A lo largo de la historia los cambios tecnológicos han modificado la política y la economía internacional. Han incrementado por ejemplo el comercio mundial gracias a invenciones como los contenedores y el internet, pero también han fortalecido al Estado nación, transformándolo en el principal actor del sistema internacional. No debe sorprendernos entonces que las innovaciones que estamos observando hoy en día también afecten nuestra realidad política y económica. ¿Cuáles son algunos de estos cambios y qué estrategia debería adoptar la Argentina ante esta realidad?
Una de las transformaciones ha sido el debilitamiento de las élites gobernantes debido a la aparición de las redes sociales. Estas redes le han permitido a una nueva generación de líderes comunicarse directamente con su electorado, salteándose de esta manera a los medios tradicionales de comunicación. La capacidad que los diarios y las cadenas de televisión tienen para influir en el debate público, dado su poder para seleccionar que noticias son verdaderas o que opiniones son admisibles, es en efecto cada vez menor. En Twitter y Facebook conviven millones de opiniones y noticias de todo tipo, sin que importe demasiado su origen. Líderes como Jair Bolsonaro o Donald Trump no sólo han sabido aprovechar esta realidad para incrementar su popularidad, sino que también han atacado a medios como O´Globo o el New York Times por representar a una élite que, según su visión, ya no defiende los intereses y los valores de la población.
Otro de los efectos que ha tenido el cambio tecnológico es la modificación de la naturaleza misma del trabajo. Debido a la automatización y a la economía gig, que les permite a los proveedores de servicios comunicarse directamente con sus clientes a través del internet, muchos de los nuevos trabajos son más inestables y están peor pagos que los del pasado. Un chofer de Uber o un repartidor no cuenta con el mismo tipo de cobertura social o con la estabilidad laboral que tenían los trabajadores de una fábrica. Este fenómeno ayuda a entender el descontento que un sector de las sociedades occidentales y la crisis de representatividad política que este malestar ha causado.
Por último, el progreso tecnológico también ha fortalecido el poder de las dos grandes potencias: China y Estados Unidos. Si medimos este progreso en términos de cantidad de empresas tecnológicas o del número patentes, veremos que la distancia que separa a estas naciones de las otras es enorme, incluso mayor que la diferencia que encontramos en el plano militar y económico. Además de fortalecer a las potencias, innovaciones como la inteligencia artificial crean dificultades para los Estados de peso medio que quieren mantener un alto grado de autonomía. Este es un dilema que enfrentan por ejemplo las naciones europeas que, con proyectos como el Galileo, buscan tener su propio sistema de navegación por satélite para no depender del GPS de Estados Unidos o del sistema de China.
Al igual que los europeos, la Argentina debe impulsar el desarrollo de aquellas empresas tecnológicas que puedan brindarle un mayor grado de autonomía. Este es el caso de los satélites y radares elaborados por el INVAP, empresa estatal basada en Bariloche que ha exportado reactores nucleares a Australia y Holanda. Pero para ser exitoso, cualquier proyecto que busque impulsar el desarrollo tecnológico nacional debe asimismo impulsar la colaboración con otras naciones. Esto no sólo nos permitirá acceder a sus tecnologías sino también incrementar nuestras exportaciones.
Un caso interesante en este sentido es el de nuestro sistema de defensa. ¿Qué modelo de producción para la defensa debería adoptar la Argentina? Por un lado, resulta poco realista pensar que tengamos la capacidad para desarrollar algunos de los sistemas de armas más sofisticados, como son los aviones de combate. Lo que sí podemos hacer es producir localmente, mediante acuerdos que incluyan la transferencia de tecnología, algunos de los modelos desarrollados por las naciones más avanzadas. Esto es lo que por ejemplo hizo Brasil con los aviones Gripen de Suecia.
Por último, el rol del sector privado también será central. Debido a su mayor productividad, las empresas nacionales son las que mejor posicionadas se encuentran para generar riqueza y trabajos de calidad. En los próximos años se crearán en efecto millones de empleos debido a la nueva división de trabajo que se dará entre humanos, algoritmos y robots. Las ventajas comparativas que la Argentina continúa teniendo en industrias como la del software y el campo pueden servirnos para impulsar un desarrollo tecnológico que cree más y mejores trabajos y que, al mismo tiempo, nos ayude a incrementar nuestra independencia política.
El autor es secretario general del CARI y global fellow del Wilson Center
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