abre la puerta (que no es un carcelero), con el seguimiento que corresponda de su medicación, si la necesita, de su contención en la internación -que no significa asilo crónico-, si la necesita, y la formación de los colegas psiquiatras y psicólogos en la atención de pacientes graves. Los que con ellos nos formamos trabajamos para que la restitución del equilibrio psíquico llegue como alivio, cura posible y futuro bienestar.
Nada de esto significa abrir puertas; este acto, más bien, es empujar al precipicio, dejando al que padece sin su lugar apropiado para su atención. Sin derechos humanos aunque con plazas y lugares para la memoria. ¿Así dejará de sufrir?
Volviendo a la buena voluntad, ninguna modificación de un sistema (tampoco el de la Salud Mental) empieza por las puertas; empieza por la capacitación de las personas que trabajan en Salud Mental, la puerta es la última estación de un proceso cuando lo manicomial de profesionales y asistentes, cambie como pensamiento de tratamiento.
No sirvió la soltada presos para que las cárceles fueran mejores, sirvió para que el delito nos acorrale; tal vez si les hubieran otorgado espacios de contención adecuados, otra hubiera sido la historia.
Si nos amigamos con las puertas, que también nos protegen, nos amparan, nos otorgan lo privado e íntimo, tal vez aprendamos que “el arma no es responsable del crimen” y los enfermos psíquicos necesitan sus propios lugares monovalentes, con puertas y ventanas, con visitas familiares, de amigos, de hijos, de parejas, con espacios verdes, actividades, con entradas y salidas. Esto es el valor de la institución, con los profesionales que los asistan.
No son “ellos los locos” y “nosotros los cuerdos”; todos podemos pasar por algún estado que necesite alguna puerta y que no sea un calabozo, sino que sea protección; que todos podemos necesitar esa atención especializada de la excelencia psiquiátrica que en nuestro país abunda; con la interdisciplina de los psicólogos para que no sólo quieran ser Freud o se mueran de miedo ante un brote psicótico.
Pero parece que la Salud Mental también debe ser abolida como Institución.
Si esto es así, es parte de una ideología falaz y desinteresada de quien toma decisiones. Falsamente “progre” y ornamental. Por cierto, no escuché hablar de pacientes o padecientes, especialistas, enfermeros, auxiliares, acompañamiento terapéutico, en fin, no escuché en todos los comentarios en torno a este anuncio, hablar de lo necesario en estos casos para actuar amorosamente con quienes sufren, como si estuvieran en otro universo o no hubieran tenido nunca al lado un ser querido mentalmente alterado; o tal vez lo hayan dejado detrás de la puerta.
Confío en la buena voluntad de la funcionaria Julieta Camels que descuento sabe mucho más de salud mental que de puertas y estoy a su disposición.
La autora es psicoanalista y miembro de Usina de Justicia
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